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Cinematografías de la semejanza

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La actriz mexicana María Félix, a justo título llamada la Doña, ha sido la mujer más bella, más fotogénica y quizá temperamental de la cinematografía de su país. Si reducimos estos exuberantes elogios a proporciones puramente profesionales, podemos decir que Félix, aparte de un mito, ha sido una entusiasta trabajadora y una intérprete de grandes recursos. Expresamente dedicado a la actriz, este breve perfil no ha de insistir más en el panegírico, sino en un mérito que toca más de cerca a nuestra exposición: las labores de la actriz en películas españolas.

María Félix puede ser ubicada en la edad de oro del cine mexicano. Nacida en Álamos, Sonora, es la hija de Bernardo Félix y Josefina Güereña. Fue educada en un convento en Pico Heights, California, pero esa esmerada formación no impidió que María gozase con juegos propios del rancho: se ejercitó muy pronto como jinete y dicen quienes la conocieron que disfrutaba con aficiones propias de los muchachos, alejadas de cuanto se esperaba de una niña.

El tiempo transcurrió favorablemente para su hermosura, y muy pronto su aspecto comenzó a llamar la atención. Fue coronada reina de la belleza estudiantil y, al poco, aceptó en matrimonio a Enrique Álvarez, de quien acabaría divorciándose. Viajó luego a Ciudad de México, donde gracias a un encuentro casual con Fernando Palacios pasó a formar parte de la profesión cinematográfica. Tras el rodaje de El peñón de las ánimas (1943), de Miguel Zacarías, su fama ya no paró de crecer. Tanto es así, que filmes como María Eugenia (1943), de Felipe Gregorio Castillo, y Doña Bárbara (1943), de Fernando de Fuentes, le otorgaron la categoría de gran dama del cine local.

Su imagen turbadora, inquietante y a la vez llena de fascinación, fue destacada en títulos como La mujer sin alma (1943) y La devoradora (1946), de Fernando de Fuentes; La diosa arrodillada (1947), de Roberto Gavaldón; y Doña Diabla (1948), de Tito Davison. Parece que ella misma iba enriqueciendo esa imagen, de tal modo que su colaboración con el director Emilio Fernández le permitió completar una trilogía heterogénea que resume sus méritos y favorece que, aún hoy, el público la trate regiamente: Enamorada (1946), Río Escondido (1947) y Maclovia (1948). Ni siquiera su aventura francesa —French Cancan (1954), de Jean Renoir— fue tan celebrada como esos tres títulos del Indio Fernández.

Como una soberana ideal del cine hablado en español, María abordó todos los géneros, y lo hizo bien. Si nos limitamos al asunto que guía estas líneas, hemos de citar su personificación de Catalina de Erauso en La monja alférez (1944), de Emilio Gómez Muriel, su trabajo junto a Buñuel en Los ambiciosos (1959), y su linda presencia en Sonatas (1959), aquella película de Juan Antonio Bardem que recreaba el texto de Valle-Inclán. En esa línea española, María Félix también mantuvo una estrecha relación profesional con el productor Cesáreo González. Gracias a éste, la actriz participó en diversos proyectos fuera de su país, entre los cuales cabe destacar Mare Nostrum (1948), de Rafael Gil; y La corona negra (1950), filme del argentino Luis Saslavsky basado en un argumento de Jean Cocteau.

También fue una producción española La noche del sábado (1950), de Rafael Gil, escrita a partir de la obra homónima de Jacinto Benavente. En Hechizo trágico (1952), de Mario Sequi, la Doña volvió a coincidir con el galán Rossano Brazzi, a quien ya había tratado en La corona negra. Y en otra producción de Cesáreo González, Camelia (1953), de Roberto Gavaldón, hizo pareja con el actor español Jorge Mistral, bien conocido a ambos lados del Atlántico.

Su presencia excepcional enriqueció la coproducción franco-española La bella Otero (1954), de Richard Pottier; y en un tono más ligero, dio lecciones de seducción en Faustina (1956), de José Luis Sáenz de Heredia, donde también intervenían Fernando Fernán-Gómez, Conrado San Martín, Tony Leblanc y José Isbert. Cerrando el catálogo español, esta última comedia presentaba a la actriz en una faceta voluptuosa cuyos efectos aún se perpetúan en la gran pantalla.

Conocedora del alma del público y gran diva, María Félix es un caso único en la cinematografía iberoamericana. Tratando de averiguar el misterio, Paulo Antonio Paranaguá escribió un párrafo que nos parece adecuado para terminar nuestro comentario. Dice así: «María Félix es un enigma de persistente fascinación. Encarna un mito viviente en un país moldeado no sólo por las mitologías antiguas, sino también por las modernas (la revolución, el cine). Desafió las mentalidades de sus contemporáneos y aún desafía la perplejidad de los ensayistas y la imaginación de los escritores. Carlos Fuentes, una vez más, ha puesto en escena en una pieza de teatro, Orquideas a la luz de la luna, a las dos diosas mexicanas de la pantalla, Dolores del Río y María Félix, reunidas una única vez, en La cucaracha. El panteón precolombino puede haber inspirado ritos sanguinarios, pero al menos es irreductible a los dualismos maniqueos de nuestras pobres religiones monoteístas: sugiere más bien una deslumbrante cosmogonía y el eterno recomenzar» («María Félix: imagen, mito y enigma», Rev. Archivos de la Filmoteca, n.º 31, febrero 1999).

La actriz falleció el 8 de abril de 2002, en su querido Distrito Federal.

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