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Cinematografías de la semejanza

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Acaso el más conocido de los cineastas españoles vivos, Pedro Almodóvar, pone de manifiesto ingredientes castizos, esencialmente españoles. Por ello su presencia en estas páginas, ligadas al tránsito entre América y la Península Ibérica, requiere una primera matización, referente al uso particular que el cineasta hace del melodrama y al empleo de la música iberoamericana en sus proyectos; y una segunda, relacionada con la presencia de sus filmes en el mercado suramericano y, más aún, con su reciente oferta de coproducciones con empresas hispanoamericanas.

Almodóvar nació en Calzada de Calatrava, Ciudad Real, el 25 de septiembre de 1949, y desde muy joven se sintió fascinado por el universo cinematográfico. De su etapa como espectador adolescente procede, a buen seguro, la miscelánea de sus influencias: la comedia costumbrista típicamente española, más el melodrama de Hollywood, al estilo de Douglas Sirk, pasando por el juego provocador de Buñuel y, cómo no, por la desenvoltura narrativa de George Cukor, aquel director de actrices a quien tanto admira.

Cuando a la edad de diecisiete años Almodóvar emigró a Madrid, se empleó como auxiliar administrativo en la Compañía Telefónica Nacional. En aquel periodo de efervescencia, propio de la etapa de transición democrática, Madrid se convirtió en escenario de las primeras aventuras culturales del joven manchego. Interesado por la música, formó un dúo con el fin de interpretar un provocativo repertorio, y también se aproximó a pintores y diseñadores de la vanguardia local, quienes influirían posteriormente en la luminosa estética del realizador. Asimismo, hizo incursiones en el cómic, el teatro y la literatura, volcándose por último en el cine, si bien con un presupuesto económico tan menguado, que sólo la amistad de sus colaboradores explica que pudiese completar su primer largometraje, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980). A diferencia de otros directores del mismo periodo, Almodóvar optó por la provocación y la excentricidad, entusiasmado por el mundo vertiginoso de la ciudad y por sus pequeñas historias de amor, confusión, dependencia y rechazo. Su siguiente filme, Laberinto de pasiones (1982) mostraba la medida de estos intereses y propugnaba un cambio de mentalidad en la audiencia, más ajustado a corrientes innovadoras y contraculturales.

Entre tinieblas (1983), ¿Qué he hecho yo para merecer esto? (1984), Matador (1986) y La ley del deseo (1986) consolidaron el colorido horizonte estético del realizador, lleno de referencias a los subgéneros literarios y a los géneros cinematográficos de gran consumo. A esta altura de su carrera, Almodóvar insistía en recorrer escenarios provocativos, febriles, donde cierta tradición sexual y familiar era demolida, proporcionando una sola clave para esclarecer el desconcierto: el deseo carnal como elemento imaginario y como recurso con el cual potenciar esa realidad. El paso del tiempo fue mitigando ese afán provocativo, sustituido por una búsqueda de emociones más profundas y dramáticas, entre las cuales, indudablemente, destacan la muerte y el complejo de culpa.

Cada vez más estilizado y personal, el cine de Almodóvar no siempre contó con el favor de los críticos, si bien hoy ese desacuerdo parece anecdótico. La sencillez y limpieza de su expresión, compensada por una escenografía muy eficaz y rica en detalles, caracterizan el conjunto de su filmografía posterior, integrada por ¡Átame! (1989), Tacones lejanos (1991), Kika (1993), La flor de mi secreto (1995), Carne trémula (1997) y Todo sobre mi madre (1999). En líneas generales, son la comedia y el melodrama los instrumentos con que Pedro Almodóvar descifra los signos de la realidad. Una realidad desmedida y fragmentaria, sujeta a las cualidades más vehementes de la conciencia humana.

Fundador junto a su hermano Agustín de la productora El Deseo S.A., el director español ha consolidado un grupo estable de trabajo, lo cual ha favorecido su colaboración continuada con intérpretes como Cecilia Roth y Marisa Paredes. Por lo demás, la buena marcha de su empresa cinematográfica queda demostrada por un gran número de premios. Gracias a Mujeres al borde de un ataque de nervios fue candidato al Oscar. En 1990 le fue concedido en España el Premio Nacional de Cinematografía, y el 6 de marzo de 1999, el César de Honor, máximo galardón del cine francés. Al poco le fue entregada la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes. Por Todo sobre mi madre recibió el premio a la mejor dirección en el Festival de Cine de Cannes, siete premios Goya, entre ellos el de mejor película y mejor dirección, el Globo de Oro a la mejor película extranjera, el César de la Academia Francesa, el Oscar de Hollywood y el David di Donatello, que se otorga en Roma. El realizador cuenta asimismo con el Premio Diálogo de Cooperación Hispano-Francesa (ex aequo con M. Bouygues) y fue nombrado Oficial de la Orden de las Artes y las Letras del Ministerio de Cultura Francés, institución que más adelante festejó al español como Caballero de la Legión de Honor.

A ese reconocimiento internacional no ha sido ajeno el conjunto de los países iberoamericanos, así como la comunidad hispanohablante de Estados Unidos. Premiado y seguido por el público americano, Almodóvar ha reiterado su interés por la cultura popular suramericana y su pasión por manifestaciones tan diversas como el melodrama mexicano, la salsa y el bolero, cargadas todas ellas con notables riquezas. Nótese que, como ha indicado el propio director, este último género musical, el bolero, compone la banda sonora característica de su cine. Así, Luz Casal interpretaba Piensa en mí, de Agustín Lara; en Tacones lejanos, y Chavela Vargas cantaba Somos, de Mario Clavell; en Carne trémula, y también dejaba oír su hermoso desgarro en Kika. Por lo demás, otros músicos de la misma tradición, como Lucho Gatica y Los Panchos, han encontrado un espacio de privilegio en el cine de Almodóvar, quizá por solidaridad hacia unos sonidos que emocionan en las dos orillas.

Este apartado de vínculos con Iberoamérica se enriquece con una coproducción entre México y España. En abril de 2001 Agustín y Pedro Almodóvar presentaban El espinazo del diablo, una producción de El Deseo S.A., Tequila Gang y Anhelo Producciones, dirigida por Guillermo del Toro e interpretada por Federico Luppi, Marisa Paredes y Eduardo Noriega. A la presencia americana en el equipo, sumaremos, para concluir, un detalle musical en la banda sonora, en la cual se escucha a Carlos Gardel interpretar Una lágrima y Yo no sé qué me han hecho tus ojos.

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