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En 1987 Eduardo Chillida llamó al arquitecto que seis años atrás le había
rehabilitado su casa sobre el Peine de los vientos y le habló de una obra con la
que su mujer, Pilar Belzunce, y él soñaban desde hace tiempo.
Joaquín Montero Basqueseaux es el
artífice del Pabellón de acceso a Chillida Leku y de la rehabilitación y adaptación
del caserío que preside la finca en la que el veterano artista decidió instalar la
colección particular de su propia obra, en Hernani. Estos trabajos, culminados cuando el
museo abrió sus puertas a finales de septiembre de 2000, se prolongaron a lo largo de 14
años y le han proporcionado un accésit en los «Premios del Colegio de Arquitectos
vasco-navarro» en 2001, en cuya delegación en Bilbao dio una conferencia. Montero, que
ha adaptado los espacios públicos de numerosas ciudades europeas en los que lucen
esculturas de Chillida, reconoce que Chillida Leku es en su carrera algo «muy especial»
y relata cómo el escultor y él se pasaron «dos o tres años hablando mucho y sin tocar
nada: no hubo ningún momento en que se concibiera el Museo como ahora se conoce, sólo
sabíamos que iba a ser un espacio expositivo». |

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Lo que hoy se puede contemplar a la entrada de
Hernani, añade, «es consecuencia de un proceso largo en el que no nos marcamos metas. En
cada momento decidíamos lo que teníamos que hacer. El único objetivo fue muy sencillo,
que la obra quedara estupenda». Con el tiempo descubriría que es ésa la forma habitual
de trabajar del artista: intuición, paciencia y calidad.
Los dos máximas que fueron
perfilándose, habilitar el caserío a partir del diseño original y apenas alterar la
finca, convirtieron el proyecto del Pabellón de acceso con las taquillas, tienda,
cafetería y la sala de proyecciones, entre otros servicios en uno de los retos más
difíciles. ¿Cómo integrar estas instalaciones en un conjunto presidido por un caserón
de 1543, prados interminables y las esculturas de Chillida? «Me di cuenta de que el
edificio tenía que dar la sensación de poder desplazarse».
A medida que desgrana los años de colaboración en
Zabalaga, las influencias del escultor en la obra del arquitecto se vuelven obvias. Él va
más allá: «Yo descubrí a Eduardo en el año 1965 ó 1966, en la facultad. Descubrí
sus dibujos, sus grabados, y desde entonces ha influido en mi formación. Yo creo que de
ahí viene esa afinidad que hemos tenido a la hora de trabajar».
Montero ha diseñado la terraza del
Museo Olímpico de Lausanna para erigir la obra Lotura y solucionó las
adaptaciones del Monumento a Fleming y la Estela para el pintor Rafael Ruiz
Balerdi, ambas en San Sebastián. Al hablar de la relación que mantiene con el
artista, no duda en señalarle como el «mejor colaborador» que se puede tener: «Ya me
hubiera gustado trabajar con él toda mi vida». Cuando repasa las obras que han instalado
juntos, extiende planos, fotografías y relata de memoria la historia de las ciudades que
hoy completan su paisaje con una pieza de Chillida. Nadie podría suponer todo el esfuerzo
y la planificación que hay detrás de la colocación de una de estas esculturas. «Es un
proceso habitual, en el que he tenido la suerte de contar con Eduardo, con sus
conocimientos y su sensibilidad pero realmente todo lo que se hace en espacios urbanos
resulta muy laborioso». |