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Memoria de Luis Cernuda

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Por Milagros Salvador


Luis Cernuda en casa de Álvaro de Albornoz, Madrid, 1935. ARE Cernuda es uno de los más significativos poetas que hace verdad el axioma de que la poesía es el significado de la vida personal, la interpretación sublime del espacio vivencial individualizado, y de la relación de expresión y existencia. En el ensayo El perfil del poeta en la historiografía literaria, Walter Muschg nos dice que «llamamos individualismo a toda consideración literaria en que prevalece el individuo creador como última instancia de la historiografía». En este sentido, la individualidad de Cernuda nos permite estudiar el desarrollo de su poética desde su más pura originalidad. «La lengua del poeta, no sólo es materia de trabajo, sino la condición misma de su existencia», nos dice Cernuda en Variaciones. La poesía es siempre una postura ante la realidad.

De profunda raíz lírica, él mismo nos da una pista inequívoca de cómo conecta con el romanticismo, cuando el poeta, en Ocnos, escribe:

Aún sería Albanio muy niño cuando leyó a Bécquer por vez primera [...] Mas al leer sin comprender, como el niño y como muchos hombres, se contagió de algo distinto y misterioso, algo que luego, al releer otras veces al poeta, despertó en él tal el recuerdo de una vida anterior, vago e insistente, ahogado en abandono y nostalgia.

Así es como participará en el drama del hombre, igual que los románticos, en su vivir espiritual y trascendente, y, cómo no, en su desamparo. Esta orientación marcará el itinerario poético de nuestro autor, en quien, como en un espejo, se irán reflejando las emociones, las pasiones y los conflictos desde lo inalcanzable.

En la adolescencia, edad en la que descubrimos el sentimiento de la intimidad, deslindando el yo del no-yo, unido precisamente por ello a la revelación amorosa, el poeta conoce la limitación del deseo, contrastando con el ideal que ha identificado con el amor y que le ocasionará la decepción y finalmente, la desilusión, un inevitable desencanto. En el poema No intentemos el amor nunca, y con tan expresivo título, nos dice:

Aquella noche el mar no tuvo sueño.
Cansado de contar, siempre contar a tantas olas,
Quiso vivir hacia lo lejos,
Donde supiera alguien de su color amargo.
[...]
Adonde acaba el mundo.

Y donde, precisamente, termina el mundo también para el poeta.


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Cernuda, Madrid, 1936. AREEn 1927 Luis Cernuda conoce a Juan Ramón Jiménez: esta es una fecha significativa. Con atención podemos reconocer el aroma juanramoniano que se sentirá en poemas que serán escritos durante estos años, años muy importantes en la trayectoria poética de nuestro autor, y en los que consolidará su irrenunciable vocación. Ese aroma lo vemos, por ejemplo, en la palabra sensible que el poeta escoge cuidadosamente y que, siempre por el camino de la belleza, parece que quiere llevarnos más allá de su propio significado.

La confrontación entre la apariencia y la verdad dará como fruto el título en el que el mismo Cernuda enmarcará su obra poética y que, en definitiva, es la expresión de un conflicto: La Realidad y el Deseo. Elijamos, como muestra emblemática, estos versos:

El deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe.

Imposible deseo, este será uno de los hilos conductores de su poesía a lo largo de su vida, tan manifiestamente poetizado, contagiando este sentimiento a muchos de los títulos de sus poemas. Este deseo, tan presente en la obra cernudiana, como una espiral creciente, está unido a la expresión del eros y al placer de la posesión del cuerpo («Tu deseo es beber esas hojas lascivas»), en que, además de la dimensión personal-existencial, enlaza con la dimensión social de la prohibición expresa. Con esos «placeres prohibidos, planetas terrenales» hace alusión a los límites («Límites de metal o papel») impuestos desde fuera, sentidos desde su individualidad sexual personal:

Extender entonces la mano
es hallar una montaña que prohíbe.

Podríamos rastrear su verdad más íntima, la verdad de sí mismo, que:

[...]
no se llama gloria, fortuna o ambición
sino amor o deseo.

Hasta llegar al sentimiento de la propia identidad, preocupación del poeta y tema que confluye en muchos de sus poemas:

Como esta vida que no es la mía
Y sin embargo es la mía
como este afán sin nombre
que no me pertenece y sin embargo soy yo.

En el poema Dejadme solo tenemos una definición de la verdad y su vecindad con la mentira:

Una verdad es color de ceniza
otra verdad es color de planeta
[...]
Verdades o mentiras
Son pájaros que emigran cuando los ojos mueren.

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El sentimiento cada vez más contrastado con la realidad, la apariencia y el desengaño resultante, le irá acentuando el concepto de soledad, una de las palabras que se repite con frecuencia a lo largo de sus versos. Poeta de la soledad incluso dentro de su generación, de su exilio personal. Lo podemos describir con sus mismas palabras:

La soledad está en todo para ti, y todo para ti está en la soledad [...] Isla feliz adonde tantas veces te acogiste [...] Entre los otros y tú, entre el amor y tú, entre la vida y tú, está la soledad.

Pero esta soledad, que podríamos llamar sustancial, no tiene siempre una implicación negativa, (como la tiene la ausencia). Él mismo la llama «luciente como el carbón que es el diamante», una soledad que incluso el poeta puede llegar a encontrar benéfica , hasta el punto de que un poema llega a titularse «Alegría de la soledad».

Cernuda, México, 1960. AREY el poeta avanza por los senderos de la vida y de la desilusión al mismo tiempo (Como quien espera el alba), y este sentimiento, con una intensidad que ya no abandonaría nunca, lo lleva al concepto de tiempo cada vez más unido a la muerte, última etapa del olvido, con una expresión de resignación por no haber alcanzado la culminación del deseo, de sus deseos: «Mas los días esbeltos ya se marcharon lejos». Cernuda poetiza el sentimiento con su himno a la tristeza, como una concienciación de vuelta atrás sentida a través de los días juveniles que se alejan, de vuelta atrás a su infancia, a su tierra, y, de una forma conceptual, a su patria, expresión de su destierro. Como en el poema Impresión de destierro (con ese «España ha muerto») o en el poema que se titula Es lástima que fuera mi tierra, en el que amor y dolor se enlazan de una manera inseparable. Así, cuando es tiempo de escribir el pasado, poemas como el dedicado a Federico García Lorca o a Larra con unas violetas no pueden ser más conmovedores. En un demoledor verso nos dice: «Caí en lo negro», en ese miedo insaciable donde se adivina el deslizamiento y abandono desde la cumbre del amor no realizado, esa línea invisible de su existencialismo, que no por casualidad conecta con el de los años 30.

Cernuda logra con el tratamiento de sus temas un aspecto de intemporalidad, al universalizar sus propias vivencias como desgarro existencial ilimitado en el que el lector puede llegar a reconocerse. Es el drama del hombre de siempre. Acaso sea ésta una cualidad que ha hecho que su importancia dentro de su generación haya ido en aumento, a diferencia de otros poetas, coetáneos suyos, a los que empieza a rozarlos el olvido.

 
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