|
La depuración genérica suele favorecer el empleo de los tópicos nacionales, y no es ajeno
a ello el entorno cinematográfico hispanohablante. Naturalmente, habrá que determinar la
pertinencia de esos estereotipos, pues en no pocas ocasiones el gran público los reclama
y juega con su evocación. Pensemos en la primera película sonora mexicana, Santa (1931),
dirigida por el español Antonio Moreno: un
melodrama esencial donde no faltaba una secuencia en que el torero, llevado por la
pasión, amenazaba a su rival con una navaja. En definitiva, una expresión que nos remite
al molde más significado del hombre latino, retomado en filmes tan recientes como Jamón jamón (1992), de Bigas Luna. Es fácil
comprender que, después de completar una trayectoria tan fértil como reiterativa,
algunos autores intenten ver nuevos contraluces en el troquel. No sólo eso: el propio Pedro Almodóvar adopta los códigos genéricos y
los prototipos de nuestra cultura y los vuelca, sin escatimar redundancias, en filmes como
Laberinto de pasiones (1982), Matador (1986),
Mujeres al borde de un ataque de nervios
(1988), y Tacones lejanos (1991). Cuando
aparece en filmes como estos, el galán latino (latin lover)
queda deconstruido y riñe sus nuevas batallas con ironía y distanciamiento, gastando su
eficacia en el melodrama posmoderno.
En todo caso, por lo que concierne a los estereotipos
nacionales, no cabe duda de que el más usado por el cine español ha sido aquel del
charro mexicano. Indudablemente, las numerosas comedias rancheras protagonizadas por Pedro
Infante y Jorge Negrete, estrenadas con
éxito a este lado del Atlántico, tienen mucho que ver con esa familiaridad de los
espectadores ibéricos con la charrería. Lo de la simpatía por el charro es verificable
a poco que se estudie cómo proliferan en las pantallas hispanas de los años 40
personajes de este jaez: hombres achulados, bien elegantes, con su chaquetilla corta de
gamuza, la corbata de moño y el sombrero de ala ancha, siempre dispuestos a demostrar su
hombría con los puños o, más raramente, a punta de revólver. De aquí lo natural de
coproducciones como Jalisco canta en Sevilla (1948), de Fernando de Fuentes, donde
quedan cumplidamente exaltados los dos folclores que anuncia el título. Este tipo de
comedia, a veces exclusivamente mexicana, otras realizada con participación española,
cuenta con un generoso catálogo de títulos, del cual recordamos Dos mexicanos en
Sevilla (1941), de Carlos Orellana; Una gitana en México (1943) y Una
gitana en Jalisco (1943), ambas de José Díaz Morales; Morenita clara (1943),
de Joselito Rodríguez; Una gitana en Jalisco (1946), de Díaz Morales; ¡Ay
pena, penita, pena! (1953), de Miguel Morayta; Dos charros y una gitana (1956),
de Antonio Román; y La gitana y el charro (1964), de Gilberto Martínez Solares.
Por último, basta con repasar la filmografía mexicana de Lola Flores para advertir lo prolífico del
modelo, encarnado incluso por el cantante Luis Mariano en la cinta hispano-francesa El
cantor de México (1956), de Richard Pottier.
A modo de digresión, pues se aparta del tópico que ocupa
estas líneas, también llega hasta ellas el actor Mario Moreno, Cantinflas,
encarnación prototípica del pelado, «el mexicano pobre, vocinglero,
verbalmente explosivo, de vocabulario rico y confuso, siempre a la defensiva, con un gran
complejo de inferioridad oculto bajo una máscara de fanfarronería y falsa hombría»,
según lo define Rojas Mix en Los nombres de América (Lumen, 1991, p. 43). La
mención del intérprete y su personaje viene al caso porque su éxito en España prendió
asimismo en el mundo audiovisual, donde no pocos imitadores han homenajeado su figura a lo
largo de los años.
En este sentido, producciones más recientes no ofrecen
diferencias radicales, y es fácil comprender que ese imaginario de la mexicanidad se
tienda a identificar con la dimensión moderna de ese país, con lo que se perpetúan los
tópicos en torno al «héroe» machista en filmes tan distintos como El tahúr (1979), de Rogelio A. González; Santo contra el Doctor Muerte (1973), de Rafael
Romero-Marchent; y Perdita Durango (1997), de
Álex de la Iglesia.
Precisamente el filme de Álex de la Iglesia se aproxima
con soltura a otro tópico muy arraigado: el de la magia negra, empleado en el cine de terror y aventura
como metonimia de los misterios afrocubanos, con lo cual se resalta el exotismo de las
sociedades secretas y los rituales mágicos de la comunidad negra. Con trazo grueso, ese
tipo de enigmas, más otros muy cercanos, vienen a animar la trama de producciones como Misión
secreta en el Caribe (1971), de Enrique L. Eguiluz; Sangre en el Caribe (1984),
de Rafael Villaseñor; y Vudú (Vudú sangriento) (1973), de Manuel Caño.
Pero las cosas cambian cuando existe el contacto
transcultural, y ese Caribe manipulado cambia de colorido cuando existe un trato con sus
gentes. Por tanto, no es exagerado afirmar que la emigración iberoamericana en España ha
ido aclarando el modelo, que a su vez ha ganado en proximidad al perder fantasía. En
buena medida, el cine ha posado su mirada sobre la comunidad latinoamericana en España,
como queda de manifiesto en Cosas que dejé en La
Habana (1997), de Manuel Gutiérrez Aragón; Flores de otro mundo (1997),
de Iciar Bollaín, y otros títulos del mismo linaje temático. Ya en el ámbito de la
comedia, los equívocos entre españoles y caribeños forman parte de cintas como Airbag
(1998), de Juanma Bajo Ulloa; y Cuarteto de La
Habana (1998), de Fernando Colomo.
Al mencionar la emigración como tema cinematográfico, no
estamos ante un procedimiento retórico similar al de otros estereotipos que hemos
mencionado. Con todo, no está de más cambiar las cartas sobre la mesa, aproximándonos a
filmes que abordan la materia desde otra perspectiva: la de los españoles que cruzaron el
océano en busca de fortuna. Dicho esto, se adivina en una obra reciente, Frontera Sur (1998), de Gerardo Herrero,
el modelo del indiano, o emigrante que a fuerza de trabajo y corazón hizo fortuna en las
Américas. Muchas de las situaciones en torno a este personaje fueron exploradas en
películas españolas como El mayorazgo de Basterretxe (1928), de Mauro Azcona; El
testamento del virrey (1944), de Ladislao Vajda; El emigrado (1946), de Ramón
Torrado; Trece onzas de oro (1947), de Gonzalo Delgrás; y Un indiano en
Moratilla (1957), de León Klimovsky.
Podríamos continuar, mencionando producciones como Gallego
(1988), de Manuel Octavio Gómez, donde la emigración española es la clave para
entender la trama. Pero resulta más oportuno establecer nuevas conexiones con esa mirada
del Otro que justifica nuestro recuento. Sobre ello habrá que insistir. Un caso
estimulante en esta línea es el de la actriz argentina Niní Marshall, creadora en 1939
de un personaje muy popular, Cándida, inspirado en Francisca Pérez, la criada leonesa
que servía en su hogar. Bondadosa, sencilla, noble, terca y fiel, Cándida se convirtió
en una cariñosa representación de los gallegos. Además, Niní Marshall otorgó
una larga vida a su criatura en filmes argentinos como Cándida (1939), Los
celos de Cándida (1940) y Cándida millonaria (1941), de Bayón Herrera; Cándida,
la mujer del año (1943), de Santos Discépolo; y Santa Cándida (1946), de
Luis César Amadori. En México, la actriz filmó Una gallega en México (1949), de
Fernando Soler; Una gallega baila mambo (1950), de Gómez Muriel; y Los enredos
de una gallega (1951), también de Soler. Y en Cuba, el personaje alcanzó nuevo brío
en Una gallega en La Habana (1955), de René Cardona.
Guiada por un talento admirable, Niní jugueteó con el
estereotipo hispánico en Carmen (1946), de Amadori, e incluso llegó a rodar Yo
no soy la Mata Hari (1949) a las órdenes del español Benito Perojo. Sin embargo, no
hay duda de que su más acertada personificación del tópico es la citada Cándida.
Por los títulos mencionados se comprende que el
estereotipo de lo español en el cine hispanoamericano abunda en la comedia. Cosa bien
distinta es el melodrama. Con todo, existe una representación afectuosa de los emigrados
en películas mexicanas como Dulce madre mía (1942), de Alfonso Patiño Gómez; Los
hijos de don Venancio (1944), de Joaquín Pardavé; y Necesito dinero (1951),
de Miguel Zacarías, protagonizada esta última por Sara Montiel. Otro largometraje mexicano
El rediezcubrimiento de México (1979), de Fernando Cortés, se inspiraba en la
obra de Marco Antonio Almazán para recomponer los tópicos en torno a los gachupines.
Pero volvamos a la orilla española para advertir nuevas
siluetas. Por ejemplo, la de una América que es tierra de acogida y promisión para
toreros véase Currito de la Cruz (1925),
de Alejandro Pérez Lugín y Fernando Delgado y artistas desde Maravilla (1957),
de Javier Setó, hasta Las cosas del querer I (1989) y Las cosas del querer II (1995),
de Jaime Chávarri. Hablamos, claro está, de la América del folclore y el tipismo,
esbozada en Fiesta en el Caribe (1958), de José Luis Zavala y Ubaldo Ragona, o en Marisol
rumbo a Río (1963), de Fernando Palacios.
Sin abandonar ese culto a la síntesis, el cine español de
otros tiempos también ha roto algún esquema racista, favoreciendo una expresión
positiva de comunidades como la afroamericana. Un caso peculiar lo proporciona una
melodramática novela de Alberto Insúa, El negro que tenía el alma blanca,
llevada al cine por Benito Perojo en 1927 y en 1934, y adaptada nuevamente en 1951 por el
argentino Hugo del Carril. En los tres filmes se proporcionaban argumentos en contra de
los prejuicios étnicos. Salvando las lógicas distancias, algo similar proponía Fray
Escoba (1961), de Ramón Torrado, donde René Muñoz daba vida al mulato Martín de
Porres.
Al plantearse los estereotipos de lo argentino, parece
claro que los cineastas han deseado construir imaginariamente el arrabal porteño, animado
casi siempre por un tango inevitable y dramático. Curiosamente, las primeras entregas de
la serie fueron patrocinadas por los estudios norteamericanos, y corresponden al periodo
de las versiones hispanohablantes rodadas en París y Los Ángeles. Fue así como la
imagen de Carlos Gardel se hizo popular en España gracias a títulos como Las luces de
Buenos Aires (1931), de Adelqui Millar, Melodía de arrabal (1933), de Louis
Gasnier y Florián Rey, y Cuesta abajo (1934),
de Gasnier. La moda tanguera se prolongó con Boliche (1933), donde el español
Francisco Elías dirigió a los geniales Agustín Irusta, Roberto Fugazot y Lucio Demare.
Ya en el terreno del homenaje nostálgico, hubo producciones como La guitarra de Gardel
(1949), de León Klimovsky, y Mi
último tango (1960), de Luis César Amadori, dirigidas en ambos casos por cineastas
argentinos afincados en España.
Obviamente, los lazos hispano-argentinos, tan amplios y
fértiles, enriquecieron esa imagen con nuevos argumentos. Fue así como el público
español rió las gracias de Luis Sandrini en Olé, torero (1948), de Benito
Perojo; y disfrutó con las peripecias de Pepe Iglesias, el Zorro en la comedia Ché,
qué loco (1952), de Ramón Torrado. De igual modo, los aficionados al fútbol
acudieron a ver La batalla del domingo (1962), de Luis Marquina, para admirar la
destreza deportiva de Alfredo Di Stefano. Y de igual manera, los seguidores de Libertad
Lamarque gozaron con su presencia en Bello recuerdo (1962), de Antonio del Amo. Con
todo, el universo tanguero colorea toda esta visión, y justifica el esfuerzo de
creaciones como Tango (1998), de Carlos Saura.
Hay otros estereotipos, pero como comprobará el lector, su
presencia en el cine español no es tan significativa. Así, aunque el cine de acción
estadounidense ha acuñado lugares comunes en torno al narcotráfico, la aportación
española en torno a esa materia no va más allá de películas menores como Operación
cocaína (1987), de Jesús Franco; y Los inocentes (Narcos) (1993), de Giuseppe
Ferrara. En la misma línea, los movimientos insurgentes y guerrilleros no han sido
tratados con asiduidad por los realizadores españoles, de modo que no podemos establecer
un mínimo común denominador a partir de obras como Sandino
(1991), del chileno Miguel Littín, o Miss Caribe
(1988), de Fernando Colomo. Tampoco la comunidad latina estadounidense y la nueva
definición de su identidad han sido explorados en el cine español más allá de títulos
como Río abajo (1984), de José Luis Borau, y
Cosas que olvidé recordar (1997), de Enrique Oliver. |
|