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Eduardo Chillida

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   Por Juan Carlos Ruiz Souza


El ajetreado siglo
XX, con sus desventuras, esperanzas, desilusiones y resplandores, pasará a la historia como uno de los más fructíferos en lo que al ámbito de la cultura se refiere, y lo mismo podemos decir del papel jugado por las artes y letras españolas.

Personalidades inigualables de la talla de Picasso, Gris, Dalí, Solana y Miró, de Gaudí, Sert, Oíza, de la Sota, Moneo y Calatrava, de Unamuno, García Lorca, Aleixandre, Buero Vallejo y Delibes, entre tantos otros, ha ocasionado la merecida importancia alcanzada en todos los foros internacionales de la pintura, arquitectura y literatura españolas, y ha hecho que nos olvidemos, tal vez, un poco del papel desempeñado por el arte de la escultura, protagonista con derecho propio de uno de los capítulos más fascinantes, y a la vez variado y de mayor fuerza vital, del arte español del siglo XX, igualmente presente en los museos y colecciones más importantes del mundo.

Podríamos comenzar hablando de la riqueza que supuso el Modernismo en la primera parte del siglo, por la integración o mejor dicho fusión que se consiguió entre las artes, especialmente entre la arquitectura y la escultura, y porque de alguna manera propició y permitió el desarrollo e investigación en el uso de materiales menos habituales, como el hierro o la cerámica.


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Manolo Hugué (1872-1945), Julio González (1876-1942), Pablo Gargallo (1881-1934), Victorio Macho (1887-1966) y Alberto Sánchez (1895-1962), nacidos aún en el siglo XIX, pueden representar, junto a otros excelentes artistas, esas diferentes tendencias existentes en la escultura de la primera parte de la centuria. Podríamos destacar los volúmenes rotundos llenos de vida de Hugué; las obras en metal de Gargallo en las que conjuga magistralmente planos y líneas compensadas de forma deliciosa, creando abstracciones vitales de las esencias de sus modelos. Julio González, es sencillamente la creatividad en sí misma, maneja el metal con gran virtuosismo en sus soldaduras, en la abstracción, dramatismo y síntesis que consigue arrancar de sus modelos, a veces elevados a la categoría totémica. Alberto Sánchez crea obras de un gran lirismo jugando principalmente con los volúmenes, y reduce a mera anécdota llena de simbolismo, aquellos elementos figurativos que en el clasicismo eran determinantes, como las cabezas, rostros y manos de los personajes. Victorio Macho, y aunque pueda resultar contradictorio, es la serenidad y sobriedad desbordada.

La segunda parte del siglo va a ser igualmente fructífera, y cada vez resultará más difícil deslindar unas artes de otras. Podríamos recordar las dinámicas composiciones abstractas del canario Martín Chirino, los sobrecogedores retablos de Lucio Muñoz, las grandes construcciones de planos que acotan y modelan el espacio de Pablo Palazuelo, las sutiles y sugerentes telas metálicas de Manuel Rivera, el continuo homenaje a la naturaleza presente en las creaciones de Gustavo Torner, o las minuciosas construcciones volumétricas de superficies curvas y planas de Jorge Oteíza, etcétera.

Eduardo Chillida. «Topos I» (1984). Acero cortén. 92 x 100 x 93 cm.Y como no podría ser de otra manera, capítulo propio merece la obra de Eduardo Chillida, sin duda el escultor más internacional y legendario de nuestros días; magnífico exponente para estos tiempos de cambio de milenio. Su nombre campea a sus anchas por ciudades y paisajes que no olvidarán nunca su huella.

Su obra no sólo puede concebirse como un sinfín de construcciones en el espacio, ya que éste es igualmente protagonista en sus trabajos, y ambos están tan unidos como una almena a sus merlones en la cornisa de un castillo. La abstracción de sus obras emana una grandeza espiritual difícilmente explicable en palabras, y que tal vez sólo debiera compararse con los escritos más sentidos de los místicos. Sus esculturas parecen encarnar la bondad de la propia Creación, en la que nunca falta la razón, el equilibrio, lo diferente, la pasión, la luz, la oscuridad, lo íntimo y lo universal, lo estático y lo dinámico, lo equitativo, lo asumible y lo inesperado... No es difícil por lo tanto comprender que de sus manos hayan surgido símbolos materiales de valores tan nobles, elevados, universales y necesitados, como la tolerancia, la paz, o la libertad, de forma tan directa a nuestros sentidos como abstracta y humana es la esencia de todos ellos. Sus característicos diseños permanecen ya indelebles en nuestras retinas. La obra de Chillida es un canto de esperanza para el milenio que ahora comienza.

 
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