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Todavía perdura en el ambiente, como un eco del entusiasmo
que despertó, la celebración del centenario de Luis Buñuel. No pretendemos convertirnos
en intérpretes de lo que tantos admiradores, eruditos y estudiosos quisieron decir. Las
próximas líneas, aunque no tan detalladas, tan sólo pretenden dar idea de lo que
Buñuel significó en el cine internacional, sobre todo en sus costados mexicano y
español. Por eso este currículo cinéfilo y quizá sentimental lo vamos a trazar
siguiendo la cronología del realizador, que en cierto modo es la de tantos transterrados que un día, forzados
atrozmente por la guerra, tuvieron que cruzar el océano en busca de un nuevo horizonte.
Desde su nacimiento en Calanda (Teruel), el 22 de febrero
de 1900, y hasta su muerte en Ciudad de México, el 29 de julio de 1983, Buñuel
construyó una biografía apasionante. Aun cuando son muchas y tan diversas las anécdotas
que de él han llegado a nosotros, conocemos tan sólo simples fragmentos o, con más
provecho, las alusiones de sus amigos y compañeros, fascinados con aquel hombre tierno y
vigoroso, atrevido e íntimo, culto, independiente, heredero feliz de toda una tradición
de polígrafos españoles. En apoyo de esta definición paradójica está su libro de
memorias Mi último suspiro (Plaza & Janés, 1982), dictado a su fiel amigo
Jean-Claude Carrière. En esas páginas se advierte hasta qué punto abrieron surco en su
cine algunas experiencias vividas, traducidas luego por un surrealismo peculiar, divertido
y muy empapado en las culturas hispánicas.
Sabemos que Buñuel creció en el seno de una familia
acomodada y tradicional. Estudió en Zaragoza, matriculado en colegios religiosos, y
partió después a Madrid, con la idea de convertirse en ingeniero agrónomo, idea que
luego varió radicalmente y que desvió hacia la carrera de Filosofía y Letras.
Alojado en la Residencia de Estudiantes, compartió el
entusiasmo de personajes irrepetibles, como Salvador Dalí, Pepín Bello y Federico García Lorca.
Todos ellos, junto a otros como Rafael Alberti y Ricardo Urgoiti, significaron una
influencia preciosa en su trayectoria vital. Aunque con ello no demos un perfil exacto del
genio de nuestro biografiado, cabe recordar que esos amigos fueron hermanados por Buñuel
en la llamada Orden de Toledo.
Cuando falleció su padre, el joven residente partió hacia
París, y allá probó suerte en el mundo del cine, aunque de un modo un tanto
irresponsable, casi bromista. A pesar de su machismo recalcitrante, enamoró a Jeanne
Rucar, una joven francesa muy avanzada en gustos y costumbres. Con ella se casaría en
1934.
Reuniendo sueños comunes, Buñuel y Salvador Dalí
escribieron el guión de Un perro andaluz (1929), película que, en buena medida,
fundó la cinematografía
surrealista. Además de los procedimientos fílmicos para llegar al subconsciente, los
dos amigos diseñaron un espectáculo provocador, sensual y, aunque hoy se olvide,
también humorístico. La colaboración entre ambos perdura en la génesis de La Edad
de Oro (1930), otro filme surrealista rodado en París. Lamentablemente, Dalí no
apareció en los títulos de crédito y la amistad comenzó a resquebrajarse.
A juicio de los estudiosos, el guión de La Edad de Oro reúne
párrafos interesantísimos que ya han pasado a la historia del cine: líneas de guión
donde se condensa buena parte de las inquietudes del maestro aragonés. De un modo más
evidente: el deseo y su contrapartida dolorosa, el fetichismo y, en corroboración del
extraño ateísmo de Buñuel, la materia religiosa. Naturalmente, esto explica las
diatribas violentas de que fue objeto por parte de la sociedad más conservadora de
París.
Tal es la obra clave de Buñuel. En lo sucesivo, sólo fue
perfeccionando su expresión, siempre próxima a creadores como Goya y Sade. Tras un
intermedio, durante el que participó en las películas hispanas producidas por Estados
Unidos, dirigió el documental Las Hurdes/Tierra sin pan (1932), una denuncia
social, no exenta de elementos surrealistas, cuya exhibición fue prohibida por el gobierno
republicano.
Tras el sinsabor, Buñuel se implicó intensamente en las
tareas de producción ejecutiva de varios largometrajes de la compañía Filmófono.
Lamentablemente, la guerra civil interrumpió esa trayectoria, forzando la marcha del
cineasta y los suyos. Recaló primero en los Estados Unidos, donde trabajó en el Museo de
Arte Moderno y en la compañía Warner Brothers. Fue un periodo difícil, inestable, que
de nuevo tuvo un mal final: la caza de brujas. El nuevo destino en su destierro fue
México, país que había acogido generosamente a numerosos exiliados españoles.
Su primer título mexicano, el musical Gran Casino
(1947), interpretado por Libertad Lamarque y Jorge Negrete,
tuvo muy escasa entidad y sólo es memorable como anécdota.
Tras el encargo de El gran calavera (1949), y
decidido a renovar las esencias del melodrama con una audacia admirable, Buñuel rodó Los olvidados (1950), reflejo tremendo de la
Ciudad de México, en su costado más empobrecido y atroz. «El estreno de la cinta en
México escribe Agustín Sánchez Vidal en su biografía del cineasta (Cátedra,
1991) suscitó reacciones violentísimas, y se pidió la expulsión de Buñuel desde
diversas instancias: prensa, sindicatos, asociaciones. No duró más que cuatro días en
cartel, sin que faltaran intentos de agresión física contra el cineasta.
Afortunadamente, numerosos intelectuales le defendieron y la película fue invitada al
Festival de Cannes a título personal en 1951. Octavio Paz, comisionado por el Gobierno
mexicano para el Festival, desplegó una amplia actividad en su defensa. En exhibición
privada asistieron buena parte de los supervivientes del grupo surrealista, siendo la
primera vez que Aragon y Breton se volvían a encontrar tras su ruptura, después de
veinte años. La sesión fue un éxito, y los apoyos suscitados empezaron a pesar, creando
un ambiente receptivo y favorable».
Esta tendencia benéfica permitió que Buñuel conservase
su libertad creadora y abordase con mayor amplitud sus materiales. Por lo demás, el toque
poético aparece ya con otro carácter en Susana (1950) y en películas
posteriores, donde los géneros más populares, en particular el melodrama, aparecen
teñidos con tintes inesperados: la paranoia, la obsesión erótica, la cosificación del
amor, el conocimiento irracional, el deseo que va creciendo desmesuradamente, las
maravillas y misterios del inconsciente y una lectura demoledora y a la par moralista del
fenómeno religioso. Parte de ello se interpola en Subida al cielo (1952), Él
(1953), Abismos de pasión (1954) y Ensayo de un crimen (1956).
No obstante, una de sus obras maestras en esta línea fue Nazarín
(1958), adaptación de la obra homónima de Benito Pérez Galdós. En dicho filme, la fe
del Padre Nazario (Francisco Rabal) mueve una historia en
la que Buñuel insiste en la desafinación y fracaso de ese impulso espiritual.
Admirablemente fotografiada por Gabriel Figueroa, la película tuvo una buena acogida
internacional.
De nuevo en España, el cineasta aragonés rodó Viridiana (1961), película densa, corrosiva,
sensual y tan provocadora que, pese a obtener en el Festival de Cannes la Palma de Oro y
el Premio de la Crítica, vio prohibida su exhibición por la censura del régimen
franquista. De hecho, el público español no pudo ver este filme hasta abril de 1977.
El sobresaliente éxito artístico de El ángel
exterminador (1962) precedió un retorno de Buñuel al cine francés con Diario de
una camarera (1964). Despidiéndose del cine mexicano con Simón del desierto (1965),
el realizador completó una etapa final en Francia, quizá más fría pero no exenta de
hallazgos. Así, aun hoy pervive el encanto turbador de Belle de jour (1967), La
Vía Láctea (1969), El discreto encanto de la burguesía (1972), El
fantasma de la libertad (1974) y Ese oscuro objeto del deseo (1977).
Sin embargo, preferimos cerrar este perfil con otra
película rodada en España y también próxima al mundo galdosiano, Tristana (1970).
Y es que en Mi último suspiro, Buñuel evoca el filme en un párrafo que, sin
duda, resume la substancia de eso que llamamos buñuelesco. Dice así: «Con la
ayuda de Julio Alejandro, puse en Tristana muchas cosas a las que toda mi vida he
sido sensible, como el campanario de Toledo y la estatua mortuoria del cardenal Tavera,
sobre la que se inclinaba Tristana. Como no he vuelto a ver la película, me resulta
difícil hablar de ella hoy, pero recuerdo que me gustó la segunda parte, tras el regreso
de la joven, a la que acaban de cortar una pierna. Me parece oír todavía sus pasos por
el corredor, el ruido de sus muletas y la friolera conversación de los curas en torno a
sus tazas de chocolate». |
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