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Si no fuera por las espontáneas adhesiones de un sector
del público hispanohablante, colaborador activo de las cinematografías minoritarias,
bien podría afirmarse que nuestro entorno cultural aún no ha descubierto las
potencialidades de un cine transnacional, respetuoso con las peculiaridades locales pero
atenido a su circunstancia demográfica y lingüística, equiparable a la que disfrutan
los realizadores anglosajones. En el caso mejor y más deseable, podemos pulsar la cuerda
del idioma que tantos millones de hablantes compartimos. En el más realista, quizá
debamos analizar el preocupante escenario económico en el cual deben desenvolverse
técnicos y artistas. Y con todo, siempre hemos de llegar a una conclusión esperanzadora:
frente a las graves crisis, la dispersión es uno de los objetivos por evitar.
He ahí el problema permanente de nuestros cines
nacionales. La dispersión, el mutuo desconocimiento, las fronteras que impiden una
confluencia estructural de las industrias locales o, cuando menos, un mecanismo de
distribución que permita amortizar una película fuera de su país, pero siempre dentro
de su entorno idiomático natural. Salvo excepciones, parece inevitable que una cinta
colombiana o peruana baje muy pronto del cartel cuando se exhibe en México, o que una
mexicana o argentina corra igual suerte en los cines de España. Y no es menos cierto que
a todo ello se suma tal fragilidad de medios que, en no pocos casos, hay filmes que ni
siquiera llegan a exhibirse en su país de origen, desplazados del calendario de estrenos
por los títulos estadounidenses, muy competitivos, proyectados con una vocación
universal y, a efectos prácticos, respaldados por una industria poderosa.
Para decirlo todo, los hechos son mucho más complejos. Y
aunque se van creando fórmulas de promoción, como los festivales y ciertos galardones
(véase el premio a la mejor película extranjera de habla hispana concedido por la
Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España), no hay más remedio
que admitir obstáculos incluso en el orden idiomático. Por ejemplo, queda abierto el
camino para un estudio de la recepción de las películas españolas en Iberoamérica,
donde la pronunciación y cadencias de nuestro castellano pueden resultar ásperas para el
público medio. Y en sentido inverso, ese mismo análisis debiera explorar el grado de
comprensión de los espectadores ibéricos ante un filme de la otra orilla. Para
atestiguarlo, leemos el siguiente párrafo de Ernesto J. Pastor Martín: «Cuando La
perdición de los hombres, de Arturo
Ripstein, fue proyectada en San Sebastián en el 2000, la sensación que se tuvo entre
el público asistente fue de desconcierto. La utilización de un mexicano arcaico en
desuso, en parte heredado de la abuela de la guionista Paz Alicia, levantaba un muro entre
la película y el espectador, y nuevamente los subtítulos en inglés facilitaban su
comprensión. Cuando se estrenó en las salas comerciales lo hizo con subtítulos del
español mexicano al español de España; para su guionista, fue ésta una decisión
difícil y dolorosa, pero no estaba dispuesta a caer en el doblaje, lo que desvirtuaría
en gran medida el sentido profundamente mexicano de la película». («Babelismo en el
cine panhispánico», Academia. Boletín del Cine Español, n.º 73, noviembre de
2001, p. 7).
Ante tal cúmulo de dificultades, habrá quien opine que es
una tarea imposible mover el ánimo de los espectadores con la eficacia que demuestra el
cine norteamericano. Quizá deba responderse a ello con datos históricos, rememorando el
apogeo y continuidad de esas relaciones a las cuales va dedicada esta exposición. Al fin
y al cabo, si en tiempos de bonanza industrial hubo una alianza muy aleccionadora entre
cinematografías como la española, la mexicana y la argentina, nada impide que esa
cooperación se acentúe ahora, cuando hemos de calcular mucho más humildemente la
producción anual de largometrajes. En esta línea de actualidad, el espectador también
puede reflexionar, si gusta de hacerlo, en torno a las recientes colaboraciones del cine
español con cinematografías como la cubana, la peruana y la colombiana, por citar tres
muy señaladas en el entorno iberoamericano.
Y si bien existen particularidades idiomáticas que imponen
barreras como las mencionadas más arriba piense el lector en el filme La
vendedora de rosas (1999), del colombiano Víctor Gaviria, cabe disfrutarlas
como un revulsivo cultural, capaz de advertirnos de una realidad hispanohablante compleja,
variada y a la vez próxima, expresada en unos argumentos tejidos en torno a identidades
que, aun en la corriente foránea, debieran sernos familiares.
Después de todo, la internacionalización del negocio
cinematográfico es un hecho muy de nuestro tiempo. A poco que se analice la ficha
técnica y artística de una película española o hispanoamericana, salta a la vista que
quienes hoy la patrocinan y elaboran suelen ser de diversa procedencia geográfica, si
bien todos ellos quedan ligados por un mismo idioma. Acotando el fenómeno, en esta
exposición pretendemos analizar ese trasiego financiero y profesional que atañe al cine
hablado en español, tanto desde una perspectiva histórica, más general, como desde la
particularidad vital de quienes lo han hecho posible.
Como es natural, no se pretende aturdir al visitante con
enigmas académicos, ni reunir un enorme cúmulo de noticias y documentos, más propios de
una filmoteca. Todo el peso de la exposición gravitará, por un lado, en la aventura
profesional y artística de los iberoamericanos que llegaron y aún llegan al cine
español, y por otro, en la peripecia de quienes partieron de España para vincularse a
las cinematografías de América Latina. Como un ejemplo feliz de dicho intercambio,
quedarán resaltadas las numerosas coproducciones llevadas a término con capital
transoceánico.
Guiarse por ese territorio compartido significa también
construir una serie de nociones relacionadas con la movediza identidad: ¿Existe un cine hispanoamericano?
¿Cuál es el carácter de las cinematografías nacionales? ¿Será posible la
conciliación cultural del mercado fílmico de Iberoamérica, de España y de la comunidad
hispana de Estados Unidos?
En defecto de estas comprobaciones, queda por estampar al
frente de estas líneas el itinerario al que concederemos atención. Así, desde las
convicciones que venimos destacando, se abre paso la historia de una
relación cinematográfica, saturada de preocupaciones, peripecias e inquitudes. Como
es natural, esta voluntad de resumir acontecimientos no es propósito exclusivo de la
muestra. También hemos de atender las posibles fórmulas de
cooperación que nos invitarán a determinar los parámetros institucionales y
financieros del problema. Merodeando en torno a este diálogo entre las dos orillas, han
de figurar asimismo los estereotipos que resumen nuestra
imagen del Otro, y por supuesto, los testimonios que
particularizan con su botín de anécdotas cada costado de ese coloquio puesto en
imágenes.
Pero, además, todo este trasiego tiene otra cara
importante, pues llegaremos a conocer el perfil humano de los profesionales más
destacados, reunidos en una galería de personajes. Para
finalizar, ilustrando el trayecto, hemos reunido una filmoteca donde se albergan
piezas de calidad junto a otras de escasa ambición, pero igualmente significativas para
ampliar la base de este fenómeno estético y social que es el cine hablado en español.
En defensa del diálogo cinematográfico y de sus
posibilidades, las presentes páginas se dirigen principalmente a la difusión e impulso
de ese celuloide hispano que se sitúa más allá de sus fronteras, capaz de mantener las
particularidades locales y también de acercarse al público que mejor lo puede
comprender. Un público que comparte raíces culturales y que, desde su varia identidad,
enriquece el mismo idioma. |
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