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El trabajo del escultor rompe nuestra visión automática de las cosas. Abre un círculo
en el que los ojos y las manos, el cuerpo y la mente, atrapan las formas de un mundo
renovado. El escultor nos muestra la línea delgadísima que separa lo que es de lo que no
es. Eduardo Chillida: «En una línea el mundo se une, con una línea el mundo se
divide». El dibujo, «hermoso y tremendo», da paso a la materialidad del volumen.Eduardo Chillida: «Yo no represento, pregunto». Dar
nacimiento a las formas. En el espacio. Sin caer en el sueño dogmático de la mera
imitación. No representar. No repetir. Buscar con el ojo limpio, abierto al gran
espectáculo del mundo: «Se ve bien teniendo el ojo lleno de lo que se mira». Y así, a
través de la mirada creativa, dar forma, preguntar por la esencia de las cosas.
Desde el Gran Premio de Escultura de la Bienal de
Venecia en 1958, al que seguirían una larga lista de reconocimientos, Eduardo Chillida es
el más internacional entre los escultores españoles contemporáneos, y su obra objeto de
todo tipo de reconocimientos y distinciones. No es exagerado decir que se trata de uno de
los escultores clave de nuestro siglo.
Nacido en San Sebastián en 1924, Chillida
inició estudios de arquitectura en Madrid, que pronto abandonó para dedicarse al dibujo
y a la escultura. En 1948 y 1949 residió en París, donde, al año siguiente, produciría
su primera pieza abstracta: Metamorfosis. En 1951, ya en el País Vasco realiza su
primera obra en hierro, también abstracta: Ilarik. |

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Imbuido del espíritu de experimentación de la
vanguardia artística, en su trabajo confluye también la herencia de la gran escultura
griega, algo que dota a sus piezas con un sentido armónico y elevado típicamente
clásico. No en vano sus primeras obras en yeso brotaron del gran impacto producido por
las estatuas griegas arcaicas del Museo del Louvre.El programa de Julio González: «el dibujo en el espacio» es el punto de
partida estético de Chillida, capaz de dotar a todas sus piezas de una sensación aérea,
de ingravidez. Pero ese programa no hizo sino ampliarse y enriquecerse. En los años
sesenta juega intensamente con el papel de la luz en la escultura. Y, además del hierro,
utiliza todo tipo de soportes: madera, alabastro, hormigón, acero, granito...
Cualquier material es susceptible de la
metamorfosis creativa de Chillida, quien en 1984 reivindicó para sí la «visión del
rebelde». Un espíritu profundamente anti-dogmático inspira su relación con la forma.
En sus propias palabras: «Cuando empiezo no sé adónde me dirijo. No veo sino cierta
figura de espacio de la que, poco a poco, se destacan algunas líneas de fuerza». Es la
forma misma la que acaba imponiéndose: «Indefinible al principio, se impone a medida que
se va precisando».
Octavio Paz ha
señalado que la obra de Chillida recoge la dimensión sensible y cambiante de las formas
que constituyen el universo: «Sus esculturas no reflejan los cuerpos de la geometría en
un espacio intemporal pero tampoco aluden a una historia o a una mitología: evocan, más
bien, una suerte de física cualitativa que recuerda a la de los filósofos
presocráticos».
Esa capacidad de individuación de la forma
esencial, por medio de todo tipo de soportes materiales, es el motivo central de la
comunicación de la obra de Chillida con poetas y filósofos: comparte la misma temática,
el problema del origen de los sentidos. En su caso, claro está, a través de las formas y
el espacio.
Pero todo ello, y particularmente el difícil
sentido de ingravidez y equilibrio que su obra transmite, no sería factible sin lo que
personalmente considero el centro de gravedad del trabajo de Chillida: su increíble,
ilimitado, dominio de la escala. El punto más importante para que las formas espaciales
no queden mudas, salvajes, y hablen en cambio directamente a nuestro corazón y a nuestra
inteligencia. Para que se conviertan realmente en esculturas. |