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Luppi constituye una figura excepcional dentro de la
cinematografía de habla hispana, y no cabe duda de que esa posición de privilegio le ha
sido concedida por méritos profesionales y humanos. Haciendo gala de un profundo sentido
del equilibrio, la corrección y el encanto de su estilo interpretativo le han convertido
en un modelo que es admirado por la audiencia y, cosa más compleja, por la crítica. En
otro sentido, su obra de actor significa también la continuidad de un proceso de intercambio que, a todas
luces, enriquece tanto a las industrias del cine iberoamericano como a la española.
De su biografía conocemos unos rasgos generales que nos
permiten esbozar su currículo de intérprete. Federico Luppi, de ancestros italianos,
nació en Ramallo, en la provincia de Buenos Aires, en 1935. Cuando aún era muy joven, se
trasladó a La Plata, donde cultivó un variado interés artístico, bajo el cual se
alternaban la pintura, la estultura y, cómo no, el teatro. Pero el mundo de los cómicos,
bohemio e inseguro, no le ofrecía un sueldo considerable, de modo que tuvo que aceptar
otro tipo de oficios hasta que pudo incorporarse a una compañía profesional. El estreno
de la pieza Ha llegado un inspector imprimió un nuevo rumbo a una carrera que,
en lo sucesivo, estuvo repleta de éxitos teatrales.
A propósito de esta buena fortuna en los escenarios, ha de
destacarse que también le permitió llegar al cine, medio en el cual se inscriben
títulos como Pajarito Gómez (1965), de Rodolfo Kuhn, y sobre todo, El romance
del Aniceto y la Francisca (1967), de Leonardo Favio, por el que Luppi recibió el
premio al mejor actor de la Asociación de Cronistas Cinematográficos. De ahí en
adelante, las intervenciones cinematográficas del actor se caracterizaron por una notable
fidelidad a los directores de sus películas. Así, actuó a las órdenes de Raúl de la
Torre en Crónica de una señora (1971) y La revolución (1973); Héctor
Olivera fue su director en Las venganzas de Beto Sánchez (1973) y La Patagonia
rebelde (1974); Eduardo Mignona encauzó su trabajo en Flop (1990) y Sol de
otoño (1996); y con Fernando Ayala rodó Triángulo de cuatro (1975), Plata
dulce (1982), El arreglo (1983), Pasajeros de una pesadilla (1984), Sobredosis
(1986) y El año del conejo (1987).
Una excelente creación, Tiempo de revancha (1981),
de Adolfo Aristarain, favoreció a Federico Luppi con el
premio al mejor actor de la Asociación de Cronistas Cinematográficos, el premio al mejor
actor en el Festival Internacional de Chicago y un galardón equivalente en el Festival
Internacional de Montreal. Muy afín a los métodos creativos de Aristarain, el actor
volvió a colaborar con éste en Últimos días de la víctima (1982) y, tiempo
después, en las coproducciones hispanoargentinas Un lugar en el mundo (1992), La
ley de la frontera (1995) y Martín (Hache) (1997). A propósito de esta
última cinta, tan relevante en su carrera, el actor planteaba un deseo: «Si yo pudiera
cumplir un sueño, si consiguiera un mecenas, filmaría esta película de nuevo sin cortar
una línea. Un filme exquisito, sólo para los amigos, que dure cinco horas».
La financiación española de estos largometrajes de
Aristarain y Luppi, en los que también colaboraron intérpretes ibéricos, como José
Sacristán o Eusebio Poncela, abre un capítulo nuevo en la filmografía del actor
argentino. Películas como La vieja música (1985), de Mario Camus, Nadie
hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995), de Agustín Díaz Yanes, y Éxtasis
(1996), de Mariano Barroso, vienen a sintetizar esa trayectoria en España.
También cabe mencionar, en esa línea internacional, la
coproducción argentino-mexicana Luna caliente (1984), de Robert Denis, gracias a
la cual Federico Luppi llegó a México. Precisamente un joven cineasta de este país,
Guillermo del Toro, fue su director en Cronos (1991) y en El espinazo del diablo (2001), dos
películas de naturaleza fantasmagórica, bien recibidas por la audiencia más proclive al
género de terror.
En 2000 se encontraron Francisco
Rabal y Federico Luppi, enfrentados en la ficción de Divertimento,
curiosa película de José García Hernández donde se reflejaban las miserias y el
encarnizamiento que pueden darse en la vida de los actores. A los pocos meses de
estrenarse Divertimento, Luppi se ponía a las órdenes de Gerardo
Herrero, un cineasta y productor para quien ya había trabajado en el filme Frontera Sur (1998), donde se adaptaba a la gran
pantalla la novela homónima de Horacio Vázquez-Rial.
El nuevo proyecto de Herrero, Un lugar donde estuvo el
paraíso, partió de un guión escrito por Jorge Goldenberg, inspirado a su vez en la
novela del chileno Carlos Franz. Confirmando las posibilidades del cine hablado en
español, los actores elegidos para poner en pie ese universo fueron la chilena Paulina
Gálvez, los argentinos Luppi y Gastón
Pauls, la española Elena Ballesteros y el peruano Gian Franco Brero. Con capital
español y, en menor medida, argentino y brasileño, el plan de rodaje se diseñó en la
selva de Iquitos, en un bello lugar fronterizo entre Perú, Brasil y Colombia, no lejos de
donde se filmaron Fitzcarraldo (1983) de Werner Herzog, y Pantaleón y
las visitadoras (2000), de Francisco Lombardi. En suma, todo un esfuerzo de
colaboración y solidaridad cultural, mérito éste que consideramos distintivo de buena
parte de la filmografía de Federico Luppi. |
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