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Cinematografías de la semejanza

Historía de una relación  cinematográfica



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Hablaremos ahora de dos circunstancias muy distintas en su origen y naturaleza, pero que coincidieron parcialmente en su desenlace: el extrañamiento de la patria y el acomodo en un nuevo país. Esas dos circunstancias son el exilio posterior a la guerra civil española y la emigración de los actores que participaron en las giras teatrales por Iberoamérica. No hay duda de que quienes padecieron las severidades del destierro acabaron encontrándose —y quizá reencontrándose— con quienes ya hacían esfuerzos por mostrar su arte al otro lado del Atlántico. De ahí que, sin desdeñar el sufrimiento de los primeros, hayamos optado por reunirlos en una misma familia de cómicos y cineastas, solidaria, generosa en todos los aspectos de la vida, pero muy plural en sus tendencias e inquietudes.

La magnitud del desastre que supuso el exilio para la escena española halla su contrafigura en el magnífico trabajo de muchos de esos transterrados, tanto en Estados Unidos como en la América hispana. Con total certeza, el personaje que representa cabalmente ese drama es Luis Buñuel, protagonista de varias páginas de esta exposición. No en vano, a juicio del director cubano Jesús Díaz, «un punto de referencia obligado para hablar de cine hecho en español y de cine universal es Luis Buñuel». Esto, por lo que se refiere a su obra. Pero aún queda hablar de su influjo, e incluso de su herencia. En esta línea, una de las gratitudes que los iberoamericanos pueden tener al aragonés queda reflejada por Díaz en los siguientes términos: «En América Latina se ha generado una teoría, a mi juicio falsa, que establece que el nuevo cine latinoamericano empieza en 1958, coincidiendo con tres películas: Tiredié, de Fernando Birri; una película llamada Río cuarenta grados, de Nelson Pereira dos Santos; y El mégano, de Julio García Espinosa. Pienso que esa teoría olvida demasiadas cosas, sobre todo en lo referente a la obra de Buñuel, cuyo cuerpo central de trabajo se desarrolla en México en condiciones de producción que todos podríamos considerar insoportables, y es una obra mexicana, española, perteneciente a nuestro patrimonio común» («Historias de ida y vuelta», Academia. Revista del Cine Español, n.º 10, abril 1995, p. 75).

Quien desee conocer la faceta humana del autor de Los olvidados (1950) encontrará un valioso conjunto de testimonios en el documental A propósito de Buñuel (1998), de José Luis López-Linares y Javier Rioyo, donde se advierten las dimensiones que para este y otros creadores españoles tuvo la política de asilo de Lázaro Cárdenas. A todo esto, y teniendo en cuenta la aportación de los refugiados a la cultura local, no está de más reparar en lo que hubiera sido de la cinematografía mexicana sin su presencia. En su artículo «El exilio cinematográfico español en México (1936-1961)», Eduardo de la Vega Alfaro se presta a la conjetura y viene a «plantearse una interrogante que viene a ser, al mismo tiempo, un ejercicio de imaginación y especulación históricas: ¿qué hubiera ocurrido con los cines español y mexicano de no haber mediado el conflicto que enfrentó al pueblo español consigo mismo? Sabemos que la respuesta tendría que tomar en cuenta muchísimas posibilidades y no pocos hechos azarosos; por mi parte, me atrevo a suponer que en ausencia de buena parte de los emigrados españoles, la cinematografía mexicana (y la cultura mexicana en general) se hubiera empobrecido mucho». (La herida de las sombras. El cine español en los años 40, coor. Luis Fernández Colorado y Pilar Couto, Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, 2001, p. 27).

Obviamente, los transterrados no formaban un conjunto homogéneo: al exilio político, ya plural de por sí, hay que sumar la colonia hispana que se había integrado en México antes de la contienda, y en la que, curiosamente, no faltaban notables personajes de la cultura audiovisual. En tiempos del cine mudo habían viajado a este país latinoamericano pioneros como Francisco Elías, responsable de elaborar los rótulos de las películas mudas estadounidenses que se distribuían en Iberoamérica. No mucho después llegó el galán Antonio Moreno, quien dirigió Santa (1931) y Águilas frente al sol (1932), filmes inaugurales del sonoro mexicano. A la lista de viajeros españoles debemos añadir a otro actor, Manuel Noriega, y también a los cineastas e intérpretes Juan Orol y Ramón Pereda.

La segunda mitad de la década de los treinta es el periodo en que se recibe a la diáspora republicana, la cual coincide en México con otros artistas emigrados que más adelante retornarán a España, pero que escapan de los males económicos y morales de la postguerra española participando en la escena mexicana. Ese variado directorio de profesionales incluye a los directores Antonio Momplet, Luis Buñuel y Miguel Morayta; a los escritores y libretistas Max Aub, Manuel Altolaguirre y Paulino Massip; al actor y guionista Luis Alcoriza y al documentalista Carlos Velo. Asimismo, forman parte de ese elenco artistas como Rosita Díaz Gimeno, Amparo Villegas, Ana María Custodio, Ángel Garasa, Francisco Reiguera, Carlos Martínez Baena, Julio Villarreal, Antonio Bravo, Eduardo McGregor y Florencio Castelló. Algunos de estos cómicos cruzarán de nuevo el océano, vinculándose al cine de ambas orillas. Son los casos de Gustavo y Rubén Rojo, hermanos de la actriz Pituka de Foronda. Otros, como Jorge Mistral y Sara Montiel, llegarán desde España buscando nuevos horizontes para sus respectivas carreras.

Como no podía ser de otro modo, el cine mexicano muy pronto aportará una filmografía de influjo hispánico, a veces inspirada en textos literarios españoles. Así lo acreditan filmes como La barraca (1944), de Roberto Gavaldón; Pepita Jiménez (1945), de Emilio Fernández; y La casa de la Troya (1947), de Carlos Orellana. Por otro lado, aunque no existían relaciones diplomáticas entre México y España, ello no impidió una fructífera línea de coproducciones, en las cuales no escaseó la presencia de transterrados.

Seguir este hilo significa llegar hasta los exiliados más jóvenes y también hasta sus descendientes, pues todos ellos continuaron abriendo caminos en el cine mexicano. Lo confirma la revista Nuevo Cine, órgano de expresión del grupo del mismo nombre, que a comienzos de los sesenta propició una reforma estética del cine local. Formado por exiliados españoles, dicho grupo aglutinó a personajes como José de la Colina, José Miguel García Ascot y Emilio García Riera, quien ha pasado a la posteridad por sus admirables aportes a la historiografía del cine mexicano. Con todo, para un conocimiento inicial de este crítico y ensayista, nacido en Ibiza en 1931, recomendamos la lectura de una extensa entrevista transcrita por Eduardo de la Vega Alfaro («Una historia documental del cine mexicano. Entrevista con Emilio García Riera», Secuencias. Revista de Historia del Cine, n.º 5, octubre de 1996, pp. 83-93).

En modo alguno pretendemos poner fin a una lista de figuras que sería demasiado extensa, y a buen seguro incompleta, pues el destierro alcanzó a muchos artistas y técnicos que rehicieron sus vidas en tierras hermanas. En todo caso, una penúltima adenda debiera incorporar al director de fotografía Ángel Bilbatúa, exiliado en México; a la actriz Lola Gaos, y al guionista Alejandro de Castro Cardús, cuya vida errante lo llevó a Portugal, Filipinas e Hispanoamérica. Por lo demás, en otros párrafos volveremos a espigar estos y otros ejemplos de la emigración y el exilio.

Pero abordemos ahora otro rasgo de identidad que nos une. Salta a la vista que México, país adonde se trasladaron los actores Ángel de Andrés y Luz Márquez, el director Enrique del Campo y el director de fotografía Francisco Marín, no sólo fue un país de acogida o una estación profesional. También fue el lugar de nacimiento de aquellos artistas españoles cuyas familias completaban giras teatrales por las Repúblicas. Claro que eso no atañe sólo a México. Idéntica posibilidad brindan otros países del continente, en cuyos estamentos oficiales figuran partidas de nacimiento y demás protocolos firmados por las más ilustres familias de cómicos. Véase una parte de ese registro: Imperio Argentina fue concebida en el país que le dio nombre artístico. La actriz Ana María Campoy nació en Bogotá en 1925 y perteneció a las compañías de Ricardo Calvo y Ernesto Vilches. Fernando Fernán-Gómez vino al mundo en Lima y obtuvo luego la nacionalidad argentina. Armando Calvo lo hizo en San Juan de Puerto Rico, durante una gira familiar, y debutó a la edad de siete años en la compañía de Margarita Xirgu. Antonio Vico nació en Santiago de Chile cuando sus padres actuaban allí, y debutó en el cine español con El doctor Rojo (1917), de Ramón Caralt y Fructuoso Gelabert. Florencia Bécquer, que había nacido en Resistencia, Argentina, llegó a España en 1919, alternando posteriormente su carrera cinematográfica entre México y la Península. José Bódalo también nació en Argentina, durante una gira de sus padres, don José Bódalo y Eugenia Zuffoli, con quien debutó años después otra actriz, Susana Canales. La gran dama de la escena, Irene Caba Alba, fue engendrada en Buenos Aires, en 1905, enlazando con ello un linaje eminente, pues era hija de Pascual Caba e Irene Alba, sobrina de Leocadia Alba, hermana de Julia Caba Alba y madre de Emilio, Irene y Julia Gutiérrez Caba.

Al índice se añade Carlos Casaravilla, nacido en Montevideo en 1900, actor de prestigio en Argentina, y desde 1932, habitual en el cine y la escena españoles. Muy queridos por el público de ambas orillas, los payasos Gaby, Fofó y Miliki trabajaron en Estados Unidos con Buster Keaton, y fueron pioneros de la televisión en Puerto Rico, Cuba y Argentina, donde también hicieron cine. Su dinastía, la de los Aragón, cuenta con varios integrantes nacidos en América, como el actor y presentador Emilio Aragón.

La tradición de las giras teatrales por Iberoamérica, habitual durante la primera mitad del siglo XX, llevó por esas tierras a artistas tan diversos como Mariano Asquerino, Tomás Blanco, Juan Calvo, Mary Carrillo, Estrellita Castro, Juan Espantaleón, Carmen de Lirio y Mari Carmen Prendes. En cualquier caso, no se trató de una relación unívoca, pues también hubo artistas que cumplieron el trayecto inverso. Carlota Bilbao, hija del compositor mexicano Germán Bilbao y de la tiple de zarzuela Emilia Caballé, llegó a los seis años a Madrid e hizo carrera en la escena y el cinematógrafo. Otro artista de ascendencia mexicana, Enrique Rambal, se dio a conocer en España por sus montajes grandilocuentes, muy vivos y espectaculares. ¿Será necesario añadir que el enriquecimiento fue mutuo?

Algo de ello se advierte en Argentina, generosa tierra de acogida para transterrados como Andrés Mejuto, Alberto Closas, Miguel de Molina, Angelillo y el director de fotografía José María Beltrán. Fue allí donde, con las credenciales que le proporcionaba su genio, Margarita Xirgu formó una compañía en la cual se formaron intérpretes que hicieron carrera en ambos márgenes del Atlántico. Tal es el caso de Amelia de la Torre, que se quedó un tiempo en Argentina antes de volver a actuar en España.

Estas figuras de la escena son muy afines a otras que también actuaron en los tablados de Buenos Aires, como Ricardo Núñez, Félix Fernández y Maruchi Fresno. Caso aparte es el de Narciso Ibáñez Menta y su esposa Pepita Serrador, pues su linaje de artistas se extiende a otras fronteras. Así, su hijo Chicho Ibáñez Serrador nació en Uruguay, y el hermano de Pepita, Pastor Serrador vino al mundo en Camagüey, donde actuaba su madre, Teresa Serrador. Aún más folletinesco es el caso de Gustavo Rojo, nacido a bordo de un buque con bandera uruguaya, hijo de la escritora canaria Mercedes Pinto y hermano de Pituka de Foronda y de Rubén Rojo, bien conocidos por los espectadores de España, México y Cuba.

La cita de la isla caribeña nos permite suministrar nuevos informes. Por ejemplo, acerca de Raquel Rodrigo, una actriz que nace en La Habana y llega a España con seis años, donde crece como intérprete y llega a protagonizar Carceleras (1932), de José Buchs, y La verbena de la Paloma (1935), de Benito Perojo.

También se le debe conceder aquí alguna atención al director español Roberto Fandiño, nacido en Matanzas en 1929, pues fue uno de los fundadores del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC). Parecidas experiencias biográficas son la de Ramón Barco, otro director español nacido en Cuba, y la del escritor y guionista Alberto Insúa, que nace en La Habana, de donde también es natural el actor José María Lado. Otro español de origen habanero, Manuel Pereiro, era hijo de españoles, aprendió interpretación en la Academia Municipal de Arte Dramático de La Habana, y acabó instalándose en España en 1969. Y para terminar este párrafo cubano, una figura ilustre: el barcelonés Néstor Almendros, exiliado inicialmente en Cuba y considerado uno de los mejores directores de fotografía del panorama mundial.

Para eludir suspicacias ante esta nota, conviene resaltar que emigrantes y transterrados también fueron recibidos con afecto y generosidad en otras tierras. Así, un actor que continúa activo, Xabier Elorriaga, nació en Maracaibo, Venezuela, donde se habían exiliado sus progenitores. Tras educarse en Chile, Elorriaga debutó en el cine español con La ciudad quemada (1975), de Antoni Ribas, y luego participó en algún filme de ambientación americana, como Havanera 1820 (1993), de Antoni Verdaguer. En 2001 inició el rodaje de un teledrama, El secreto de Laura, coprotagonizado por la cubana Mirtha Ibarra.

Apurando esta memoria, recordemos cuanto señalaba el colombiano Sergio Cabrera a propósito de su filme La estrategia del caracol (1993): «Elegí a mi padre para interpretar la película precisamente por que el filme es un homenaje a él [Fausto García, un español exiliado en Colombia], a su manera de ver la vida, y porque en parte refleja la actitud de uno de los personajes, don Jacinto, que él mismo interpreta». Sirva ese detalle para ensalzar a todos aquellos profesionales que, por motivos políticos o económicos, se vieron forzados a emigrar para sostener nuevas esperanzas y un nuevo interés escénico.

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