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Seguir a grandes rasgos la vida de Antonio Garrido
Monteagudo y Moreno proporciona la misma emoción que la lectura de un folletín, y en
cierto modo cabe adscribir su biografía a ese género popular. De ahí que esta historia
comience con la incertidumbre propia de una novela por entregas. Porque el madrileño
Antonio Moreno, futuro galán de cine, nació en un ambiente de penuria, el 26 de
septiembre de 1888. Depauperada y extrema, su infancia transcurrió en Andalucía, y fue
en Sevilla donde tuvo que superar una temprana orfandad vendiendo cestos de pan por las
calles.
Todo indicaba que aquel niño iba a llevar una vida
desdichada, pero un inesperado encuentro varió el curso de los acontecimientos. Contaba
nueve años cuando se aproximó a dos turistas estadounidenses, quienes, encantados con la
gracia del chaval, decidieron apadrinarlo. Los dos viajeros eran Benjamin Curtis, sobrino
del rector de la Universidad de Columbia y futuro alcalde de la ciudad de Nueva York, y el
abogado Enrique de Cruzat Zanetti.
En 1920, Antonio viajó con sus padrinos a Estados Unidos,
donde aprendió inglés en Nueva York y en Northampton, y también cursó estudios
elementales. Aún muy joven, comenzó a trabajar como electricista y agente comercial,
pero su verdadera vocación quedó de manifiesto cuando asistió a las representaciones de
la compañía teatral de Charles Frohman. En Nueva York se hizo buen amigo de la actriz
Helen Ware, quien lo introdujo en la compañía de David Belasco. Con su apostura y su
elegancia natural, no es extraño que Antonio interpretase pronto papeles de galán. Fue
entonces cuando uno de los grandes pioneros del cine, David Wark Griffith, le prometió un
contrato de cuarenta dólares a la semana si comenzaba a actuar en las películas de la
compañía Vitagraph.
Ajustándose al prototipo que los anglosajones llaman
latin lover, y que en español diríamos galán latino, Moreno pasó a protagonizar
varias adaptaciones de novelas de Vicente Blasco Ibáñez,
entre ellas Mare Nostrum (1925), de Rex Ingram, y La tierra de todos (The
Temptress, 1926), de Fred Niblo, donde compartía cabecera de reparto con Greta Garbo.
Jesús García de Dueñas, en su excelente libro ¡Nos
vamos a Hollywood! (Nickel Odeon, 1993) recoge una significativa opinión del galán
mexicano Gilbert Roland: «Cuando llegué a Hollywood, mis mejores amigos fueron Antonio
Moreno y [el torero] Manolete. Antonio Moreno fue el que nos proporcionó la inspiración,
el que supo crearnos el incentivo para triunfar. Él ya era muy importante en Hollywood,
mientras que yo, entonces, era un simple extra. Íbamos siempre a los toros, a Tijuana. La
carrera cinematográfica de Antonio fue la más larga en la historia del cine americano, y
fue el latin lover de la pantalla en los años veinte, antes de la revelación de
Rodolfo Valentino».
Ciertamente, Moreno fue el primer actor que personificó en
el imaginario estadounidense las cualidades del seductor latino. A esta disposición
interpretativa cabe añadir un acontecimiento que borró o, al menos, mitigó los malos
recuerdos de su niñez: el 27 de enero de 1923 contrajo matrimonio con su gran amor, Daisy
Canfield, hija del magnate del petróleo Charles A. Canfield.
Para el público estadounidense, Antonio Moreno fue el
guapo actor que expresó en la gran pantalla su ternura de corazón y su devoción por las
estrellas que lo amaron: Clara Bow, Norma Talmadge, Mary Pickford, Gloria Swanson, Pola
Negri, Bebe Daniels y Greta Garbo. Y a propósito, es inevitable recordar aquí, desde las
alturas de Hollywood, que el galán español marcó un rumbo nuevo a su carrera, un rumbo
que lo alejaba de compañeras tan notables, pero que lo aproximaba a sus raíces
culturales. En palabras de García de Dueñas: «Como a tantas estrellas del cine mudo, la
imposición del parlante afectó la consolidada carrera de Antonio Moreno; y no porque no
supiera hablar o su voz fuese poco varonil, que tenía una buena pronunciación y su voz
era bien timbrada en un registro de barítono, sino que, al iniciarse las versiones
hispanas, las diferentes compañías que lo emplearon quisieron aprovechar, precisamente,
su calidad estelar para unos productos de segunda categoría. Y la actividad que
desarrolló Antonio Moreno en pro de nuestro idioma fue la razón de que su
estrella declinara y, a la vuelta de esos años de protagonizar versiones lingüísticas,
sólo encontró empleo en Hollywood como secundario latino».
Ciertamente, Moreno se convirtió en figura central de
aquellas adaptaciones en español del
repertorio hollywoodiense. Enumeramos algunos títulos destacados: El cuerpo
del delito (1930), de Cyril Gardner y A. Washington Pezet, El precio de un beso (1930),
de James Tinling y Marcel Silver, La voluntad del muerto (1930), de George Melford,
Señora casada necesita marido (1934), también de Tinling, Rosa de Francia (1935),
de Gordon Wiles, y Alas sobre el Chaco (1935), de Christy Cabanne.
En 1931, viajó a México, donde conoció a otro maestro
del cine, el ruso Serguei Mijailovich Eisenstein, quien preparaba por esas fechas su
película ¡Que viva México! Acompañando a tan renombrado autor, Moreno disfrutó
de otro privilegio: ser el responsable de dirigir Santa (1931), primera película
hablada en la historia del cine local, inspirada en la obra de Federico Gamboa. Por
desgracia, su siguiente aporte como director a la cinematografía mexicana, Águilas
sobre el sol (1932), coincidió en el tiempo con una circunstancia desgraciada: Daisy,
la esposa del actor, fallecía ese mismo año.
Poco antes de estallar la guerra civil en España, Moreno
regresó a su país de origen para protagonizar María de la O (1936), película de
ambiente folclórico, dirigida por Francisco Elías, y escrita por José López Rubio y José Luis Salado a partir de la comedia
homónima de Salvador Valverde y Rafael de León. Completando su interés musical,
intervenían en la pieza artistas como Carmen Amaya y Pastora Imperio.
De nuevo en Estados Unidos, el gran actor tuvo que aceptar
los lugares comunes sobre lo hispano, interpretando en una mayoría de casos personajes de
acentuados rasgos étnicos. A pesar de ese encasillamiento, se le pudo ver en creaciones
magníficas, como La mujer y el monstruo (The Creature from the Black Lagoon,
1953) de Jack Arnold, Rebelión en el fuerte (Saskatchewan, 1954), de Raoul
Walsh, y Centauros del desierto (The Searchers, 1956), de John Ford.
Añorando quizá episodios de gloria, el que un día fue
galán hispano falleció en Beverly Hills, California, el día 15 de febrero de 1966,
víctima de un ataque cardiaco. |
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