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Memoria de Luis Cernuda

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Por Jorge Urrutia


El 5 de octubre de 1960, Luis Cernuda, en el exilio angloparlante, escribe estos versos:

No he cambiado de tierra,
porque no es posible a quien su lengua une,
hasta la muerte, al menester de poesía.

La poesía habla en nosotros
la misma lengua con que hablaron antes,
y mucho antes de nacer nosotros,
las gentes en que hallara raíz nuestra existencia.

Cernuda en México hacia 1960. AREEste poeta transterrado afirma que no ha cambiado de tierra, que sigue viviendo allí donde siempre estuvo. El primer poema de Díptico español se titula «Es lástima que fuera mi tierra». Un lector superficial pudiera interpretarlo como un poema antiespañol, la obra de un renegado. El poeta recuerda una tierra de muertos:

Adonde ahora todo nace muerto,
vive muerto y muere muerto.

Un país cuya historia fue hecha «por enemigos enconados de la vida». Asegura el poeta que es español:

[...]
a la manera de aquellos que no pueden
ser otra cosa: y entre todas las cargas
que, al nacer yo, el destino pusiera
sobre mí, ha sido esa la más dura.

Poeta de todos y de ningún lugar, Luis Cernuda había huido de su casa y de su calle, de su barrio y de su ciudad («... habiendo pasado la niñez y juventud primera en Sevilla, donde la gente pretendía vivir, no en una capital de provincia más o menos agradable, sino en el ombligo del mundo, con la falta consiguiente de curiosidad hacia el resto de él...») para encontrarse sólo en su propia tierra de poeta.

No puede leerse la primera parte del Díptico español sin completarla con la segunda, «Bien está que fuera tu tierra». Así comprendemos que la huida de Cernuda no era sino una búsqueda y un hallazgo. Tempranos la una y el otro.

Niño eras cuando un día
en el estante de los libros paternos
hallaste aquellos [...]

Fueron unos libros mágicos que le descubrieron la otra realidad, «el encanto de España en ellos no perdido». Gracias a esos libros, Cernuda es consciente de que, al menos, puede hablar a unos pocos, a los que escuchan o leen. Por eso —y lo declara al final del Díptico— la España real no es la obscena y deprimente, sino:

[...]
esta España viva y siempre noble,
que Galdós en sus libros ha creado.

Pocos poemas tan españolistas como éste. Cernuda se alinea junto al país intrahistórico, el que nunca gobierna y siempre, bajo cualquier régimen, ha sido gobernado. Un país que, para él, sólo es lengua, idioma, literatura. El idioma como patria.

 
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