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Cinematografías de la semejanza

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Si bien la notoriedad de Lola Flores tiene su razón de ser en el cante y el baile, que ella cultivó de forma admirable, en las próximas líneas destacaremos su faceta cinematográfica, quizá redundante en cuanto a los temas, pero muy atractiva desde el punto de vista popular y, por ende, comercial. Aprovechando su fama en diversos países iberoamericanos, la artista española fue asimismo protagonista de una larga serie de películas patrocinadas por compañías mexicanas. Como veremos, el prototipo que cultivó fue, en más de un sentido, modelo de esencias castizas.

Nacida en Jerez de la Frontera, Cádiz, en 1923, fue bautizada con el nombre de María de los Dolores Flores Ruiz. Su gusto por el flamenco se manifestó muy pronto, a tal extremo que sólo contaba diez años cuando debutó en un escenario, como integrante de una compañía de revista. Aunque se la pudo ver en el filme Martingala (1940), de Fernando Mignoni, lo cierto es que sus primeros éxitos no se debieron a la gran pantalla, sino a su infatigable trabajo escénico. Al formar pareja con Manolo Caracol, fue consolidándose como una estrella de la copla y el flamenco, y ya nunca perdió esa categoría, tanto en su país de origen como en otros pueblos de habla española, en especial Cuba, Argentina y México.

Su matrimonio en 1958 con Antonio González, El Pescaílla, fecundó una saga artística que luego se prolongó en sus tres hijos: Lolita, Rosario y Antonio Flores, todos ellos dedicados a la música y a la interpretación. Por otro lado, Lola Flores fue una de las intérpretes características del cine musical español, en gran medida vinculado a la tradición folclórica andaluza. Ejemplos de este género fueron Embrujo (1946), de Carlos Serrano de Osma, donde también intervenía Manolo Caracol; Morena clara (1954), de Luis Lucia; María de la O (1957), de Ramón Torrado; y El balcón de la luna (1962), del argentino Luis Saslavsky.

Aunque en su última etapa Lola Flores participó en proyectos de cierta ambición, como Truhanes (1983), de Miguel Hermoso; y Sevillanas (1992), de Carlos Saura, es inevitable resaltar su periodo de apogeo, cuando era la tonadillera más conocida y los teatros se llenaban para asistir a sus actuaciones. Una época que coincide con su lanzamiento cinematográfico en Hispanoamérica, de la mano del productor Cesáreo González. Sello de esta nueva fase fue el largometraje Pena, penita, pena (1953), de Miguel Morayta, en cuyo reparto intervenían Luis Aguilar; Fernando Soto, Mantequilla; Antonio Badú y Miguel Angel Férriz.

Más adelante, René Cardona fue su director en La Faraona (1955), filme de pasiones desatadas, que además contó con la magnífica participación del músico Agustín Lara y con la presencia del actor español Francisco Reigueira, exiliado en México tras la guerra civil.

Las siguientes entregas de esta saga mexicana mantuvieron la atención popular. En Limosna de amores (1955), de Miguel Morayta, Lola compartía cabecera de reparto con Miguel Aceves Mejía, que volvió a ser su compañero en Échame la culpa (1958), de Fernando Cortés. La trama de esta última película, tópica pero eficaz, insistía en el romance entre la flamenca temperamental y el mexicano bravo, ligado a sus raíces.

Otras coproduciones hispano-mexicanas protagonizadas por Lola Flores fueron Lola Torbellino (1955), de René Cardona, una vez más con Agustín Lara en el cartel; Maricruz (1956) y Sueños de oro (1957), ambas de Miguel Zacarías; La gitana y el charro (1963), de Gilberto Martínez Solares, con una debutante Lolita González Flores en el reparto; y De color moreno (1963), rodada por el propio Martínez Solares en los estudios Churubusco, uno de los centros fundamentales de la cinematografía de México.

Tras una extensa carrera artística, la cantante y actriz, víctima de una dolorosa enfermedad, falleció durante la primavera de 1995. Su pérdida suscitó emociones de tono genuinamente popular, reconocibles en el enorme cortejo de admiradores que quiso despedirse de ella por las calles de Madrid.

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