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En el transcurso de su extensa y rica labor como actriz,
Mirtha Ibarra se ha visto envuelta en proyectos de sobresaliente importancia, sobre todo
en lo que concierne a las relaciones entre las cinematografías cubana y española. Sin
lugar a dudas, es mucho lo que su currículo revela acerca de la personalidad de esta
intérprete. Es de sobra conocido entre los estudiosos, si no ya entre el público en
general, que Ibarra se formó como artista durante la primera etapa de la revolución
cubana. Al fundar en 1962 la Escuela Nacional de Artes de Cuba, se comprometió con un
plan cultural deseoso de esclarecer la identidad o, en cierto modo, la configuración de
las artes isleñas, coherente con la nueva coyuntura político-social.
Entre 1970 y 1972, una beca teatral le permitió
matricularse en las aulas de la Universidad Internacional de Teatro, en París. De nuevo
en su tierra, Mirtha Ibarra completó su formación académica entre 1973 y 1978,
obteniendo la licenciatura en Literatura Hispánica en la Universidad de La Habana.
Además de sus dotes para la escena y la atracción que sobre ella ejercía el mundo
teatral, la joven poseía excelentes cualidades para el cine y la televisión, dada su
innegable belleza.
A las órdenes de Raquel y Vicente Revuelta, Ibarra
ingresó en un grupo teatral muy prestigioso, Teatro Estudio, y también actuó en otros
conjuntos, seleccionando siempre un repertorio de interés. Entre las numerosas
interpretaciones de la actriz, es particularmente memorable su presencia en montajes como La
alondra, de Jean Anouilh, en 1968; Tema para Verónica, de Alberto Pedro, en
1982; Obá y Chango, de Eugenio Espinosa, en 1983; Week-end en Bahía, de
Alberto Pedro, en 1987; y Oyá Ayawá, de Espinosa, en 1991.
El cineasta Tomás Gutiérrez Alea fue su director en La
última cena (1976), y no cabe duda de que modificó de un modo muy profundo la vida
profesional y afectiva de Ibarra. Gracias a su trabajo en Hasta cierto punto (1983),
obtuvo el Premio Coral a la Mejor Actuación Femenina en el Festival Internacional del
Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Ese galardón abrió un nuevo periodo en su
carrera, que se fue enriqueciendo con títulos como Se permuta (1984), de Juan
Carlos Tabío; Plácido (1986), de Sergio Giral; y Otra mujer (1987), de
Daniel Díaz Torres.
El filme Cartas del parque (1988), de Tomas
Gutiérrez Alea, permitió a Ibarra llegar hasta el público español, ya que este
largometraje fue presentado en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián.
Escrita por su director junto a Eliseo Alberto y Gabriel García Márquez, esta historia
de amor decadente, ambientada en la ciudad de Matanzas, fue producida por Televisión
Española con el auspicio de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.
Gracias a un acuerdo de producción entre Cuba, México y
España, llegó a filmarse Fresa y chocolate
(1993), obra intensa y conmovedora, firmada por Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.
Tanto Jorge Perugorría y Vladimir Cruz, sus
protagonistas, como Mirtha Ibarra, también presente en el reparto, alcanzaron una
notoriedad internacional bien merecida. En la misma línea, su papel de Georgina en Guantanamera
(1995), de Gutiérrez Alea y Tabío, brindó a la actriz cubana la oportunidad de
admirar nuevamente al público español.
En 1997 viajó a la isla de Lanzarote, donde rodó Mararía
(1997), de Antonio Betancor. Basada en una novela de Rafael Arozarena, la película
reflejaba un encanto específicamente canario, pero bien próximo al realismo mágico de
cierta literatura iberoamericana. En su papel de la santera Doña Herminia, Mirtha Ibarra
pudo expresar un tipo de espiritualidad que ya le era conocido.
Una vez embarcada en la aventura cinematográfica
española, la intérprete cubana colaboró en varias producciones, entre ellas Cuarteto de La Habana (1998), de Fernando
Colomo, junto a los actores españoles Ernesto Alterio y Javier Cámara, y las actrices
cubanas Laura Ramos y Daisy Granados. Asimismo, participó en Sobreviviré (1999),
de Alfonso Albacete y David Menkes.
El 2 de abril de 2001, Mirtha Ibarra inauguró en la
madrileña Casa de América un ciclo dedicado a su carrera cinematográfica y teatral.
Aparte del estreno de una obra escrita e interpretada por ella, Obsesión Habanera, el
público pudo disfrutar de varias de sus principales películas, entre las que destacó la
excelente Adorables mentiras (1990), de Gerardo Chijona. Con este homenaje, quedó
de manifiesto que su energía interior no se refleja solamente en su labor interpretativa,
sino también en su modo de aproximarse a un público que la admira desde muy diversas
fronteras. |
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