|
[En 1999, el Museo Guggenheim de Bilbao dedicó
una gran exposición retrospectiva a la obra de Eduardo Chillida;
se recoge aquí una descripción de la muestra].
Nunca antes la obra de Chillida se ha expuesto en
un lugar tan singular como el Museo Guggenheim Bilbao y, por eso, lo primero que ha de
tener en cuenta el visitante es la relación entre las obras y los espacios donde se
encuentran. Por ello, las esculturas están agrupadas en familias, que se corresponden con
el camino andado por el propio escultor, con sus preocupaciones e intereses. Pero
también, con los materiales empleados por Chillida desde sus primeras piezas de 1948 en
yeso hasta las del último año, elaboradas en acero cortén, pasando por el hierro,
madera, granito, alabastro y papel.
Frente
al planteamiento de la muestra en el Reina Sofía, en Bilbao la puesta en escena se adecua
a los espacios y aprovecha las diferentes visiones que ofrece el interior del edificio. Es
el caso de una de las salas más impresionantes, la 208, donde el conjunto escultórico
puede observarse desde la planta superior. Resulta imprescindible la visión aérea de
piezas tan significativas como el Homenaje a Calder, la mesa homenaje a Luca Paccioli y el
Arco de la libertad, no expuestas en Madrid. La ausencia de un desarrollo cronológico
permite un recorrido más libre y atractivo y, también, la presentación conjunta de
piezas de diferentes épocas que dialogan y se manifiestan de un modo ordenado, sin
rupturas.
La exposición arranca en la sala 205 con el Estudio
Peine del viento I y presenta obras de los años 40 y 50 con formas figurativas en
yeso, como el Torso, y piezas en hierro, como el Espíritu de los pájaros, Ikaraundi
y Oyarak. Luego, la sala 206 muestra las obras en madera de los Abesti Gogora
y la 207, piezas conocidas de la colección propia, como Besarkada XI, junto al
estudio para homenaje a Kandinsky y Topos III.
La exposición adquiere un nuevo impulso en la
sala 209 con la disposición de las esculturas en granito, en una especie de cromlech,
entre ellas Lo profundo es el aire, acompañadas, entre otros, de uno de los últimos
trabajos de Chillida En el límite III y del Homenaje a Balenciaga.
Las Lurras realizadas en tierra chamota se
agrupan en la sala 203 donde también se encuentra Iru burni, el acero
perteneciente a la colección del Museo Guggenheim de Nueva York. Por su parte, los
dibujos ocupan totalmente la sala 202 con una disposición cronológica interrumpida por
el Proyecto de Monumento a la Tolerancia. A su vez, el espacio está presidido por
los alabastros que reciben la luz natural y entre los que se encuentra Gasteiz.
Finalmente, la exposición plantea el diálogo Chillida-Serra
con el Peine del viento XVII asomado a la gran nave donde están las Torqued
ellipses. |

|
Goce visualNadie espere, después de tanta teorización filosófica
sobre la obra de Eduardo Chillida, caminos explicativos diferentes que iluminen o alumbren
nuevos conceptos de una notable trayectoria artística ya de sobra conocida y estudiada.
Es más, siendo tan abrumadora y hasta cansina la construcción doctrinal que se ha hecho
sobre algo que es mucho más simple de lo que se pretende, resulta lo mejor el prescindir
de tanta alusión a muchos autores, para centrarse en la simple contemplación visual de
una obra llena de poesía y subjetividad.
Por eso, dejando aparte la grandilocuencia
existencial siempre buscada por Kosme de Barañano para explicarnos por enésima vez el
transfondo espiritual de Chillida, quizás el gran éxito de esta exposición que ahora se
inaugura en el Museo Guggenheim Bilbao resida en su dramaturgia de incitación a una
lírica visual que trasciende cualquier alarde filosófico. Con ello, y también con un
espléndido montaje lleno de efectismos físicos, lumínicos y espaciales, el espectador
va a sentir un enorme placer en el reencuentro con esa indagación formal realizada por
Chillida durante su vida, en la que se pasa tanto por un diálogo con las formas
figurativas y por un decidido impulso hacia el universo de la abstracción, como por una
ocupación y desocupación del espacio e, incluso, por una sublime intención de
representar la levedad y la fragilidad de unas gravitaciones en ese mismo espacio.
En esto colabora, asimismo, un soberbio
continente como el de Frank O. Gehry, que ofrece sorprendentes ángulos y espacios para la
contemplación de unas obras en las que el goce de la idea, o la construcción poética
que se ha hecho a posteriori sobre las mismas, no sólo se antepone a cualquier
innovación formal, sino también a toda erudición. |