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Cinematografías de la semejanza

Historía de una relación  cinematográfica



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La posibilidad de un diálogo entre cinematografías parece improbable si no se incorporan a los proyectos intérpretes de diverso origen geográfico. Y así, en aquello que definiremos como un marco de mutuas influencias, los últimos largometrajes que han llegado a las pantallas españolas ya dan muestras de esta premisa, pues su equipo artístico suele verse enriquecido con la presencia de excelentes actores iberoamericanos. De igual modo, varias cinematografías de Hispanoamérica han resultado favorecidas con el trabajo de intérpretes como Ángela Molina, Antonio Banderas, Eusebio Poncela, Marisa Paredes, José Sacristán e Imanol Arias.

Pero no se trata de un fenómeno reciente. La continuidad de ese intercambio artístico y profesional se remonta a comienzos del siglo XX, cuando las incipientes industrias cinematográficas de España e Iberoamérica compartieron el talento de aquellos cómicos que cruzaban el Atlántico, formando parte de compañías teatrales en gira internacional.

En los años cincuenta y sesenta, el creciente número de coproducciones dio un nuevo impulso a este proceso. Ciertamente, uno de los países al que más viajaron los españoles fue México. Allí rodaron películas Jorge Mistral, Francisco Rabal, Fernando Rey, Amparo Rivelles, Lola Flores, Sara Montiel y Joselito. El actor español Eduardo Fajardo actuó a las órdenes de José Díaz Morales, Emilio Fernández, Rogelio González, Ismael Rodríguez y René Cardona. También formaron parte de proyectos mexicanos Sonia Furio, Carlos Agosti, Luz Márquez, Alicia Palacios, Enrique Rambal jr., Lupe Sino, José Suárez, Mikaela, Paquita Rico, Carmen Flores, Lucía Prado, Carmen Amaya, Armando Calvo y Pedro López Lagar, quien asimismo prolongó su extensa carrera en Argentina. Incluso un vocalista de éxito, Rafael Martos, Raphael, viajó hasta Acapulco para filmar El golfo (1968), de Vicente Escrivá.

Por la misma época, no es casualidad que Argentina, el otro gran eje de las coproducciones, recibiese en sus estudios de rodaje a conocidos intérpretes del cine español como Adolfo Marsillach, Ana Mariscal, Carmen Sevilla, Julio Peña, Tomás Blanco, Mario Cabré, Fernando Fernán-Gómez, Nati Mistral, Marujita Díaz, Pablito Calvo, Susana Canales, Pedrito Rico, Enrique Diosdado, Paloma Valdés y Nuria Torray. No faltaron actores españoles en otros rincones de América. Tal es el caso de Inés Alma y Ricardo Palmerola, partícipes de más de una filmación en Puerto Rico.

Si bien planteamos aquí esta relación en un plano bidireccional entre España y América, no está de más aclarar que la mudanza de profesionales fue mucho más compleja y fértil. En este desbordamiento, sobresale la carrera de no pocos hispanos en Hollywood, desde Dolores del Río y César Romero hasta José Ferrer y Antonio Moreno. Ciñéndonos al espacio hispanohablante, vamos a mencionar algunos casos de los muchos que se han ido verificando en el periodo que mencionamos. Por ejemplo, el realizador argentino Carlos Hugo Christensen y dos actores compatriotas suyos, Juan Carlos Thorry y Olga Zubarry, trabajaron en Venezuela, donde también participó en algún rodaje el mexicano Arturo de Córdova. La gran estrella argentina Libertad Lamarque completó una extraordinaria carrera en México. Y otro famoso actor argentino Luis Sandrini, alcanzó el éxito en México y Chile. Obviamente, seguir por este camino suscitaría demasiados desvíos y convergencias, de modo que tan sólo trazaremos el itinerario que se tiende entre España y las Américas.

Para evaluar este ejercicio viajero de actores y cineastas, conviene centrar el marco histórico de los filmes en que participaron. Atendiendo a los antecedentes del proceso, Alberto Elena aclara que «Galleguita (Julio Irigoyen, 1924) parece haber sido la primera película latinoamericana estrenada comercialmente en España. Nada sabemos acerca de cómo fue recibido aquel filme argentino, pero sí que disponemos de alguna información sobre los intercambios cinematográficos institucionales entre España y México durante la década de los veinte, unidos ambos países en una alianza para promover una imagen favorable de los hispanos frente a los negativos estereotipos habituales en las producciones norteamericanas» («Avatares del cine latinoamericano en España», Archivos de la Filmoteca, n.º 31, febrero de 1999, p. 229).

El siguiente hito en esta travesía fue la llegada del sonoro, que impulsó en Hollywood el rodaje de filmes hablados en español, con la participación de intérpretes españoles e hispanoamericanos. A partir de la década de los cincuenta, la colaboración financiera y profesional entre las cinematografías hispanohablantes posibilitó nuevas muestras de entretenimiento popular. El rico arsenal de coproducciones revela la incorporación de cineastas iberoamericanos a los equipos de rodaje españoles. Cómo se fue formando esa confluencia nos es hoy fácil señalarlo. Desde México llegó Fernando Cortés para rodar Échame la culpa (1958), Emilio Gómez Muriel se hizo cargo de Dos años de vacaciones (1962), Juan Orol filmó Secretaria peligrosa (1955) y Julián Soler, Playa prohibida (1955). Al grupo sumaremos al chileno Enrique Carreras, cuya trayectoria se desenvolvió en idéntico clima.

Entre los cineastas procedentes de Argentina, la disposición fue muy similar, como dejaron de manifiesto Ernesto Arancibia, Enrique Cahen-Salaberry, Tulio Demicheli, León Klimovsky, Luis Saslavsky y Juan Carlos Thorry. Queda por discutir la relevancia y virtudes de cada uno de ellos. En todo caso, para situar al lector en lo que concierne a los méritos de este grupo, vamos a mencionar la obra de uno de ellos, Luis César Amadori, conocido en Argentina por títulos como El canillita y la dama (1938), Madreselva (1938) y Caminito de gloria (1939). Casado con la actriz Zully Moreno, Amadori se exilió junto a ella tras el derrocamiento de Perón, y aquí la dirigió en filmes como Una gran señora (1959), donde Zully compartía reparto con Alberto Closas. Precisamente, fue este actor el protagonista de uno de los mayores éxitos de Amadori en España, Una muchachita de Valladolid (1958). Ese mismo año, el cineasta argentino lanzaba títulos tan queridos por los espectadores como La violetera (1958) y ¿Dónde vas Alfonso XII? (1958).

Ampliar este censo argentino a los intérpretes supone mencionar a muchos actores que viajaron a España durante un tiempo variable, a veces para quedarse en el país durante el resto de su vida. Protagonizan este apartado Yvonne Bastién, Tota Alba, Mabel Karr, Manuel Díaz González, Analía Gadé, Cándida Losada, Carlos Estrada y Alberto de Mendoza. También hemos de incluir al bailarín y coreógrafo Alfredo Alaria, y a otros intérpretes como Alberto Dalbes, Amelia Bence, Andrés Mejuto, Luis Dávila, Alberto Berco, Héctor Bianciotti, Susana Campos, Libertad Lamarque, Diana Maggi, Ana Casares, Marta Mandel, Carlos Cores, Linda Cristal, Perla Cristal, Olga Zubarry, Victoria Zinni, Enzo Viena, Thilda Thamar, Ethel Rojo, Alejandro Rey y Milo Quesada.

En más de un caso, los cometidos que llevaron a término en el cine español no se correspondían con su talento. Tal es el caso del franco-argentino Jorge Rigaud, ubicado desde 1957 en España. La sorprendente filmografía internacional de este actor incluye títulos como Fantomas (Fantômas, 1931), de Paul Fejos; Une histoire d’amour (1933) y Divina (Divine, 1935), ambas de Max Ophuls; Lobos del Norte (Spawn of the North, 1938), de Henry Hathaway; y Eclipse de sol (1943), de Luis Saslavsky. Desatendiendo ese prestigio, el público español sigue recordándolo por un papel de escaso relieve dramático: el de San Valentín en la comedia romántica El día de los enamorados (1959), de Fernando Palacios.

El cine español de esa etapa también tuvo a su disposición a intérpretes uruguayos, como Margot Cottens y Carlos Mendy. Entre los brasileños, destacaron Anselmo Duarte, Marisa Prado y Alberto Ruschel. La limeña Marcela Yurfa participó en películas como El expreso de Andalucía (1956) y Molokai (1959). Desde Venezuela, se incorporó a la cinematografía hispánica el galán Espartaco Santoni. Nacido en Valparaíso, Roberto Rey era hijo de españoles, llegó a España en 1921 y participó en películas tan conocidas como La verbena de la Paloma (1935), de Benito Perojo. Otro chilenos que siguieron el mismo camino fueron Mercedes Carreras, Kanda Jaque y Alberto Rodríguez. Y la lista sigue: la ecuatoriana Elisa Lotti intervino en De espaldas a la puerta (1959). En San Juan de Puerto Rico nació el actor español Armando Calvo; y en La Habana vinieron al mundo otros intérpretes nacionales, como José María Lado, Adrián Ortega y Pastor Serrador. Por otro lado, esta vía cubana no sólo fue recorrida por actores como los mencionados, pertenecientes a familias españolas. También sirvió a los intereses de cubanos de pura cepa, como Rosa Carmina, María Esquivel, Carmen Iñarra, Santiago Ríos, Ninón Sevilla, Esther Zulema, Ana Bertha Lepe y René Muñoz, el popular protagonista de Fray Escoba (1961).

¿Qué ocurrió, en cambio, con los profesionales mexicanos? Sabemos que muchos transterrados españoles se instalaron en ese país, pero no es menos cierto que numerosos actores y cineastas recorrieron el trayecto contrario para rodar en tierra española toda una serie de coproducciones. Como ejemplos destacados, cabe mencionar a Jorge Negrete, Miguel Aceves Mejía, Pedro Armendáriz, María Félix, Silvia Pinal y Fernando Soler. Pero la lista continúa con otros actores: Luis Aguilar, Beatriz Aguirre, Carlos López Moctezuma, Amanda del Llano, Ana Luisa Peluffo, Sara García, Tito Junco, Rosita Arena, Marga López, Miguel Ángel Ferriz, Mary López, Roberto Font, Pina Pellicer, Carlos Baena, Columba Domínguez, Rosita Quintana, Yolanda Varela, Teresa Velázquez, José Venegas y Fernando Soto. En algún caso, el doblaje enmascaró el origen mexicano de tan excelentes intérpretes. Tales son los casos de Cesáreo Quezadas en Ha llegado un ángel (1960) y de Arturo de Córdova en La herida luminosa (1956) y en El amor de los amores (1960).

Aunque no había alcanzado ese apogeo que hoy tanto celebramos, la comunidad hispana hollywoodense también realizó aportaciones al cine español de la época. Fue así como se incorporaron a proyectos españoles Thomas Gómez, Fernando Lamas y César Romero. Un conocido galán de origen hispano-mexicano, Ricardo Montalbán, llegó desde Estados Unidos para filmar Los amantes del desierto (1957), un largometraje de aventuras firmado por León Klimovsky, Godofredo Alessandrini, Miguel Tudela, Ferruccio Cerio y Gianni Vernuccio. Y no faltaron otros como él para consolidar una industria que ambicionaba la expansión internacional. Años después, esta historia de intercambios retomaría la secuencia norteamericana con Anthony Quinn, instalado en España e Italia para filmar películas y llevar a cabo su personal obra artística.

A partir de los años setenta, el cine español inició un progresivo decaimiento industrial. No obstante, aún seguía recibiendo a intérpretes del otro lado del Atlántico. Dos bellas bonaerenses, Rosanna Yanni y Mirta Miller, pasearon su presencia en comedias y otros productos de explotación popular. También llegó a a España la mexicana Rosenda Monteros, actriz de fuste en filmes como Nazarín (1958), de Luis Buñuel; Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960), de John Sturges; y Ninette y un señor de Murcia (1965), de Fernando Fernán-Gómez.

En 1963 regresó a España Sancho Gracia, nacido en Madrid en 1936, pero exiliado con su familia en Uruguay. Curiosamente, aunque Gracia estudió interpretación en el Conservatorio de Margarita Xirgu, su popularidad se debe a una conocida teleserie, Curro Jiménez (1975). Por las mismas fechas en que llegaba a la pequeña pantalla esta excelente producción de aventuras, desembarcaba en España el santafesino Raúl Fraire, uno de los muchos argentinos que escaparon de la dictadura y enriquecieron con su talento e inspiración la cinematografía española de la época. Y es que, sin lugar a dudas, Luis Politti, Héctor Alterio y otros artistas argentinos fueron una presencia admirable y característica en el cine realizado durante la transición democrática española. Por ejemplo, Marilina Ross protagonizó Al servicio de la mujer española (1979), de Jaime de Armiñán, director asimismo de El nido (1979), donde compartían cabecera de reparto Alterio y Politti. José Soriano colaboró en producciones televisivas y en largometrajes como Espérame en el cielo (1987), de Antonio Mercero. Y la joven Cecilia Roth muy pronto se convirtió en icono de la modernidad, gracias a sus papeles en películas de cineastas como Pedro Almodóvar. Otro tanto cabe observar acerca de otros profesionales llegados del Cono Sur, como el actor uruguayo Walter Vidarte y el cineasta chileno, Miguel Littín, que rodó Sandino (1991) con patrocinio español.

En 1983 Raúl Alfonsín asumió la presidencia argentina, y se votó en el Congreso la ley 23 052, con la cual se derogaba la ley 18.019, vigente desde 1968. Con ello quedaba abolida la censura cinematográfica, recuperándose el espacio democrático en la industria del cine local. Regresaron actores exiliados y también se animó la colaboración con España, que en algún caso fue particularmente simbólica. Así, el primer largometraje estrenado tras la dictadura fue Camila (1984), de María Luisa Bemberg, donde se relataba la vida de Camila O´Gorman, protagonista de un tormentoso romance con un sacerdote católico durante el mandato de Juan Manuel de Rosas. El papel del clérigo lo interpretaba Imanol Arias, y quien se encargaba de la dirección fotográfica del filme era un prestigioso operador español, Fernando Arribas.

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