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Eduardo Chillida

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   Por Javier Arnaldo


El canto V de la Ilíada cuenta la muerte de Pándaro de manos de Diomenes. Pándaro, acompañado por Eneas, se había acercado al héroe griego para retarle con una lanza, «y blandiendo la ingente arma, dio un bote en el escudo del Tideida: la broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la loriga». Y el preclaro hijo de Licaón exclamó el primero: «Atravesado tienes el ijar y no creo que resistas largo tiempo. Inmensa es la gloria que acabas de darme». Pándaro había errado el golpe, y esas fueron sus últimas palabras, antes de sentir atravesada su propia cabeza por la lanza de Diomedes.

Cuando vemos los hierros de Eduardo Chillida recordamos pasajes épicos como éste. Puesto que la inmensa resistencia del material es el primer acicate de su musa heroica. Chillida, como Homero, encarece los cortes limpios infligidos en cuerpos fuertes y, como él, relata la vida en el punto exacto de su sedimentación, en la herida, en la línea quebrada que dibuja en el corazón, como un arabesco, la victoria del oponente. En Gran temblor (1957) se muestra una memoria espoleada, la del hierro forjado, que se reconoce vivo en la fragua que lo desarma. Sus «yunques de sueños» levantan y retuercen en una rúbrica sublime un tocho de hierro forcejeado hasta llegar al punto de su consciencia onírica.


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Gran canto (Abesti gogora, 1961) es el título de la primera escultura en madera que hizo Chillida, y un tema en el que abundó. La madera se ofrenda a sí misma, se convierte en su forma ritual, en la pira en la que pasa a preparar la forma épica del elemento con el que compite, el fuego. Puesto que se trata de dar forma al sedimento de la memoria, algo que nadie domina, algo que nos domina, como un espasmo, como un rayo, cuando cae, y converge con el canto. «Alerta y libre hasta el final, guiado sólo por un aroma», dice una consigna de Chillida que habla de esa entrega.

«Lurra 67» (1985). Terracota. 29 x 31 x 38,5 cm.No sólo el hierro y la madera han sido los materiales de Chillida, también piedras como el granito y el alabastro, los soportes más duros y más blandos, como el acero y la tinta y el papel, incluso el barro cocido, que ha empleado asiduamente en los años ochenta y noventa para la ejecución de sus célebres Lurras. Porque este poeta transforma todos los nombres, sea cual sea su consistencia, en material épico.

El itinerario del Chillida argonauta transcurre entre el Asia Menor y su País Vasco natal.

Las obras de sus comienzos, como Torso (1948) y Concreción (1950), derivan del nutriente de la estatuaria arcaica griega, de los ídolos cicládicos, de resonancias minoicas. Sus trabajos más monumentales de momentos posteriores, como, por ejemplo, el Peine del viento (1979) y el Elogio del cubo, homenaje a Juan de Herrera (1990), buscan su reflector en la bruma vasca, que sujetan como un trofeo. Ese itinerario geográfico improbable, ciertamente accidentado, ha sido recorrido por el escultor cien veces al día en el interior de su estudio y ha cristalizado en múltiples estatuas. Precisamente todo el trabajo de décadas, la aventura interior que Chillida ha dejado realizada, conforma, celebrando todo el espacio que abraza, un solo y sonoro arabesco, cuyos ecos amplifica cada una de las piezas.

 
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