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El 3 de octubre de 1921, Alberto Closas nació en
Barcelona. En esa capital transcurrieron los días de su niñez y adolescencia, una etapa
dolorosamente interrumpida por la Guerra Civil. El exilio familiar en Buenos Aires, con
toda su desdicha, valió como estimulante de su vocación teatral, pues le hizo coincidir
con una gran dama de la escena, Margarita Xirgu. Closas ingresó en la Escuela de Arte
Dramático dirigida por la actriz y muy pronto se sintió cómodo en la escena, a tal
extremo que no tardó en convertirse en primer actor. Asimismo, aprovechó su tono
admirable de galán para formar una compañía propia. Sabemos que recorrió diversos
países iberoamericanos y que su repertorio fue del gusto popular. Tanto se distinguió en
el escenario, que la industria del cine argentino quiso incorporarlo a sus proyectos.
Entre sus películas más celebradas por estas fechas,
destacan El renegado de Pichitun (1943), de José Bohr; La honra de los hombres (1944),
de Carlos Schliepper; Cristina (1945), de Francisco Múgica; La pródiga (1945),
de Mario Soffici; Historia de una mala mujer (1947), de Luis Saslavsky; La
vendedora de fantasías (1949), de Daniel Tinayre; Vivir un instante (1951), de
Tulio Demicheli; y Cuidado con las mujeres (1951), de Enrique Cahen Salaberry.
Los dramas y películas que estrenó en España a partir de
1955 tuvieron idéntica acogida. Su primer largometraje español, Muerte de un ciclista
(1955), de Juan Antonio Bardem, es un clásico de la cinematografía local. En esta
nueva empresa, Closas consolidó su prestigio con dos comedias muy divertidas: La
fierecilla domada (1955), de Antonio Román; y Una muchachita de Valladolid (1958),
de Luis César Amadori. No obstante, su actuación más destacable durante este periodo
quedó registrada en El baile (1959), de Edgar Neville.
Felizmente, nunca abandonó el teatro, e incluso se
comprometió en una arriesgada aventura escénica cuando viajó a París en 1961, con el
propósito de formar una nueva compañía. Después de mostrar su destreza técnica en
francés, el actor coronó su fama en España mediante una larga sucesión de triunfos
teatrales.
Luego, con el cine y la televisión a la vista, Alberto
Closas fundó su propia empresa cinematográfica y protagonizó películas de muy diverso
orden, catalogables en todos los géneros. Su papel de padre optimista en La gran
familia (1962), de Fernando Palacios, fue una de las composiciones más célebres de
su carrera, a tal extremo que insistió en la misma fórmula a la hora de rodar las dos
secuelas de dicha película: La familia y uno más (1965), de Palacios, y La
familia bien, gracias (1979), de Pedro Masó.
Sin duda es en esta línea humorística en la que hemos de
inscribir producciones como Usted puede ser un asesino (1961), de José María
Forqué, y Los chicos del preu (1967), de Pedro Lazaga. Enriqueciendo esa
trayectoria, Closas protagonizó películas más sombrías, al estilo de El diablo
también llora (1963), de José Antonio Nieves Conde.
Aunque fue muy admirado gracias al cine, el actor insistió
en los desafíos teatrales. Con todo, a su presencia sobre las tablas cabe añadir su
aportación al espacio «Estudio Uno», en el cual se adaptaban televisivamente los
clásicos de la escena. Ya veterano, Alberto Closas intervino en películas de prestigio,
como Esquilache (1988), de Josefina Molina, y El maestro de esgrima (1992),
de Pedro Olea. Su actividad fue incesante; incluso regresó a Argentina, donde colaboró
en series de televisión.
En 1995, mientras representaba en Madrid, junto a Amparo Rivelles, la obra teatral El canto del cisne,
le fue diagnosticada una grave enfermedad que acabó con su vida el 19 de septiembre de
ese mismo año. |
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