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Por Susana Calvo Capilla
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Peine del viento, San Sebastián (1977), Elogio del horizonte, Cerro de
Santa Catalina, Gijón (1989) y Tolerancia, muelle de la Sal, Sevilla (1992). Entre
las grandes esculturas realizadas por Chillida desde 1948, hemos escogido estas tres,
universalmente conocidas, quizá porque ilustran a la perfección algunos de los aspectos
de su creación que hemos recogido a continuación. La escultura de
Chillida está ligada a la idea de espacio. En múltiples ocasiones el artista se ha
referido a su relación con el espacio, que, al igual que el tiempo, considera intangible,
infinito, no es posible abarcarlo, encerrarlo o transformarlo como se intenta hacer en la
arquitectura. La realidad es que no se sabe qué es el espacio, ni el tiempo, ni el
silencio. La escultura de Chillida sólo quiere interrogarlo, estudiarlo. La materia de su
arte es el vacío, juega con las formas que lo describen, formas que crean un espacio en
su interior. Líneas curvas y rectas en unión, abiertas o cerradas, «ángulos vivos»
que generan un espacio con una escala humana, por muy grandes que sean las dimensiones de
la escultura. Porque la monumentalidad no se consigue con el tamaño sino con la fuerza
expresiva de la obra y su capacidad para conmover. Las formas de Chillida son de una
impactante y serena simplicidad. Al mismo tiempo, con ellas consigue establecer un
diálogo con el entorno natural; son esculturas que adquieren toda su expresividad ante la
línea del horizonte, entre el cielo y el mar, en fusión con las rocas y con la música o
el viento que las ha inspirado.
Los lugares para sus obras fueron
cuidadosamente escogidos. La Punta del Tenis de San Sebastián, donde está su Peine
del viento, es un lugar que Chillida frecuentaba desde su juventud para contemplar el
mar, las rocas. Según decía, aquel «lugar me eligió a mí, no yo al lugar».
Con sus peines quería hacer un homenaje al viento del Noroeste y a su ciudad natal. Para
el Elogio de Gijón encontró un magnífico cerro asomado al Cantábrico, donde en
tiempos se levantó una fortaleza militar. El monumento a la Tolerancia de Sevilla
«está de espaldas al río Guadalquivir y tiene los brazos abiertos para acoger a la
ciudad», es una escultura que «abraza», como la gijonesa. Son éstas interpretaciones
personales de Chillida, aunque al ser preguntado por el significado de sus monumentos
siempre concluía que cualquier persona con sensibilidad puede dar una diferente a la suya
e igualmente válida.
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Después de algunos ensayos
con materiales que había que modelar, la búsqueda de Chillida llegó al acero, a la
forja de espacios. De esta manera, con el trabajo en la herrería, también recogía una
tradición de su tierra vasca, de la cual se considera parte, «como un árbol» ha dicho
alguna vez. El filósofo Gaston Bachelard
le llamó «herrero del espacio», un herrero que crea objetos poéticos. Emplea asimismo
la piedra, vaciándola de la materia y respetando su naturaleza propia, porque las
imperfecciones de su superficie son expresivas por sí mismas. Sacar la materia de la
montaña de Tindaya en Fuerteventura para llenarla de espacio, idea que quedó sólo en
proyecto, o vaciar el caserío de Zabalaga y convertirlo en espacio escultórico, una de
sus últimas realizaciones, reflejan esa concepción de la materia y el espacio. Otras
veces utiliza el hormigón, un material que se adapta bien a ese modo de expresión.
En
cuanto a la música, el artista recuerda que descubrió a Bach siendo niño, por
casualidad. Desde entonces la música de Bach siempre lo acompañó, le hizo interrogarse
y meditar. Para explicar esa relación, plasmada en proyectos escultóricos como La
casa de Johann Sebastian Bach (1981), Chillida decía: «Bach se acerca a las olas del
mar, que, en apariencia, son siempre las mismas, aunque diferentes, y eso es Bach, justo
eso». La música también se puede representar con formas geométricas, pero relacionadas
con libertad, en su opinión.
Además, estas grandes esculturas, los tres
monumentos citados al comienzo, o el Gure Aitaren Etxea X de Guernica (1987) o el Monumento
a los fueros de Vitoria (1980) responden a la voluntad de Chillida de hacer obras para
la comunidad, porque éstas, defiende, son creadas para todos los hombres, en defensa de
valores o ideas universales, y es una pena que queden en manos de un solo coleccionista.
Afortunadamente, las polémicas interesadas surgidas en torno a algunos de sus proyectos
públicos nunca le hicieron desistir de esa generosa concepción del arte. |
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