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Eduardo Chillida

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   Por Susana Calvo Capilla


Peine del viento, San Sebastián (1977), Elogio del horizonte, Cerro de Santa Catalina, Gijón (1989) y Tolerancia, muelle de la Sal, Sevilla (1992). Entre las grandes esculturas realizadas por Chillida desde 1948, hemos escogido estas tres, universalmente conocidas, quizá porque ilustran a la perfección algunos de los aspectos de su creación que hemos recogido a continuación.

«Elogio del horizonte», Cerro de Santa Catalina, Gijón (1989)La escultura de Chillida está ligada a la idea de espacio. En múltiples ocasiones el artista se ha referido a su relación con el espacio, que, al igual que el tiempo, considera intangible, infinito, no es posible abarcarlo, encerrarlo o transformarlo como se intenta hacer en la arquitectura. La realidad es que no se sabe qué es el espacio, ni el tiempo, ni el silencio. La escultura de Chillida sólo quiere interrogarlo, estudiarlo. La materia de su arte es el vacío, juega con las formas que lo describen, formas que crean un espacio en su interior. Líneas curvas y rectas en unión, abiertas o cerradas, «ángulos vivos» que generan un espacio con una escala humana, por muy grandes que sean las dimensiones de la escultura. Porque la monumentalidad no se consigue con el tamaño sino con la fuerza expresiva de la obra y su capacidad para conmover. Las formas de Chillida son de una impactante y serena simplicidad. Al mismo tiempo, con ellas consigue establecer un diálogo con el entorno natural; son esculturas que adquieren toda su expresividad ante la línea del horizonte, entre el cielo y el mar, en fusión con las rocas y con la música o el viento que las ha inspirado.

«Peines del viento», San Sebastián (1977)Los lugares para sus obras fueron cuidadosamente escogidos. La Punta del Tenis de San Sebastián, donde está su Peine del viento, es un lugar que Chillida frecuentaba desde su juventud para contemplar el mar, las rocas. Según decía, aquel «lugar me eligió a mí, no yo al lugar». Con sus peines quería hacer un homenaje al viento del Noroeste y a su ciudad natal. Para el Elogio de Gijón encontró un magnífico cerro asomado al Cantábrico, donde en tiempos se levantó una fortaleza militar. El monumento a la Tolerancia de Sevilla «está de espaldas al río Guadalquivir y tiene los brazos abiertos para acoger a la ciudad», es una escultura que «abraza», como la gijonesa. Son éstas interpretaciones personales de Chillida, aunque al ser preguntado por el significado de sus monumentos siempre concluía que cualquier persona con sensibilidad puede dar una diferente a la suya e igualmente válida.


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«Tolerancia», muelle de la Sal, Sevilla (1992)Después de algunos ensayos con materiales que había que modelar, la búsqueda de Chillida llegó al acero, a la forja de espacios. De esta manera, con el trabajo en la herrería, también recogía una tradición de su tierra vasca, de la cual se considera parte, «como un árbol» ha dicho alguna vez.

El filósofo Gaston Bachelard le llamó «herrero del espacio», un herrero que crea objetos poéticos. Emplea asimismo la piedra, vaciándola de la materia y respetando su naturaleza propia, porque las imperfecciones de su superficie son expresivas por sí mismas. Sacar la materia de la montaña de Tindaya en Fuerteventura para llenarla de espacio, idea que quedó sólo en proyecto, o vaciar el caserío de Zabalaga y convertirlo en espacio escultórico, una de sus últimas realizaciones, reflejan esa concepción de la materia y el espacio. Otras veces utiliza el hormigón, un material que se adapta bien a ese modo de expresión.

«Casa de Juan Sebastián Bach» (1981). Acero cortén. 22 x 45 x 55 cm.En cuanto a la música, el artista recuerda que descubrió a Bach siendo niño, por casualidad. Desde entonces la música de Bach siempre lo acompañó, le hizo interrogarse y meditar. Para explicar esa relación, plasmada en proyectos escultóricos como La casa de Johann Sebastian Bach (1981), Chillida decía: «Bach se acerca a las olas del mar, que, en apariencia, son siempre las mismas, aunque diferentes, y eso es Bach, justo eso». La música también se puede representar con formas geométricas, pero relacionadas con libertad, en su opinión.

Además, estas grandes esculturas, los tres monumentos citados al comienzo, o el Gure Aitaren Etxea X de Guernica (1987) o el Monumento a los fueros de Vitoria (1980) responden a la voluntad de Chillida de hacer obras para la comunidad, porque éstas, defiende, son creadas para todos los hombres, en defensa de valores o ideas universales, y es una pena que queden en manos de un solo coleccionista. Afortunadamente, las polémicas interesadas surgidas en torno a algunos de sus proyectos públicos nunca le hicieron desistir de esa generosa concepción del arte.

 
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