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La razón se sitúa de la parte de quienes consideran al
tenor jalisciense José Mojica como una de las principales estrellas del cine hablando en
español. En su época de gloria, este actor pudo competir brillantemente no sólo con sus
compatriotas, los galanes mexicanos, sino con otros intérpretes que pasaron por Hollywood
en el periodo en que allá se rodaron filmes en español.
Mojica nació en San Gabriel, Jalisco, el 14 de septiembre
de 1895. Su existencia, perturbada por penalidades dignas de un folletín, parece
extraída de un libreto cinematográfico. A la muerte de su progenitor, acompañó a su
madre hasta la Ciudad de México, y allí adquirió su formación, primero en el Colegio
Saint Marie y en la Academia de San Carlos, luego en la Escuela Nacional de Agricultura, y
finalmente, ya con vocación operística, en el aula del maestro José Eduardo Pierson y
en el prestigioso Conservatorio Nacional de Música. Tras unos primeros ensayos como
solista, el apasionado Mojica pudo mostrar su arte el 5 de octubre de 1916, cuando debutó
como tenor con El barbero de Sevilla.
Sin duda, el joven era un hombre de grandes aspiraciones, y
parte de su fuerza residía en el brío con que llevaba a la práctica estos sueños.
Decidido a triunfar en Estados Unidos, viajó a Nueva York, donde tuvo que alternar las
audiciones con el trabajo en un restaurante. Gracias a Enrico Caruso, que lo escuchó
cantar, pudo iniciar una nueva vida como cantante de ópera y opereta. Por estas fechas,
completó su formación con esmero, alternando las clases de canto, danza e idiomas y dos
costumbres deportivas: la gimnasia y el ejercicio de la hípica. Contratado en exclusiva
por la firma Edison, grabó numerosos discos de arias operísticas y música tradicional
mexicana. El frecuentar estos géneros dio a Mojica celebridad, y también nuevas
oportunidades en el mundo del espectáculo.
Uniéndose en Hollywood a otros profesionales de España e
Iberoamérica, participó en el rodaje de diversas películas habladas en español, entre ellas El
precio de un beso (1930), de James Tinling y Marcel Silver, donde también actuaba Antonio Moreno. Encasillado en el papel de galán cantante,
José Mojica hizo las delicias del público de la época, adelantándose de ese modo a
estrellas norteamericanas como Nelson Eddy o Howard Keel. De las películas que rodó en
Los Ángeles recordamos Cuando el amor ríe (1930), de David Howard y William J.
Scully; Hay que casar al príncipe (1931), de Lewis Seiler; La ley del harem (1931),
de Seiler; El caballero de la noche (1932), de James Tinling; El rey de los
gitanos (1933), de Frank Strayer; y La cruz y la espada (1933), de Frank
Strayer.
Después de ese periodo estadounidense, el tenor volvió a
México para rodar El capitán aventurero (1938), de Arcady Boytler, adaptación de
la pieza Don Gil de Alcalá, de Manuel Penella. Asimismo, participó en la
exitosa película La canción del milagro (1939), de Rolando Aguilar. En 1942,
viajó a Buenos Aires, donde protagonizó Melodía de América, de Eduardo
Morera. A modo de anécdota musical, en dicho filme es significativa su interpretación
del bolero Solamente una vez, de Agustín Lara. Una interpretación, dicho sea de
paso, en consonancia con su espíritu de tenor romántico.
Ese mismo año, 1942, Jose Mojica ingresó en el Convento
Franciscano del Cuzco, en Perú, y adoptó el nombre de Fray José Francisco de Guadalupe.
Cinco años después, confirmando su anhelo religioso, Mojica se ordenó sacerdote en el
Templo Máximo de San Francisco de Jesús, en la ciudad de Lima. Pero ello no supuso el
final de su trayectoria artística. Con el fin de reunir fondos para la fundación de un
seminario en Arequipa, recorrió Iberoamérica dando conciertos y protagonizando espacios
radiofónicos. Incluso llegó a participar en una película española, El Pórtico de
la Gloria (1953), producida por Cesáreo González y
dirigida por Rafael J. Salvia, quien asimismo escribió el guión, inspirándose en un
argumento del propio sacerdote.
Un singular cancionero animó la citada película, donde el
padre Mojica interpretaba composiciones de Leopoldo de la Rosa, Agustín Lara y Ricardo
Palmerín. Sin duda, un buen recordatorio de sus cualidades, muy apreciadas por el
público hispanohablante.
Tras una vida dedicada a la música y la interpretación,
Fray José Francisco de Guadalupe murió en Lima, el 20 de septiembre de 1974. |
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