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Apenas hace unos cuantos años, hablar de la fotogenia en
el cine hispano suponía, forzosamente, mencionar a Sara Montiel. Las líneas de su
rostro, de una pureza impecable, fascinaron a varias generaciones de espectadores, tanto
en España como en Iberoamérica y Estados Unidos. Contemplándolo largo tiempo, ese
rostro nos explica por qué, en más de una oportunidad, la presencia de Sara bastó para
justificar una película, por más que ésta careciese de otras virtudes. Aquella
inmovilidad extática, su sonrisa displicente y un tono ingenuo, de mal disimulada
picardía, componían un filtro irresistible y tentador, agitado por los temblores del
celuloide. Porque la suya fue una belleza formidable, y es de ver el desenfado con que hoy
la sigue celebrando, cuando recuerda pasados cortejos, romances, anécdotas de un tiempo
en que su cine conquistaba los sueños de miles de espectadores.
Nacida el 10 de marzo de 1928 en Campo de Criptana, Ciudad
Real, Sara recibió en su bautizo del nombre de María Antonia Abad Fernández. Tras pasar
su niñez en un internado religioso, viajó hasta la localidad de Orihuela, donde comenzó
los estudios secundarios. Por aquella época la descubrió el productor Vicente Casanova,
quien animó a la joven para que ésta concursase en una competición de actrices. El
resultado del certamen es de imaginar: María Antonia obtuvo el primer premio y gracias a
ello rodó la película Te quiero para mí (1944), de Ladislao Vajda, con el
seudónimo de María Alejandra.
Muy pronto ese nombre artístico fue sustituido por el de
Sarita Montiel, con el que la joven debutante fue conquistando posiciones en el cine
español. En papeles secundarios, se la pudo ver en Bambú (1945), de José Luis
Sáenz de Heredia; Don Quijote de la Mancha (1947), de Rafael Gil; Alhucemas (1947),
de José López Rubio; y Locura de amor (1948), de
Juan de Orduña.
Mientras ocurría todo esto, la industria del cine mexicano
le abrió sus puertas, y Sara Montiel no lo dudó un instante: viajó a este país para
intervenir, con notable felicidad, en títulos como Necesito dinero (1951), de
Miguel Zacarías; Cárcel de mujeres (1951), de Miguel M. Delgado; Ahí viene
Martín Corona (1951) y Vuelve Martín Corona (1952), de Miguel Zacarías; Ella,
Lucifer y yo (1952), de Miguel Morayta; Reportaje (1953), de Emilio Fernández;
Piel canela (1953), de Juan J. Ortega; Se necesitan modelos (1954), de Chano
Urueta; y La ambiciosa (1955), de Alfredo B. Crevenna.
La aventura mexicana tuvo dos consecuencias. Una tuvo
matices personales (Sara conoció a personalidades del exilio español como León Felipe)
y otra fue de orden profesional y artístico (atesoró una fama que no se desmintió ni un
instante). En esta última línea, es bien conocida su permanencia en Hollywood, donde
rodó Veracruz (1955), de Robert Aldrich; Dos pasiones y un amor (Serenade,
1956), de Anthony Mann; y Yuma (Run of the Arrow, 1957), de Samuel
Fuller.
En 1957 contrajo matrimonio con el director Anthony Mann,
de quien se separó dos años después. Las fechas de este enlace, coincidieron con el
periodo de máximo apogeo de la actriz en el cine español. Como protagonista del
melodrama El último cuplé (1957), de Juan de Orduña, alcanzó un éxito que aún
hoy resulta de difícil descripción. La película permaneció en cartel durante años, y
aún se cuentan anécdotas sobre los autobuses que transportaban espectadores desde los
pueblos más alejados hasta la capital, con el único afán de ver a Sara en la plenitud
de la gran pantalla.
Sin haberse disipado este acontecimiento, la actriz
consolidó su arquetipo sensual en La violetera (1958), del argentino Luis César
Amadori, que también fue su director en Mi último tango (1960) y Pecado de
amor (1961). Otro cineasta argentino, Tulio Demicheli, supo insuflar ese mismo tono a
Sara en Carmen, la de Ronda (1959) y La mujer perdida (1966). En el plano
imaginario, no hay duda de que sus admiradores la divinizaban. De ahí las posibilidades
comerciales del cine que rodó en la década de los setenta, completando un ciclo que se
cerró con Varietés (1971), de Juan Antonio Bardem.
Alejada del cinematógrafo pero aún presente en los
escenarios y en la televisión, Sara Montiel puso en orden su vida sentimental junto al
empresario Pepe Tous, con quien adoptó dos hijos, Thais y Zeus. Al enviudar de su esposo,
la actriz se dedicó a perpetuar la memoria de una carrera artística llena de momentos
brillantes. |
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