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En el plazo de apenas diez años, todo el entorno
hispanohablante parece tomar partido teórico por las fórmulas de coproducción como
estrategia para apuntalar un mercado de ida y vuelta, pero sometido a los rigores de la
crisis económica. Ciertamente, se puede hablar del éxito internacional de intérpretes
como Javier Bardem y Antonio Banderas, pero ello conduciría a un
diagnóstico engañoso del cine de expresión española. Y es que, si bien la política audiovisual de nuestros países
propicia los consorcios de intercambio, la cruda realidad es que la industria
cinematográfica iberoaméricana tiene problemas de fondo muy graves. Por otro lado, la
cinematografía española no parece hallar un criterio fructífero para explorar ese
mercado, no siempre beneficioso en el terreno económico. Es muy posible que el espectador
medio no acepte los cambios de acento. De hecho, en no pocas ocasiones nuestro castellano
resulta poco melodioso para los oídos americanos, y no siempre el espectador español
recibe complacientemente las hablas de América. Además, no escasean en nuestras
cinematografías los filmes localistas, difíciles de entender más allá de cada
frontera.
Cabe agregar que, si bien hay filmes como Jamón jamón (1992), de Bigas Luna, que obtienen
una generosa acogida en la otra orilla, la fluidez de ese intercambio aún no es lo
suficientemente lucrativa como para fomentar el optimismo. Coincidimos con Alberto Elena
cuando destaca que «el hecho de que más del 60% de las coproducciones auspiciadas por
Televisión Española en torno a los fastos del Quinto Centenario ni siquiera se estrenara
ni aun habiendo ganado la Concha de Oro en San Sebastián, como fue el caso de La
nación clandestina (Jorge Sanjinés, 1989) habla a las claras del creciente
desinterés que sólo films como Un lugar en el mundo, Como agua para
chocolate o Fresa y chocolate iban
a lograr contrarrestar a comienzos de los noventa. Pero hasta qué punto esta renovada
presencia de films latinoamericanos en las pantallas españolas o el rebrote de una nueva
fiebre de coproducción con distintos países de América Latina vaya o no a dejar
finalmente su poso es algo muy prematuro de determinar. Mientras tales procesos se
desarrollan convenientemente, recuperar un pasado compartido puede ser una fecunda manera
de adquirir conciencia de los errores cometidos en el camino de esta ansiada hermandad
cinematográfica» («Avatares del cine latinoamericano en España», Archivos de la
Filmoteca, n.º 31, febrero de 1999, p. 229).
Ante una coyuntura tal, reaparece inmediato el debate en
torno a la filosofía de la industria. Hay quien defiende una política de protección,
cuidadosa con el perfil cultural de cada cinematografía, pero alejada de las leyes del
mercado.Y también surgen voces que solicitan un cambio de rumbo más ambicioso, de modo
que se produzcan títulos capaces de atraer al gran público, en la línea de lo
conseguido en Argentina por títulos como Nueve reinas (2000), de Fabián
Bielinsky, y El hijo de la novia (2001), de Juan José Campanella. De momento,
ambas tendencias buscan un difícil equilibrio. Así lo describe Adolfo Aristarain, director de Un lugar en el
mundo: «La situación del cine argentino, latinoamericano, español, y yo diría que
del resto de las cinematografías a excepción de la norteamericana, tiene muchas
similitudes y comparte casi los mismos problemas. Estados Unidos tiene el dominio del
mercado mundial desde hace muchos años y su estructuración es muy difícil de romper.
Por eso los que hacen cine norteamericano se encuentran en la condición ideal; es decir,
pueden tener un proyecto, hacer un guión, contar con la posibilidad real de que un
productor apoye ese proyecto financieramente y rodar la película que desean con el coste
adecuado, ya que podrá acceder a un mercado ilimitado que le devolverá el dinero
invertido. (...) El resto de las cinematografías cuentan con el problema de no tener
mercados que les permitan recuperar el dinero, algo que en parte se solventa con los
subsidios que recibe el cine en los diferentes países donde existe este sistema. No
tenemos otra opción que convivir con la situación en la que estamos inmersos, a la vez
que intentar convencer a los gobiernos de turno de que el cine es industria, pero también
es cultura» («Para todos los públicos», Academia. Revista del Cine Español,
10, abril 1995, p. 44).
Vista así, la exposición de Aristarain puede inducir al
necesario apoyo institucional, y por supuesto a las estrategias de cooperación. Pongamos
un ejemplo. Con capital español y ecuatoriano se realizó Sueños en mitad del mundo (2000),
un lanzamiento del Grupo Alyaz y de Luz Pictures Productions que representó a Ecuador en
la preselección de los Oscar a la Mejor película de habla no inglesa. ¿Hubiera sido
posible esa promoción sin una alianza como la descrita? La primera impresión que un
analista recibe es que no quedan muchas otras posibilidades. Si en otro tiempo la
coincidencia de profesionales era constante gracias al apogeo de las coproducciones, los
datos empíricos corroboran que esa tendencia debe reafirmarse para favorecer la salida
internacional de los filmes y la posibilidad de abrir nuevos caminos a los profesionales.
Intentando no fatigar al lector, vamos a ofrecerle un
muestrario representativo de este mestizaje tan estimulante. Pensemos en el autor de la
coproducción hispanoperuana Pantaleón y las visitadoras (1999), Francisco J.
Lombardi, encargado de dirigir al peruano Giovanni Ciccia y al español Fele Martínez en
la película Tinta roja (2000), que es una adaptación de la novela homónima del
chileno Alberto Fuguet. Símbolo de la encrucijada que describimos, Tinta roja se
suma a una lista creciente de acuerdos con Perú. Un magnífico intérprete, Hernán
Romero, fundador de la Escuela de Teatro de la Universidad de Lima, intervino en la
coproducción No se lo digas a nadie (1998),
de Francisco Lombardi. Otro emimente actor peruano, Gianfranco Brero, también fue
dirigido por Lombardi en las coproducciones Caídos del cielo (1989), Pantaleón
y las visitadoras (1999) y Tinta roja (2000), y también actúa en El lugar
donde estuvo el paraíso (2001), de Gerardo
Herrero.
Si hemos de referirnos a la cooperación con Argentina,
cuyos antecedentes ya se glosaron en otros apartados, basta con repasar la cartelera de
los últimos años. Además de coproducciones como Nunca estuve en Viena (1990), de
Antonio Larreta, o Almejas y mejillones (2000), de Marcos Carnevale, hemos de
resaltar proyectos como En la ciudad sin límites (2001), de Antonio Hernández,
donde el reparto alterna figuras como Fernando Fernán-Gómez, Leonardo Sbaraglia y
Geraldine Chaplin. En la misma línea, los excelentes Federico Luppi y Gastón Pauls protagonizan El
lugar donde estuvo el paraíso (2001), del español Gerardo Herrero. Miguel Ángel
Solá y Juan Diego Botto encabezan el
reparto de Plenilunio (2000), de Imanol Uribe. Leo Sbaraglia aparece en Plata
quemada (2000), coproduccion hispano-argentina que dirige Marcelo Piñeyro, y también
rueda Impacto (2001), del español Juan Carlos Fresnadillo. Leticia Bredice viaja
hasta Madrid para filmar La mujer de mi vida (2001), de Antonio del Real; y Darío
Grandinetti hace lo propio para rodar Hable con ella (2002), de Pedro Almodóvar, mientras completa El lado
oscuro del corazón II (2001), de Eliseo Subiela, donde también colaboran la
argentina Nacha Guevara y los españoles Santiago Ramos y Ariadna Gil. Un trío soberbio,
Ricardo Darín, Héctor Alterio y
Norma Aleandro, protagoniza El hijo de la novia (2001), de Juan José Campanella,
producida con capital de ambos países. Y más recientemente, Sbaraglia, Aleandro y Cecilia Roth ruedan Deseo (2002),
del español Gerardo Vera, quien ya había realizado algún episodio de la teleserie Cuentos
de Borges (1991). Como bien se puede advertir, el vaivén no puede ser más provechoso
para los espectadores de acá y de allá.
Prosigamos ahora con Cuba, país del cual ha habido muchas
y gozosas noticias cinematográficas en los últimos tiempos. Quizá los dos actores más
celebrados en este contexto hayan sido Vladimir Cruz y Jorge Perugorría, protagonistas de la
coproducción hispano-cubana Lista de espera (2000), de Juan Carlos Tabío, quien,
por cierto, fue codirector con Tomás Gutiérrez Alea de Fresa y chocolate y Guantanamera,
los dos filmes que pusieron de moda la cinematografía cubana en España. Con la ayuda de
productores españoles, los dos actores mencionados han ampliado en buena medida su
carrera. Vladimir Cruz intervino en Un paraíso bajo las estrellas (1999), de
Gerardo Chijona, y Perugorría se ha afincado en España, protagonizando películas como
Tierra de fuego (2000), del chileno Miguel Littín. En este afán, Senel Paz, escritor
y guionista de Fresa y chocolate y de Cosas que
dejé en La Habana, describía la mencionada Lista de espera como una
oportunidad amistosa que bien puede extenderse a todo el consorcio hispano-cubano. A su
modo de ver, dicha película, como Fresa y chocolate, «es también y sobre todo
una convocatoria de amistad, fiesta a la vez que trabajo. Es el modo de trabajar de Juan
Carlos Tabío y la razón por la que los amigos le respondemos cuando nos llama. Y es
nuestro homenaje a Gutiérrez Alea, quien, entre otras muchas cosas, nos enseñó a
trabajar queriéndonos» («Las películas y los amigos», El País, suplemento El
Espectador, 27 mayo 2000, p. 9).
La incorporación de artistas cubanos al último cine
español brilla con la presencia de Mirtha
Ibarra, presente en títulos como Cuarteto de La
Habana (1999), de Fernando Colomo,
y Sagitario (2000), de Vicente Molina Foix. Lógicamente, esta alianza entre
creadores de ambos países suele encauzarse a través del ICAIC, muy proclive a este tipo
de asociaciones. Desde Tirano Banderas (1993),
de José Luis García Sánchez, hasta Pata negra (2001), de Luis Oliveros, la serie
continúa, soportando retos cada vez más ambiciosos. Uno de los más recientes pertenece
al género documental y lleva por título Machín: toda una vida (2002). Su
directora, Nuria Villazán Martín, pretende con esta obra homenajear al bolerista cubano
que cautivó a varias generaciones de españoles.
Aparte de las dificultades que implica su coyuntura
socio-política, Colombia es otro de los países con los cuales han ido forjándose
acuerdos de coproducción. El principal beneficiario de dicho encuentro, Sergio Cabrera,
es el director de títulos como La estrategia del
caracol y Golpe de estadio. Empadronado en Madrid, Cabrera expresaba en
unas recientes declaraciones la paradoja de su transtierro. «Mi padre decía
es el único de nosotros que es español de nacimiento y, sin embargo, es el que más
extranjero se siente fuera de Colombia». Otro cineasta beneficiado por los acuerdos de
coproducción hispano-colombianos es Víctor Gaviria, cuyo nuevo largometraje, Sumas y
restas, inició su filmación en Medellín, en julio de 2001.
Como en tiempos pasados, el destino ha sido favorable en el
curso de la cooperación cinematográfica entre España y México. No podríamos juzgar
bien este intercambio si no insistiéramos en ejemplos tan notables como el de Guillermo del Toro, cuyo
filme El espinazo del diablo (2000) fue
producido por Pedro Almodóvar, o el de la estrella Salma Hayek, actriz de reparto en La
gran vida (2000), de Antonio Cuadri. La lectura atenta de este proceso, como de otros
análogos que venimos glosando, reclama la mención de ejemplos. Ahí está el caso del
actor mexicano Daniel Giménez Cacho, compañero de Hayek en la telenovela Teresa,
y asimismo protagonista de Celos (1998), de Vicente Aranda, y de Sin vergüenza (2000),
de Joaquín Oristrell. Precisamente uno de los cineastas que han dirigido a Giménez
Cacho, Arturo Ripstein, insistía hace un
tiempo en las implicaciones de esta movilidad geográfica: «Si me hubieras preguntado
hace un año por qué me fui, te podía haber contestado que soy un emigrante económico.
No hay que olvidar que en México sólo se hacen catorce películas al año. Pero ahora
sé que huía de una imagen de mí mismo» (Jesús Ruiz Mantilla, «El exilio creativo de
dos actores», El Espectador, 29 de octubre de 2000, p. 8).
El catálogo más reciente de proyectos es un indicio
cierto de estos lazos que unen a los profesionales de ambos países. Así, Giménez Cacho
participa en la coproducción Aro Tolbukhin (2002), de Agustí Villaronga, Lydia
Zimmermann e Isaac P. Racine. Gael García Bernal es protagonista de Amores perros (2000),
de Alejandro González Iñárritu, donde también actuaba la española Goya Toledo. Otras
películas con García Bernal son Y tu mamá también (2001), de Alfonso Cuarón,
en cuyo reparto había otra presencia española: Maribel Verdú; y Vidas privadas (2001),
del argentino Fito Páez, con Cecilia Roth y
Héctor Alterio en cabecera de reparto.
Aun a riesgo de hacernos prolijos, no podemos evitar la
mención de otro actor mexicano, Demian Bichier, presente en películas
mexicano-españolas como Perdita Durango
(1993), de Álex de la Iglesia; Sexo
por compasión (2000), de Laura Mañá; y Nadie hablará de nosotras cuando hayamos
muerto (1995), de Agustín Díaz Yanes. Cerrando el recuento, hallamos a Roberto Sosa,
actor en Cabeza de Vaca (1990), de Nicolás Echeverría, cuyo protagonista era el
español Juan Diego. |
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