|
La donostiarra Concepción Andrés Picado nació el 11 de
septiembre de 1912, en el seno de una familia con intereses artísticos. A la edad de diez
años dejó su ciudad natal, San Sebastián, para trasladarse a Madrid, donde se
fomentaron sus cualidades interpretativas. Unas cualidades que alcanzarían pleno
desarrollo gracias las clases de Danza y Arte Dramático que Conchita recibió en la
Escuela del Teatro de la Ópera de París. Con la complicidad de su hermana Juanita,
alumna de las mismas aulas, diseñó una fórmula con la que debutar en Barcelona, y
finalmente resolvió crear un dúo adolescente.
No había en ese plan espontaneidad inexperta: ambas
conocían todos los secretos del baile profesional, y además lucían una belleza
seductora, elegante. Adoptando el nombre artístico de Las Dresnas de Montenegro, Juanita
y Conchita pusieron en juego sus extraordinarios poderes de fascinación, y muy pronto
triunfaron en las capitales más importantes.
Después de este recorrido interpretativo, que también
tuvo algo de iniciación juvenil, Conchita llevó su talento al cinematógrafo. Su primera
película fue La muñeca rota (1927), dirigida por Reinhardt Blothner a partir de
un guión de Carlos Sierra. Luego llegó otra producción muda, Rosa de Madrid (1927),
donde la actriz trabajó a las órdenes de Eusebio Fernández Ardavín. Cuando se celebró
el estreno en Madrid, el 16 de enero de1928, el imperioso hechizo de Conchita fue ganando
nuevos simpatizantes, cuyo número creció aún más después de la presentación de
Sortilegio (1927), de Agustín de Figueroa, donde la joven participaba en una curiosa
trama en torno al amuleto de un dios hindú.
Muy pronto las cualidades de Conchita Montenegro fueron
reconocidas fuera de España. En 1928 protagonizó en Francia La femme et le pantin,
filme de Jacques de Baroncelli inspirado en la novela La mujer y el pelele, de
Pierre Louys. Llegada la hora de perfilar con nitidez su condición de musa, Conchita fue
alabada por los ejecutivos de la firma Metro-Goldwyn-Mayer, quienes le encontraron un
sitio en la corte de Hollywood.
Recogiendo ese momento de estímulo, Álvaro Armero
transcribe en su libro Una aventura americana: españoles en Hollywood (Compañía
Literaria, 1995) la entrevista que Martín Abizanda hizo a Conchita, y que fue publicada
en la revista Cámara en mayo de 1942. En ella, la actriz dice así: «Querían
que trabajase enseguida. Desgraciadamente, no sabía decir entonces más palabras inglesas
que okay, all right y ham and eggs. Edgar
Neville, que andaba también por esas tierras, se encargó de iniciarme en la materia.
Estudiaba por las noches. Un día llamaron a mi puerta. Abrí, extrañada, sin imaginarme
quién pudiera venir a esas horas. Soy el nuevo profesor, me dijo un hombre de
pelo cano y sonrisa de niño. Apenas lo reconocí. Charles Chaplin acostumbraba a gastar
bromas de ese género a todos los nuevos de Hollywood. (...) Mi primera prueba, ¡ahí es
nada!, fue con Clark Gable. Me hicieron vestir, si le llaman vestir a una mujer cubrir su
cuerpo con hierbas de hawaiana. (...) Aquello me daba mucha vergüenza. Mi rubor aumentó
considerablemente cuando llegó el instante del beso; un beso apasionado y verídico.
Creí que iba a morir. Y Clark buceó con sus labios inútilmente cerca de mi cara. Me
negué a besarle. Precisamente el gesto de abandono y repulsión que adopté gustó
extraordinariamente. Lionel Barrymore, experto en la materia, afirmó: Esta
chiquilla dará mucho juego».
Que estas palabras de Barrymore tuvieron un fuerte
carácter premonitorio, desde un punto de vista humano y a la vez profesional, lo
demuestra el hecho de que Conchita intervino con gracia en numerosas películas de
Hollywood rodadas en español. El doblaje aún no existía y la Montenegro, rodeada de
otros actores de mérito, participó en versiones habladas en español de los éxitos del
momento, destinadas a las salas de exhibición de España e Iberoamérica.
Contratada por la Metro Goldwyn Mayer, rodó ¡De
frente, marchen! (1930), de Edward Sedgwick, Sevilla de mis amores (1930), de
Ramón Novarro, Su última noche (1931), de Chester M. Franklin, y En cada
puerto un amor (1931), de Marcel Silver. Luego llegó el contrato de la Fox Film
Corporation, empresa para la cual Conchita protagonizó nuevas películas en español,
como Hay que casar al príncipe (1931), de Lewis Seiler, Marido y mujer (1932),
de Bert E. Sebell, Dos noches (1933), de Carlos F. Borcosque, La melodía
prohibida (1933), de Frank Strayer, Gradaderos del amor (1934), de John
Reinhardt, y ¡Asegure a su mujer! (1934), de Lewis Seiler.
Una belleza tan fascinadora no podía quedar limitada al
mercado hispanohablante, así que los productores decidieron mostrar sus cualidades en
inglés, idioma que la joven ya dominaba con soltura y buen tono. Lamentablemente, los
prejuicios étnicos de la época limitaron su repertorio de interpretaciones. Conchita
Montenegro fue la bella nativa de una isla del Pacífico en Prohibido (Never the
Twain Shall Meet, 1931), de W.S. Van Dyke; la bailarina hispana de Besos al pasar (Strangers
May Kiss, 1931), de George Fitzmaurice; y la dama latina de El Cisco Kid (The
Cisco Kid, 1931), de Irving Cummings.
No obstante, gracias a su experiencia americana, la
filmografía de Conchita Montenegro adoptó un sesgo cosmopolita, incorporando títulos
como Noches de París (La vie parisienne, 1935), de Robert Siodmak, Grito
da mocidade (1937), rodado en Brasil por el esposo de la estrella, el también actor
Raúl Roulien; y El nacimiento de Salomé (La nascita di Salome, 1940), obra
de Jean Choux.
Tras rodar la coproducción hispanoitaliana El último
húsar (Amore di ussaro, 1940), de Luis Marquina, Conchita Montenegro regresó
a su país de origen como la estrella internacional que era, reflejando en sus maneras el
gusto nostálgico de las grandes damas del cine de entreguerras. No en vano, la actriz
poseía todos los requisitos propios de mitos como Greta Garbo, y así lo habían
destacado Cecil Beaton y otros como él. Con esa fama, encarnó los papeles principales de
Idolos (1943), de Florián Rey, y Lola Montes (1944), de Antonio Román.
Pese a todo el prestigio acumulado, Conchita Montenegro
decidió retirarse muy pronto del mundo artístico. Tras celebrar su matrimonio con el
diplomático Ricardo Giménez Arnau, embajador en la Santa Sede, inició una nueva vida y
se ocultó de los reporteros, negándose desde entonces a conceder ninguna entrevista. |
|