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Eduardo Chillida

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   Por Guzmán Urrero Peña


Quienes mejor conocen a Eduardo Chillida cuentan dos anécdotas que éste protagonizó de adolescente, cuando aún alternaba los estudios con las pasiones que acabaron por encauzar su toma de conciencia intelectual. Sabemos que la primera de estas dos escenas ocurre un día en que acude a clase de matemáticas. La asignatura se imparte en un domicilio particular, y es al subir por la escalera cuando el alumno escucha una melodía envolvente, grácil, llena de posibilidades seductoras. Deslumbrado, Eduardo sondea esa cadencia que es, a la par, signo y significado; y probablemente se plantea cómo no admirar una pieza semejante. En realidad, el detalle no carece de importancia. Después de la primera sorpresa, el joven cede a la demanda musical: olvida la clase y, sentado en la escalera, se deja llevar por una de las seis suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach.

La imagen es sugerente, y sin embargo, nos desafía con una pregunta. ¿Se trata de un impulso melómano de Chillida, o bien la música de Bach le abre la puerta de otros enigmas? Para responder a esta duda, hemos de relatar un segundo episodio, muy repetido en las biografías. Esta vez, el escenario es el litoral cantábrico, durante una estación en la que el oleaje se encrespa e intenta ascender hacia la costa. A primera vista, ese mar persuade por su profundidad, y también predispone al asombro. La galerna retumba y cae sobre la playa hasta ceñirla del todo, y allá al fondo, sobre las rocas, el joven Eduardo se emociona con los caprichos de la corriente, interroga a la marea y medita sobre el mensaje proclamado por esas aguas que refluyen, se agitan en el extremo de la distancia, y pretenden, una vez tras otra, ensayar la horizontalidad. En ello hay sin duda una alegoría por explicar, una pregunta por responder.

Curiosamente, Bach contesta a ese misterio sin velarlo con otra envoltura que la belleza. Y lo hace con una vaga promesa de inmortalidad cifrada en sus partituras. No en vano, del músico dirá Chillida que fue moderno como el oleaje y antiguo como la mar, «siempre nunca diferente, pero nunca siempre igual» (Documentos RNE, 12-IV-2002). Con ello, nuestro escultor se anticipa a las anotaciones del admirable Douglas R. Hofstadter. Para confirmarlo, leamos unas líneas que el pensador norteamericano dedicó al Canon Eternamente Remontante. «Con ese canon —afirma Hofstadter— nos brinda Bach nuestro primer ejemplo del concepto de Bucles extraños. El fenómeno del «Bucle extraño» ocurre cada vez que, habiendo hecho hacia arriba (o hacia abajo) un movimiento a través de los niveles de un sistema jerárquico dado, nos encontramos inopinadamente de vuelta en el punto de partida» (Gödel, Escher, Bach / un Eterno y Grácil Bucle, Tusquets, 1987).


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Eduardo Chillida. «Homenaje a Cioran» (sin fecha). Tinta, papel. 22,2 x 26,5 cm.Al resaltar que el canon se define por un tema que sirve, a la vez, de melodía y de acompañamiento, Hofstadter pone las bases de una cavilación multidisciplinar sobre la autorreferencia, la recursividad y el isomorfismo. Un pensamiento que ponemos en coincidencia con el arte de Chillida, pues también este último, al preguntarse en qué consiste el espacio, intenta comprender en su obra los niveles de estructura y de significación de los fenómenos físicos y químicos que movilizan los bucles y repliegues de nuestra realidad. Bajo este ángulo, no puede extrañar que sus creaciones hayan fascinado a un creciente comité de eruditos. Gaston Bachelard las glosó precozmente en sus escritos; también interesaron a Heidegger, cuyo libro El arte y el espacio fue ilustrado, en un edición limitada, con siete lito-collages de Chillida; e incluso inspiraron al músico Cristóbal Halffter, que dedicó al escultor el primer movimiento de su Tiempo para espacios.

Y es que, para el artista, el diálogo de los materiales con el espacio acarrea un discurso filosófico de largos alcances, como lo prueba este párrafo, editado por él en un suplemento cultural: «Todo espacio que comunica con los espacios innombrables, según expresión de Novalis, ¿es una unidad espacial o se trata de una parte de esos espacios innombrables? ¿Es posible, fuera de esta gran unidad, situar un espacio? ¿No será lo que aísla también espacio con otro tiempo?». Mejor aún, ¿cómo conceptuaría el escultor esa flecha temporal de la que hablaba Eddington? O en otro orden, ¿cuál sería su idea en torno a las recientes y complejas iluminaciones de Prigogine? Sin duda podemos intuirlo en otro enunciado de la misma publicación, tan evocador como un haiku japonés. Dice así: «He observado esta mañana, con gran intensidad, un cristal de cuarzo y he llegado a creer que se movía, que cambiaba, que vivía. ¿No será esto cierto? ¡Qué lejos del tempo de una rosa!» («Silencio, espacio, vibración muda», ABC Cultural, n.º 100, 1-X-1993).


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Como sucede en los procesos de cristalización o en el desarrollo de los árboles, el determinismo y el azar operan conjuntamente. Difícil resulta no juzgar la obra de Chillida como una metáfora de esa evidencia, asimismo emparentada con los enigmáticos bucles de la música de Bach y con los ciclos, circuitos e inercias de la marea. De aquí, si se quiere, nos elevamos hasta los objetos fractales, esos torbellinos donde impone su naturaleza lo que no es pero podría ser: la dinámica de interacciones que da forma a lo complejo. De otro lado, queda en pie que el escultor explora el binomio simetría-asimetría en la organización de la materia, ampliamente descrito por Martin Gardner y concretado por Eduardo Chillida en algunas de sus piezas más deslumbrantes.

Y así, en ese hermoso trasiego entre arte y naturaleza, entre el observador y lo observado, va contrastándose la dialéctica de lo lleno y lo vacío, del límite y el espacio. Dualidades, en suma, que atañen a esa meta suprema que es el entendimiento de la realidad. Como bien dice el filósofo Michel Serres, «he aquí la solución marina, la de los marinos de mar: el flujo que corre, no corre laminar por mucho tiempo, no sólo entra en turbulencias, sino que se fractura, se reparte. Así, las turbulencias son fractales. Así, el mundo formado desde la espiral turbulenta está lleno de objetos indefinidamente cavernosos. Lucrecio sigue siendo coherente bajo la mira de Mandelbrot. Suave mari magno, de nuevo» (El paso del noroeste, Debate, 1991).

 
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