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Eduardo Chillida

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Florencio Martínez Aguinagalde
[Autor del libro Palabra de Chillida]


El jardín de las delicias

Unas cuantas personas están recibiendo durante estos días una invitación que les llega desde San Sebastián. El díptico, redactado en euskera y castellano, se abre con un grabado, negro sobre blanco, y a su lado esta leyenda: Chillida Leku. La cita es el sábado, 16 de septiembre de 2000. El lugar, la finca Zabalaga, término municipal de Hernani, colindante con el de San Sebastián.

Eduardo Chillida durante la inauguración de Chillida Leku. Al fondo, Su Majestad el Rey don Juan Carlos I, el lehendakari del Gobierno Vasco, don Juan José Ibarretxe, y otras personalidadesEl motivo, la inauguración de un espacio artístico (me niego a llamarlo museo, palabra demasiado pontifical), de un lugar para la reflexión, el silencio y el sosiego; la materialización del sueño de un poeta del tiempo y del espacio: el escultor Eduardo Chillida. Quienes acudan a la cita («Eduardo y Pili Chillida les comunican la inauguración», comienza el texto de la invitación) en Zabalaga no tendrán dificultad para descubrir, a pesar de que estará medio emboscado entre hayas y esculturas, a un hombre que ha poco sobrepasó la edad de la jubilación, fornido y de mirada noble con la que observará el trajín de los admirados visitantes de esas 12 hectáreas de belleza, serenidad, arte sincero, entrega y generosidad que es Zabalaga.

Se llama Joaquín Goikoetxea. Ha sido el hombre capaz, honrado y laborioso con el que Eduardo y Pili Chillida llegaron al acuerdo años ha para que desbrozara aquel erial, cuidara la arboleda y atendiera a todos los menesteres imprescindibles para convertir aquella preciosa y abandonada finca en lo que a partir de ahora podrán visitar quienes deseen gozar de una comunión perfecta entre Naturaleza y Arte. Una revista me había encargado un reportaje sobre las obras de Chillida al aire libre en el País Vasco. Domi Alonso, fotógrafo, y yo nos pateamos Vitoria, Gernika, San Sebastián, Aránzazu, Fuenterrabia... en pos de las obras de Chillida al aire libre.

Una tarde detuvimos el auto-móvil a las puertas de Zabalaga. Nadie ante el portón de entrada. Nos adentramos con sigilo. Al fondo, un caserío con aspecto abandonado; a la derecha, una casita, como de guardés; al fondo, a la derecha, una hermosa casa de aspecto noble. De repente, una voz ronca, seria y educada: quiénes éramos, qué buscábamos... Medio mentí identificándome como amigo de Chillida y que sólo queríamos tomar unas fotografías para una revista.


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El hombre fornido, serio y educado nos franqueó el paso. Así conocí por primera vez Zabalaga. No mucho tiempo después, en un encuentro casual Chillida me espetó: «¿Fuiste tú el que hace poco entraste en Zabalaga en nuestra ausencia?» «Sí», confesé contrito. «Cuando quieras, vienes y te la muestro». Acordamos el día y la hora. Puntualísimo, porque así es Chillida, arribé a Zabalaga. Allí estaba vestido de sport elegante, con sus cabellos grises como escarpias, su sonrisa amplia y amistosa: «Te presento a Joaquín». Tendí mi mano derecha a aquel hombrachón de mirada seria y sincera. Era el mismo hombre que me había franqueado la puerta de Zabalaga tiempo atrás. «No; mano sucia», dijo. Y retiró su mano de mi mano, que casi estaban tocándose. Entonces, sobre Eduardo Chillida Juantegui, el mejor escultor de la segunda mitad del siglo XX y una de las cumbres de toda la historia de este arte, se alzó la persona Eduardo Chillida Juantegui: Joaquín, mano sucia por el trabajo no mancha. Éste es Joaquín Goikoetxea, el hombre que conoce día a día la evolución de aquella finca abandonada hasta llegar al jardín de las delicias en que su labor y las ideas de Eduardo Chillida y el empeño de Pilar Belzunce y la profesionalidad del arquitecto Joaquín Montero y el empeño de tantos Chillidas la han convertido. Joaquín Goikoetxea regresó a su trabajo.

Chillida me invitó a penetrar en el caserío Zabalaga, en las entrañas de aquel edificio con cuatro siglos de historia bajo su tejado. Quedé estupefacto. Una atmósfera de serenidad absoluta me envolvió, como una gasa. Del viejo y abandonado caserío no quedaba ni cuadra ni cocina ni establo ni almacén ni dormitorios ni nada que molestara al hueco, al vacío. Acordados sobre una balaustrada, en silencio durante minutos, fue Chillida quien, en voz baja, me confesó: «Durante mucho tiempo, día tras día, he venido aquí, a preguntarle al caserío Zabalaga si podía quitarle un tabique, derribar tal puerta, aligerarle una viga... Pensarás que estoy loco, pero yo sentía que Zabalaga estaba de acuerdo conmigo, con mi idea de despojarle de todo lo superfluo». «Yo no soy un escultor abstracto», declaró en una ocasión, «sino un escultor que prescinde de lo superfluo».

Esa máxima la ha llevado el poeta del hierro, del acero, del hormigón, del granito y de la madera hasta sus últimas consecuencias en Zabalaga. Quienes penetran en él se sentirán arrebatados por un aroma de paz, de sosiego, de meditación, de inteligencia y de arte, rodeados por un jardín de las delicias que ni El Bosco imaginó. Sobre esta pradera de suaves ondulaciones, salpicada de árboles altísimos y centenarios, se alzan en armoniosa instalación las esculturas que Eduardo Chillida ha ido reservándose para sí mismo desde que soñó en vaciar el ancestral caserío Zabalaga para que acogiera una representación de sus cincuenta años de poeta del tiempo y del espacio.

Su Majestad el Rey don Juan Carlos I y Eduardo Chillida, en la inauguración del Chillida LekuAlgunas de ellas vigilarán para siempre el caserío Zabalaga; otras están aquí de paso, adquiriendo gracias a la intemperie, la lluvia, el viento y la nieve la pátina que el artista desea; así, las tres piezas que componen Buscando la luz, que acabarán en la plaza de los Museos de Munich, o esa otra monumental pieza de acero destinada a la plaza del Reichstag en Berlín. Algunas estuvieron acá, sobre la suave pradera de Zabalaga, pero ésas, ésas no volverán. De las que no regresarán hay que dar noticia de una: Errege Toki. Errege Toki, la que más amaba Joaquín Goikoetxea, sólo la pueden admirar unos cuantos privilegiados, pues se encuentra en uno de los jardines más inaccesibles de España: los del palacio de La Zarzuela. Parece que el Rey le dijo a Chillida que cuándo iba a contar con una obra suya. El artista tomó nota y no mucho tiempo después ese trono monumental de acero, después de adquirir su pátina tornasolada en Zabalaga, viajó hasta Madrid. Allí se sentaron los Reyes, con su entonces único nieto, rodeados de sus hijos y yernos para la fotografía que ilustró la felicitación navideña de 1998 de los monarcas a Eduardo y Pili Chillida, quienes esperan a sus invitados el sábado 16 de septiembre en el jardín de las delicias.

 
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