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A nadie se ocultará el interés de la coproducción en el
ámbito hispanohablante: la estrecha relación de semejanza entre nuestras
cinematografías ensancha un horizonte que ya ha probado sus posibilidades. Sin duda, esta
actitud colaboradora de los modernos productores permite abrigar no pocas esperanzas e
ilusiones. En cierto modo, poner de relieve ese empeño permite destacar la trayectoria de
personajes como Cesáreo
González, un hombre de cine que, durante décadas, apostó por el intercambio
artístico y comercial entre ambas orillas.
Nacido en Vigo el 30 de mayo de 1903, y fallecido en Madrid
el 20 de marzo de 1968, este distribuidor y productor español propone un esbozo bien
típico de lo que fue la emigración: falto de recursos, sólo contaba doce años cuando
tomó un barco rumbo a Cuba, donde fue vendedor ambulante. Un nuevo golpe de fortuna lo
condujo a México, donde su tío mantenía un negocio de panadería. Es innecesario
insistir en los pormenores de esta etapa, pues Cesáreo era un joven de recursos y pronto
se hizo cargo de la empresa, ahorrando un capital suficiente para casarse y, con la
emoción imaginable, planear el retorno a España.
El indiano Cesáreo González se instaló de nuevo en Vigo,
y allá invirtió su dinero en diversos proyectos, entre ellos un concesionario de
automóviles. Buen aficionado al balompié, también procuró implicarse en el mundo
futbolístico, llegando a ocupar la presidencia del Real Club Celta de Vigo. A esta
inclinación deportiva hay que añadir otro espectáculo muy apreciado por González: el
cine.
El famoso Carballeira (1940), de Fernando Mignoni,
fue la primera película en la cual invirtió algún dinero. Como la experiencia resultó
satisfactoria, fundó una empresa de producción, Suevia Films, cuyo primer lanzamiento
fue la comedia Polizón a bordo (1941), de Florián Rey. No es nuestro objeto
señalar paso a paso la evolución de esta compañía, de indiscutible importancia en el
cine español. Siguiendo al principal estudioso de la obra de Cesáreo, el profesor Emilio
C. García Fernández, tan sólo destacaremos la originalidad de su propuesta empresarial,
con la cual logró abrir mercados internacionales y llevar hasta España a numerosos
profesionales del cine iberoamericano.
A este productor debe el cine español títulos como La
fe (1947), de Rafael Gil; Botón de ancla (1947) y Sabela de Cambados (1949),
ambas de Ramón Torrado; La Señora de Fátima (1951), de Rafael Gil; y Calle
Mayor (1956), de Juan Antonio Bardem. Asimismo, fue el responsable de contratar a
directores hispanoamericanos como Hugo del Carril, Luis Saslavsky, Miguel Zacarías, Luis
César Amadori, Lucas Demare y Enrique Cahen Salaberry. A esa incorporación de cineastas
ha de sumarse el interés de Cesáreo González por los temas americanos, como queda de
manifiesto en lanzamientos suyos como Bambú (1945), de José Luis Sáenz de
Heredia; La guerra empieza en Cuba (1957), de
Manuel Mur Oti; y La nao Capitana (1947), de Florián Rey. Esto, sin entrar aquí
en la intuición comercial del productor, quien adivinó muy pronto que la geografía del
cine hispanohablante permitía nuevas ambiciones.
Pasemos, pues, a citar algunos ejemplos que permitan al
lector formarse una idea de lo que significó Suevia Films en este ámbito. En su lindero
más comercial, la compañía española produjo con otras empresas mexicanas varias
películas protagonizadas por Joselito, un niño prodigio muy famoso en la época: Aventuras
de Joselito en América (1961), de Antonio del Amo y Roberto Gavaldón; El caballo
blanco (1961), de Rafael Baledón; y El falso heredero (1965), de Miguel
Morayta. Reuniendo en un mismo reparto al pequeño y a la estrella argentina Libertad
Lamarque, Cesáreo produjo el melodrama Bello recuerdo (1962), de Antonio del Amo.
Al contratar a la bellísima actriz mexicana María Félix, Cesáreo pudo disponer de su talento en Mare
Nostrum (1948), de Rafael Gil; Camelia (1953), de Roberto Gavaldón;
Faustina (1956), de José Luis Sáenz de Heredia; La corona negra (1950), de
Luis Saslavsky; y La bella Otero (1954), de Richard Pottier. Por las mismas fechas,
el empresario gallego logró que Jorge Negrete protagonizase
Teatro Apolo (1950), de Rafael Gil. Asimismo, diseñó el lanzamiento de dos
coproducciones con México: El indulto (1960), de José Luis Sáenz de Heredia,
protagonizada por Pedro Armendáriz; y Gitana tenías que ser (1953), de Rafael
Baledón, con Pedro Infante, Carmen Sevilla y Estrellita Castro en la cabecera de reparto.
Además de contar con los astros del cine mexicano,
Cesáreo González supo aprovechar el impacto de algunos artistas españoles en el cine de
ese país. Así, la cantante folclórica Lola Flores
protagonizó una larga serie de coproducciones hispano-mexicanas, hábilmente
comercializadas por el productor gallego: Pena, penita, pena (1953), de Miguel
Morayta; La Faraona (1955), de René Cardona; Limosna de amores (1955), de
Morayta; Lola Torbellino (1955), de Cardona; Maricruz (1957) y Sueños de
oro (1957), ambas de Miguel Zacarías; Échame la culpa (1958), de Fernando
Cortés; y De color moreno (1963) y La gitana y el charro (1964), ambas
dirigidas por Gilberto Martínez Solares.
El intenso trabajo del productor en México alcanzó
parecidas dimensiones en Argentina. Un famoso cómico de esa tierra, Pepe Iglesias, El
Zorro, protagonizó ¡Che, que loco! (1952), de Ramón Torrado, y el
futbolista Alfredo Di Stefano fue el actor principal en La batalla del domingo (1962),
de Luis Marquina. Asimismo, Cesáreo contrató a Luis Saslavsky para que éste dirigiese El
balcón de la luna (1962), producción folclórica interpretada por Carmen Sevilla,
Lola Flores, Leo Anchóriz y Paquita Rico. En la misma línea comercial, el actor
argentino Luis Sandrini, también contratado por González, actuó en la comedia Olé,
torero (1948), de Benito Perojo.
Por fin, la intervención de Suevia Films en la
cinematografía argentina concretó las diversas alianzas previstas por Cesáreo
González, originando películas como El negro que tenía el alma blanca (1951), de
Hugo del Carril; La pérgola de las flores (1965), de Román Viñoly Barreto; ¿Quiere
casarse conmigo? (1966), de Enrique Carreras; y La sed (1960), escrita por
Augusto Roa Bastos y dirigida por Lucas Demare.
Estos contactos no fueron exclusivamente comerciales.
Decidido a traspasar fronteras en el campo cinematográfico, el productor gallego diseñó
largometrajes que pudiesen agradar a un amplio sector del público español e
iberoamericano. Por ejemplo, contó con el mexicano José
Mojica para que interviniese en El Pórtico de la Gloria (1953), de
Rafael J. Salvia; costeó en Río de Janeiro el rodaje de Marisol rumbo a Río (1963),
de Fernando Palacios; e incluso llegó a un acuerdo con la productora brasileña Condor
Filmes a la hora de filmar Samba (1963), de Rafael Gil, protagonizada por Sara Montiel.
Lo que está claro, una vez que se observa panorámicamente
su trayectoria, es que el ejemplo de Cesáreo González sirve para resumir en buena medida
los propósitos de nuestra exposición. Al margen de sus intereses mercantiles, lógicos
en un productor cinematográfico, vale la pena resaltar el conjunto de pautas de
colaboración que guiaron su trabajo a ambos lados del Atlántico. |
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