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Cinematografías de la semejanza

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Hombre de aire simpático y ternura desbordante, Miguel Ligero fue uno de los actores más queridos por el público español. Nacido en el barrio de Carabanchel, en Madrid, el 21 de octubre de 1890, muy pronto tuvo oportunidad de mostrar su gracia. En la niñez y en su primera infancia, se tuvo a Miguel por aventurero y montaraz: abandonó los estudios de bachillerato y por un tiempo quiso ser torero, vocación que luego sustituyó por la menos peligrosa de cómico. Apenas cumplidos los doce años, ingresó en una compañía infantil con la que debutó en el Teatro El Dorado, de Madrid. Aquella temprana experiencia le abrió las puertas de la escena, lo cual le llevó a tomar parte en sainetes y zarzuelas, consiguiendo en breve la categoría de galán. Con esa fama, creció su confianza, ya demostrada en la compañía de Enrique Lacasa.

Para Miguel Ligero su aventura americana comenzó a principios de los años veinte: ligado a una exitosa compañía, pudo completar una gira de casi catorce años, escenificando por Iberoamérica su repertorio castizo. En esta línea de interpretación, resolvió el actor aprovechar sus dotes humorísticas, identificado como estaba con el personaje característico de La verbena de la Paloma, Don Hilarión, un viejo farmacéutico a quien interpretó en muchas oportunidades. En un visible estado de felicidad, Ligero sumó al éxito profesional el afectivo, y se casó con la tiple cómica Blanquita Pozas, a quien había conocido en Salamanca, cuando ambos representaban La marcha de Cádiz.

Su primera experiencia en el cine se la proporcionó Frivolinas (1926), película dirigida por Arturo Carballo y que reunía fragmentos de las revistas musicales El arco iris, La feria de las hermosas y Las maravillosas. El variopinto plantel de intérpretes convocó a María Caballé, Felisa López, Rosita Rodrigo, Eva Stachino, Ramón Álvarez Escudero Ramper y Tomás Borrás. En un breve papel, también colaboraba el torero Juan Belmonte. El estreno, celebrado en el madrileño Cine Doré, el 18 de abril de 1927, congregó a todos los amantes de la comedia musical, encantados con la vivacidad y la pasión de Ligero.

Gracias a ese talento de vasto alcance popular, el actor permaneció en París entre mayo de 1930 y febrero de 1931, contratado por la empresa Paramount Pictures, que producía versiones en español de películas norteamericanas. Antes de que existiera el doblaje, esta fórmula servía para difundir en lengua española obras cinematográficas de gran consumo.

En los estudios de Joinville, en París, Ligero fue dirigido por Adelqui Millar en los largometrajes Doña Mentiras (1930), La fiesta del diablo (1930) y Sombras de circo (1931). Por las mismas fechas actuó en ¡Salga de la cocina! (1930), de Jorge Infante, y tras esa experiencia parisina fue reclamado por la Fox Film Corporation, firma para la cual rodó nuevas versiones hispanas en Hollywood, entre ellas Hay que casar al príncipe (1931), de Lewis Seiler, La ley del harén (1931), de Lewis Seiler, ¿Conoces a tu mujer? (1931), de David Howard, y Eran trece (1931), de David Howard.

Poco tiempo después de ese destello internacional, Ligero avanzó de nuevo por el cine español. Trabajó a las órdenes de Benito Perojo en Susana tiene un secreto (1934), Crisis mundial (1934) y La verbena de la Paloma (1935), donde una vez más recreó a Don Hilarión, el personaje de la zarzuela de Ricardo de la Vega que Ligero volvería a interpretar en la versión rodada por José Luis Sáenz de Heredia en 1963.

El actor colaboró en nuevas películas con Perojo, en España, Alemania e Italia. De esta labor compartida surgieron títulos como El barbero de Sevilla (1938), Los hijos de la noche (1939) y Héroe a la fuerza (1941). Pero, sin duda, lo que dio definitiva popularidad al actor fue la pareja artística que formó con Imperio Argentina en dos películas de primer orden, Nobleza baturra (1935) y Morena clara (1936), ambas de Florián Rey. Fiel al estereotipo fijado en esas dos producciones, Ligero, ya veterano, lo renovó en Nobleza baturra (1965), de Juan de Orduña, y Morena clara (1954), de Luis Lucia.

Por lo demás, aún hubo tiempo para una nueva aventura americana: La vida bohemia (1937), de Joseph Berne, película producida en Hollywood por Cantabria Films, una compañía del magnate español Jaime del Amo, con la cual éste pretendía recuperar la equívoca gloria de las versiones hispanas.

Gracias a un encanto idóneo para la comedia costumbrista, Ligero había penetrado profundamente en el corazón del público, y ahí se mantuvo durante décadas. En su filmografía, rebosante de títulos, sobresalen creaciones como El crimen de Pepe Conde (1946), de José López Rubio, Malvaloca (1954), de Ramón Torrado, Los desamparados (1960), de Antonio Santillán, Roma de mis amores (1961), de Carlo Campogalliani, y La reina del Chantecler (1962), de Rafael Gil.

Según dice Manuel Román en Los cómicos (Royal Books, 1995), «Miguel, un castizo de la calle de las Minas, sabía interpretar muy bien a personajes andaluces, sin recurrir a efectismos poco creíbles, hasta el punto de que erróneamente alguien escribió que había venido al mundo en Málaga. En Miguel Ligero todo resultaba natural, con una gracia espontánea que llegaba al gran público. No era un actor para papeles de alta comedia, aunque interviniera en más de una. Tampoco brillaba en personajes dramáticos o de corte clásico. Lo suyo era interpretar tipos de la calle. Se le daban muy bien los gitanos embaucadores con acento sureño. Nadie le superaba en esas creaciones.»

Animado por un nuevo proyecto en Argentina, titulado Palo y hueso (1968), el estupendo cómico encontró la muerte el 26 de enero de ese mismo año.

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