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Eduardo Chillida

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  Por Carlos Jiménez


El lugar excepcional alcanzado por Eduardo Chillida en la escultura contemporánea lo asegura no solo la vastedad y diversidad de una obra realizada a lo largo de medio siglo de trabajo duro y fértil. Tanto o más cuenta el hecho de que él es un escultor con todas las letras y lo es en el sentido fuerte del término. En una época como la nuestra, cuando las vanguardias históricas han dejado como herencia perversa la escultura banal, portátil, light, Chillida afirma sin vacilar la escultura como una masa rotunda de acero, de piedra o de cemento, dispuesta desde su duradera resistencia a desafiar y a vencer el trabajo corrosivo del tiempo.

Este compromiso del escultor vasco con lo que de más arcaico tiene todavía su oficio, le ha permitido desoír los reclamos seductores o estridentes de las cambiantes modas artísticas, manteniéndolo en una misma línea de investigación de las propiedades físicas y las posibilidades expresivas de los materiales antes mencionados de la que El peine de los vientos de San Sebastián, La casa del padre en Guernica o el Elogio del horizonte en Gijón son ejemplos muy notables. En todos ellos, así como prácticamente en todas las obras que ha realizado desde el momento en el que alcanzó su madurez como artista, se muestra su interés por sustituir las antiguas obligaciones de la escultura con la naturaleza y específicamente con la figura humana, por el despliegue de una dialéctica abstracta, musical si se quiere, entre lo lleno y lo vacío, la ligereza y la pesantez, el equilibrio y la excentricidad. Una consecuencia de esta dialéctica es la belleza  y la otra, igualmente importante, es que esa belleza lo es porque trae a la luz y lleva hasta la plenitud las características físicas, la riqueza material si se quiere, de las piedras o de los metales en los que cada escultura ha sido hecha.

Pero todavía hay más. Las esculturas de Eduardo Chillida de los años 50, 60 y 70 inclusive, eran normalmente de pequeño o de mediano formato, pero en los 80 y sobre todo en los 90 sufren un salto de escala, sobrepasando fácilmente las 30 y las 40 toneladas de peso, como ocurre con Berlín, una escultura doble hecha en homenaje a la capital alemana, instalada actualmente en los jardines de la nueva sede la Cancillería.

Y ese cambio de escala supuso la acentuación del interés con que Chillida asume, interpreta y expresa el lugar donde ha instalado sus grandes obras. Esta virtud de su trabajo la advirtió tempranamente Martin Heidegger, quien a finales de los 50 sugirió a su editor suizo que le pidiera a Chillida ilustrar uno de sus más sugerentes escritos de la época: Die Kunst im der Raum, ‘El arte en el lugar’. El polémico filósofo alemán —a quién Paul Celán llamó la atención por primera vez sobre el trabajo de Chillida— descubrió entonces que el escultor vasco compartía su preocupación por el lugar como algo esencialmente diferente e irreductible al espacio de la geometría y las matemáticas modernas, infinito y homogéneo. A Chillida, como al Heidegger del citado escrito, no le interesa en realidad el espacio, o por lo menos ese espacio, cartesiano por más señas. Él ama e intuye por el contrario, las calidades específicas e irreductibles a ningún denominador común de cada lugar, de cada cala, de cada acantilado, de cada calle o de cada plaza, y permite que esas cualidades se manifiesten y circulen por sus esculturas y de alguna manera conmovedora canten a través de ellas. Por lo demás esta tarea de iluminación, de poner en claro las virtudes encerradas por un lugar por medio de la escultura, está en la base del proyecto más ambicioso que él se ha propuesto hasta la fecha y que consiste en perforar una vasta teoría de cámaras subterráneas en el corazón de Tindaya, una montaña mágica situada en Fuerteventura.

Peter Eisenman, uno de los más originales y controvertidos arquitectos norteamericanos contemporáneos, justificó alguna vez la arquitectura escenográfica a la que está entregado, afirmando que es una respuesta al hecho de que la realidad es hoy televisiva y puramente virtual. El reconocimiento que se le tributa actualmente a Eduardo Chillida en España y en el resto del mundo indica que todavía son muchos los que piensan lo contrario. Gentes de todas partes que consideran que el mundo todavía es consistente y duradero.

 
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