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Cinematografías de la semejanza

Testimonios



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Dejando a un lado razones de índole comercial o matices de mercadotecnia, parece indiscutible que el reciente cine español se ha beneficiado de una nueva generación de actores de notable capacidad interpretativa, jóvenes y caracterizados, cuando menos en sus intenciones, por una generosa apertura a los nuevos modos de la ficción audiovisual. Una de las presencias más relevantes de esa generación es Juan Diego Botto, candidato a asumir retos de una sensibilidad superior, y desde luego, llamado a componer figuras de alta densidad en el cine y la escena.

Otro de los valores que hay que defender en este joven intérprete es una experiencia vital de largo aliento, que se enriquece de significado a medio camino entre Argentina y España. Nacido en Buenos Aires en 1975, en poco tiempo su mundo se transformó trágicamente: conoció la violencia de un golpe de estado en 1976, la desaparición de su padre en 1977, el exilio, y desde 1978, un nuevo comienzo en Madrid, de la mano de su madre, la profesora de interpretación Cristina Rota.

Quizá por crecer en un ambiente artístico, el pequeño Juan Diego heredó de su madre la vena de invención teatral y el afán por conocer a fondo los mecanismos escénicos. De todos los alumnos de la escuela de actores fundada por Cristina, probablemente fuera su hijo quien notó mayor exigencia, y también mayor empuje a la hora de plasmarse en él esa incierta transformación que precisa el escenario. Y así, al cabo de pocos años, vencida ya la timidez, Botto conoció al fin qué se siente unos momentos antes de alzarse el telón, cuando se apagan las luces y el público aguarda.

El cine le abrió sus puertas cuando aún era un niño, y eso explica su presencia en títulos como Los motivos de Berta (1983), de José Luis Guerín; El río de oro (1986), de Jaime Chávarri; Teo el pelirrojo (1986), de Paco Lucio; Si te dicen que caí (1989), de Vicente Aranda; Ovejas negras (1990), de José María Carreño; y Cómo ser mujer y no morir en el intento (1991), de Ana Belén.

Participó asimismo en una teleserie estadounidense, El Zorro: La leyenda continúa (1989-1992), pero su inclinación teatral, más acentuada, se vio favorecida a lo largo del tiempo por montajes de interés, entre los cuales destacan Coriolano, de William Shakespeare, y   Alessio, de Ignacio G. May. Convertido en uno de los responsables del grupo Nuevo Repertorio, Botto se encargó de representar funciones como Ciudades perdidas, de Daniel Suárez; Veinte años no es nada, de E. Recabarren; y El rufián en la escalera, de J. Orton.

En esa multiplicidad del trabajo interpretativo, también tuvo fortuna en el cine, y le fue concedido el papel principal de Historias del Kronen (1994), de Montxo Armendáriz, por el cual Juan Diego se convirtió en candidato al premio Goya como actor revelación. Inspirada en la novela homónima de José Ángel Mañas, dicha película sondeaba sin cautela moralista el extravío interior de cierta juventud urbana: un pasaje de habitaciones sombrías y exceso, donde se celebra el culto de la inmediatez sin suelo sobre el que apoyarse.

La ajustada representación de Botto ponía de manifiesto sus cualidades cinematográficas, luego aprovechadas en películas como La sal de la vida (1995), de Eugenio Martín; La Celestina (1995), realizada por Gerardo Vera a partir del clásico de Fernando de Rojas; Éxtasis (1996), de Mariano Barroso; y En brazos de la mujer madura (1996), en la que Manuel Lombardero adaptaba la obra homónima del húngaro Stephen Vizinczey.

Tras filmar la comedia Más que amor frenesí (1996), de Miguel Bardem, Alfonso Albacete y David Menkes, Juan Diego Botto recuperó sus raíces argentinas en Martín (Hache) (1997), de Adolfo Aristarain. Sin duda, fue ésta una experiencia que el actor resumió con agrado: «Pocas veces he tenido la suerte de trabajar en un proyecto que me emocionara tanto. Un proyecto donde coinciden un director de una sensibilidad y coherencia admirables (Adolfo Aristarain), unos compañeros que son el sueño de cualquier actor, tan grandes personas como buenos profesionales (Federico Luppi, Cecilia Roth y Eusebio Poncela), y un guión tan sólido y conmovedor, que dudo que en mucho tiempo se me presente algo igual». En el filme de Aristarain, Botto encarnó a Hache, un joven de 19 años que vive en Buenos Aires con su madre, pero que tras un serio percance va a reencontrarse con su padre, Martín Echenique (Luppi), cineasta bonaerense que ya lleva más de veinte años viviendo en Madrid.

De ese capítulo profesional hispano-argentino cabe retener, entre otros detalles felices, el definitivo lanzamiento de Botto como actor. Ello se tradujo en papeles de mayor densidad, al estilo de los que interpretó en Plenilunio (2000), de Imanol Uribe; Pasos de baile (2001) de John Malkovich; y Silencio roto (2001), filme de Montxo Armendáriz donde también actuaba su hermana, María Botto.

En el mismo marco puede insertarse una pieza teatral de significado íntimo, resumen de experiencias familiares: Rosencrantz y Guildenstern han muerto, de Tom Stoppard, cuyo montaje dirigió Cristina Rota y en el que los principales papeles fueron interpretados por Juan Diego Botto y otro actor amigo suyo, también de ascendencia argentina, Ernesto Alterio, hijo del admirable Héctor Alterio.

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