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Por Juan Carlos Ruiz Souza
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El ajetreado siglo XX, con sus desventuras, esperanzas, desilusiones y
resplandores, pasará a la historia como uno de los más fructíferos en lo que al ámbito
de la cultura se refiere, y lo mismo podemos decir del papel jugado por las artes y letras
españolas.Personalidades inigualables de
la talla de Picasso, Gris, Dalí, Solana y Miró, de Gaudí, Sert, Oíza, de la Sota,
Moneo y Calatrava, de Unamuno, García Lorca, Aleixandre, Buero Vallejo y Delibes, entre
tantos otros, ha ocasionado la merecida importancia alcanzada en todos los foros
internacionales de la pintura, arquitectura y literatura españolas, y ha hecho que nos
olvidemos, tal vez, un poco del papel desempeñado por el arte de la escultura,
protagonista con derecho propio de uno de los capítulos más fascinantes, y a la vez
variado y de mayor fuerza vital, del arte español del siglo XX,
igualmente presente en los museos y colecciones más importantes del mundo.
Podríamos comenzar hablando de la riqueza que
supuso el Modernismo en la primera parte del siglo, por la integración o mejor dicho
fusión que se consiguió entre las artes, especialmente entre la arquitectura y la
escultura, y porque de alguna manera propició y permitió el desarrollo e investigación
en el uso de materiales menos habituales, como el hierro o la cerámica. |

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Manolo Hugué (1872-1945), Julio González
(1876-1942), Pablo Gargallo (1881-1934), Victorio Macho (1887-1966) y Alberto Sánchez
(1895-1962), nacidos aún en el siglo XIX, pueden representar, junto a otros excelentes artistas,
esas diferentes tendencias existentes en la escultura de la primera parte de la centuria.
Podríamos destacar los volúmenes rotundos llenos de vida de Hugué; las obras en metal
de Gargallo en las que conjuga magistralmente planos y líneas compensadas de forma
deliciosa, creando abstracciones vitales de las esencias de sus modelos. Julio González,
es sencillamente la creatividad en sí misma, maneja el metal con gran virtuosismo en sus
soldaduras, en la abstracción, dramatismo y síntesis que consigue arrancar de sus
modelos, a veces elevados a la categoría totémica. Alberto Sánchez crea obras de un
gran lirismo jugando principalmente con los volúmenes, y reduce a mera anécdota llena de
simbolismo, aquellos elementos figurativos que en el clasicismo eran determinantes, como
las cabezas, rostros y manos de los personajes. Victorio Macho, y aunque pueda resultar
contradictorio, es la serenidad y sobriedad desbordada.La segunda parte del siglo va a ser igualmente
fructífera, y cada vez resultará más difícil deslindar unas artes de otras. Podríamos
recordar las dinámicas composiciones abstractas del canario Martín Chirino, los
sobrecogedores retablos de Lucio Muñoz, las grandes construcciones de planos que acotan y
modelan el espacio de Pablo Palazuelo, las sutiles y sugerentes telas metálicas de Manuel
Rivera, el continuo homenaje a la naturaleza presente en las creaciones de Gustavo Torner,
o las minuciosas construcciones volumétricas de superficies curvas y planas de Jorge
Oteíza, etcétera.
Y como no podría
ser de otra manera, capítulo propio merece la obra de Eduardo Chillida, sin duda el
escultor más internacional y legendario de nuestros días; magnífico exponente para
estos tiempos de cambio de milenio. Su nombre campea a sus anchas por ciudades y paisajes
que no olvidarán nunca su huella.
Su obra no sólo puede concebirse como un sinfín
de construcciones en el espacio, ya que éste es igualmente protagonista en sus trabajos,
y ambos están tan unidos como una almena a sus merlones en la cornisa de un castillo. La
abstracción de sus obras emana una grandeza espiritual difícilmente explicable en
palabras, y que tal vez sólo debiera compararse con los escritos más sentidos de los
místicos. Sus esculturas parecen encarnar la bondad de la propia Creación, en la que
nunca falta la razón, el equilibrio, lo diferente, la pasión, la luz, la oscuridad, lo
íntimo y lo universal, lo estático y lo dinámico, lo equitativo, lo asumible y lo
inesperado... No es difícil por lo tanto comprender que de sus manos hayan surgido
símbolos materiales de valores tan nobles, elevados, universales y necesitados, como la
tolerancia, la paz, o la libertad, de forma tan directa a nuestros sentidos como abstracta
y humana es la esencia de todos ellos. Sus característicos diseños permanecen ya
indelebles en nuestras retinas. La obra de Chillida es un canto de esperanza para el
milenio que ahora comienza. |
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