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No hay que insistir en la huella que tantos profesionales
han dejado en su paso a través de las diversas cinematografías hispanohablantes. Pero
quizá convenga orientar esa brújula económica y política que influye tan decisivamente
en todas estas acciones. Para trazar antecedentes nos basta con recordar aquellos gestos
que han infundido más entusiasmo en el proceso. Para comenzar, mencionaremos los
convenios de intercambio firmados en el I Congreso de la Cinematografía Hispanoamericana,
organizado en Madrid durante el mes de octubre de 1931. Unos convenios que, por cierto,
fueron corregidos y aumentados entre el 27 de junio y el 4 de julio de 1948, fechas de
inicio y clausura del II Congreso Cinematográfico Hispanoamericano, celebrado en Madrid
con la participación de delegaciones procedentes de Argentina, de Cuba, México y
también del país anfitrión. Teniendo en cuenta la circunstancia política española,
está de más insistir en que dicho Congreso obedecía a una necesidad política del
Régimen. No obstante, sus resultados fueron considerables, a juzgar por el número de
coproducciones que se llevaron a cabo en los años siguientes. Curiosamente, el ritmo de
este tipo de intercambios comenzaba a declinar cuando se organizó en Barcelona el
Congreso Hispanoamericano de Cinematografía, durante el mes de octubre de 1966.
Ya en un nuevo marco de relaciones exteriores, se crea en
1988 la Conferencia de Autoridades Cinematográfica de Iberoamérica (CACI), cuya
actividad propicia el Convenio de Integración de la Cinematografía Iberoamericano,
firmado en Caracas el 11 de octubre de 1989. El análisis de dicho convenio corresponde a
José María Otero, en cuya opinión, «los cuatro primeros años fueron de bastante
actividad. Tras un periodo sin nuevas iniciativas se reanima a partir de 1996 y
aprovechando la propuesta en la Cumbre de Jefes de Estado Iberoamericanos de Santiago de
Chile-Viña del Mar en 1996 de crear el Programa Ibermedia, se constituye el Fondo
Ibermedia, que se aprueba en la Cumbre de Jefes de Estado de Isla Margarita en 1997». Es
también Otero, situado al frente del Instituto de la Cinematografía y de las Artes
Audiovisuales (ICAA), quien describe la filosofía y arbitraje de dicho Fondo: «Ibermedia
tiene como fin la integración y la cooperación cultural por medio del fomento de las
coproducciones a las que se destina el 60% del Fondo; a impulsar la distribución y la
promoción, con el 30% del Fondo; y a mejorar la formación, el 5% del Fondo, y el
desarrollo de guiones, con otro 5%. Las primeras ayudas se concederán el 28 y 29 de
noviembre de 1997 en La Habana. El Fondo está dotado por las aportaciones de los países
miembros de Ibermedia. Pueden ser miembros todos los países que forman la Conferencia de
Autoridades Cinematográfica de Iberoamérica o países invitados» («El horizonte de las
coproducciones», Los límites de la frontera: La coproducción en el cine español,
VII Congreso de la Asociación Española de Historiadores del Cine, 1999, p. 26).
De la lectura de los siguientes pasos se deduce la
vocación práctica de esta iniciativa. Tres años después de su entrada en vigor, el
protocolo ya había probado su idoneidad. Así, las guías para la presentación de
proyectos al Programa Ibermedia podían retirarse, desde julio de 2000, en las
Instituciones de Cinematografía o en las Oficinas Técnicas de Cooperación de la Agencia
Española de Cooperación Internacional de cada país miembro del programa Ibermedia. Ese
mismo mes, la Conferencia de Autoridades Cinematográfica de Iberoamérica (CACI),
celebró su Junta Extraordinaria en Madrid. Dicho organismo propuso entonces que el Fondo
Ibermedia obtuviese personalidad jurídica propia, para así gozar de autonomía,
dotándose de fondos procedentes de diversas instituciones. Por las mismas fechas, el ICAA
organizó la muestra «El cine iberoamericano del próximo milenio», financiada por la
Sociedad Estatal España Nuevo Milenio. Asimismo, durante la ceremonia inaugural del Foro
de Coproducción Audiovisual, la Ministra de Educación, Cultura y Deporte, Pilar del
Castillo, indicó que su Ministerio subvencionaría el estreno en España de los
largometrajes coproducidos con Iberoamérica dentro del programa Ibermedia.
A la vista de todo este proceso, cabría pensar que la
industria del cine español pasa por una situación saludable, que le permite iniciativas
transfronterizas. Pues bien, pese a tan saludable cooperación con Iberoamérica, la
terquedad de los balances indica que los cineastas españoles carecen de una
infraestructura sólida, capaz de animar nuevas ambiciones. En 2000, el informe anual de
la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas anunciaba un crecimiento en la
producción: se habían rodado 104 películas con presupuesto español y 31
coproducciones. A un tiempo, el mismo informe destacaba la disminución de la cuota de
mercado en las salas de exhibición: del 14,5% en 1999, el cine español había descendido
al 9,6% en 2000.
¿La solución? Quizá producir menos largometrajes y, en
todo caso, cuadrar su contabilidad. De hecho, el coste medio de una producción española
oscila entre los 350 y los 400 millones de pesetas. Lamentablemente, en 1999 sólo 23
títulos superaron los 100 millones en concepto de recaudación, y un 60% de títulos no
llegó a amortizar ni siquiera los gastos de explotación. Así, aunque la prensa insista
en difundir el supuesto «boom del cine español», los estudios económicos
terminan siendo mucho más pesimistas.
Cuando una producción española tiene un éxito fuera de
lo común, la estadística es favorable y la media del cine nacional goza de un
diagnóstico positivo, aunque ciertamente ilusorio. Veamos un caso práctico. Entre el 1
de enero y el 31 de agosto de 2001, la película española con mayor recaudación era Torrente 2. Misión en Marbella
(2001), de Santiago Segura (3 517 496 364 pts.). Gracias a la proeza financiera de Segura,
el primer cuatrimestre de 2001 fue magnífico para el cine español, elevándose la cuota
de pantalla hasta un 15,7%. Por desgracia, una mirada al decepcionante resultado de las
otras películas españolas que llegaron a exhibirse en el mismo periodo recomienda más
cautela y, sobre todo, estrategias que, de algún modo, apuntalen económicamente los
cimientos de nuestra industria.
Lejos de ser una distracción que entorpece su engranaje,
la coproducción con Iberoamérica puede ser una receta tonificante para el cine español.
Y a quienes insisten en la deslucida repercusión económica de tales acciones, habrá que
recordarles cuál era la tercera película más taquillera en la lista que mencionábamos
más arriba: El espinazo del diablo (2001),
de Guillermo del Toro, una coproducción hispano-mexicana que ya había recaudado 477 198
855 pts. por las mismas fechas en que Torrente triunfaba en la taquilla. En esta
línea, no han de faltar modelos cooperativos de coproducción, distribución y
exhibición. Por ejemplo, el Mercado Iberoamericano de la Industria Audiovisual (MIDIA),
que ha generado un espacio de encuentro para los productores europeos y latinoamericanos,
fomentando numerosos acuerdos entre productores del ámbito hispanoamericano.
Si tales intercambios
son oportunos para el cine español, se tornan vitales cuando nos aproximamos al cine
hecho en Iberoamérica. En esta tesitura, refiriéndose a los convenios de coproducción
con Argentina, el productor Luis Sartor señalaba que «la actual dirección del Instituto
de Cinematografía [de Argentina] tiene muy buenas intenciones, hay mayor transparencia
que en la Administración anterior, pero no hay una política y las arcas están agotadas.
(...) Si queremos seguir haciendo lo que nos gusta estamos obligados a abrirnos a otros
mercados y a buscar apoyos en el exterior. ¿Con quién puedo producir? España en primer
lugar, algo en México y tal vez en Chile y en Brasil, aunque allí chocamos con la
barrera idiomática. Y basta, no hay más» (Francesc Relea, «La salvación está en las
coproducciones», El Espectador, 29 de octubre de 2000, p. 9).
Obviamente, para que el encuentro no se vuelva artificial,
la presencia de actores internacionales ha de sustentarse en el guión. Ejemplo modélico
de ello es la participación de José Sacristán en Un lugar en el mundo (1991), de
Adolfo Aristarain. De igual modo, Cecilia Roth, tan querida en España, permite que
una coproducción como Una noche con Sabrina Love
(2001), de Alejandro Agresti, se distribuya oportunamente en nuestro país.
El caso mexicano es muy similar. Arturo Ripstein es un cineasta muy respetado por
el público español, que no desdeña ofertas realizadas con patrocinio compartido, como El
santo Luzbel (1996), de Miguel Sabido; Santitos (1997), de Alejandro Springall;
Última llamada / En carne propia (1997), de Carlos García Agraz; Sin dejar
huella (2000), de María Novaro; o En el tiempo de las mariposas (2000), de
Mariano Barroso.
No obstante, los títulos que enumeramos no deben
convertirse en una cortina engañosa. Si en los años cuarenta y cincuenta las estrellas
del cine mexicano lo eran también del español, hoy es difícil que una cinta mexicana
llegue a superar el ámbito minoritario. Cuando Agustín Díaz Yanes viajó a México para
elegir el reparto de su película Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto,
volvió a asombrarse de la débil repercusión del último cine mexicano en España: «Y
esto, unido al escaso interés que despierta en las instituciones públicas llevar a cabo
un trasvase de ideas entre Latinoamérica y España, fomentar mercados aquí y allí para
luchar unidos, lleva a que nuestra colaboración sea escasa y, por supuesto, mucho menor
de la que debería haber. El cine español, no sé con qué nivel de acierto, quiere
tender sus brazos sobre todo hacia Europa. Indudablemente, hay un problema de mercado que
impide que el cine español se venda bien en Latinoamérica, pero lo más grave es el
desconocimiento que de sus gentes tenemos los españoles, cuando ellos hacen verdaderos
esfuerzos por conocernos a nosotros» («Historias de ida y vuelta», Academia. Revista
del Cine Español, n.º 10, abril de 1995, pp. 74-75).
Con inevitable pasión, las declaraciones de Díaz Yanes
reflejan una fatiga económica que se revela en la taquilla. Alternativamente, los filmes
que no logran distribuirse a través de los canales comerciales, llegan a un cierto
número de espectadores a través de los festivales de cine que han ido especializándose
en nuestro entorno hispanohablante. Se trata de encrucijadas donde los profesionales
intercambian opiniones, los estudiosos publican sus recuentos y las películas de
Iberoamérica y la Península Ibérica comparten cartelera. Tomaremos como ejemplos el
Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, el Festival de Cine Iberoamericano de
Huelva, durante el que se celebra el Foro Iberoamericano de Producción; el Festival de
Cine de Huesca (Certamen Iberoamericano), el Festival de Miami y el Festival Internacional
de Cine Latino de San Francisco. Esta relación se incrementa de año en año, y ello
permite un arrebato de optimismo.
Otro punto de encuentro profesional son las escuelas
internacionales de cine, donde los jóvenes creadores y técnicos de habla hispana
advierten su fondo común. La más famosa de ellas se encuentra a 35 kilómetros de La
Habana. Muy prestigiosa, la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de Los Baños
nació en 1985, gracias al apoyo de intelectuales como Gabriel García Márquez. Por ella
han pasado, dando a conocer su experiencia, realizadores españoles como Mariano Barroso,
José Luis Borau, Icíar Bollaín y José Luis Cuerda.
Para finalizar, llegamos a Estados Unidos, vecino de Cuba y
tierra de numerosos hispanohablantes que también han de influir en esta reciprocidad a la
cual nos referimos. En otros intervalos de esta exposición se ha hablado de Hollywood, a
veces como rival omnipotente y otras como impulsor de iniciativas en español. Obviamente,
no es el caso destacar a los numerosos actores de ascendencia hispánica que han
desarrollado su carrera en los Estados Unidos. Intérpretes tan sólidos como Raúl Julia,
Edward James Olmos, John Leguízamo y Andy García han rodado comúnmente en inglés, y en
esa lengua han forjado su prestigio. Lo que nos interesa es esa tendencia bilingüe que,
con mesura, se abre camino en el cine norteamericano y que, a buen seguro, deparará
gratas sorpresas.
Hace unos años, el productor Roger Corman nos anunciaba en
Madrid su intención de filmar películas en español, destinadas a la comunidad latina:
la misma que disfrutó de proyectos tan significativos en cuanto al bilingüismo como Mi familia (My
family, 1994), de Gregory Nava. Hoy esa propuesta ya ha llegado al cine más
comercial. El puertorriqueño Benicio del Toro protagoniza Traffic (2001), de
Steven Soderbergh, y casi todas sus líneas de diálogo están escritas en español;
Russell Crowe memoriza diálogos en nuestro idioma para interpretar a un negociador de
rescates en Prueba de vida (2001), de Taylor Hackford; y Matt Damon hace lo propio
en Todos los caballos bellos (2001), de Billy Bob Thornton.
De acuerdo con las estadísticas que solicita la industria,
los norteamericanos de ascendencia hispánica son muy aficionados al cine, y si bien no
terminan de respaldar comercialmente las producciones habladas en el idioma de sus
mayores, es posible que en un día no muy lejano llenen las salas para ver filmes
estadounidenses rodados en español, y también películas producidas en España e
Iberoamérica. Quizá ese día el canje de producciones sea aún más fluente, y sin duda,
ha de serlo para beneficio de todos los espectadores que compartimos el mismo idioma. |
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