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Memoria de Luis Cernuda

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Por Fanny Rubio


Luis Cernuda en Middlebury College, Vermont, en el verano de 1948. ARE Luis Cernuda comienza a vivir la etapa definitiva —tal vez trágica, mas esperanzada— de su vida a partir del libro Las nubes (1937-1940), que pensó titular Elegías españolas, título asimismo, en singular, de uno de los poemas más escrutadores del conjunto. Una parte del libro fue escrita en España; otros poemas nacieron en París e Inglaterra. En Las nubes, las referencias a la muerte de García Lorca, el texto dedicado a Larra, o el significativo «Lamento y esperanza» («Si con dolor el alma se ha templado, es invencible»), abonan el sentido de dualidad de la poesía cernudiana de posguerra, en la que cooperan el pesimismo existencial y la necesidad de superar el trauma bélico mediante la esperanza, tanto como posibilidad de regeneración en el espacio del vivir, como la de fundirse en el espejo del no-ser, para regenerarse de nuevo, como sucede en el poema «Lázaro».

Los especialistas señalan alrededor de estos textos el tercer nacimiento poético de Luis Cernuda a partir del contacto con la literatura en lengua inglesa, experiencia posterior al contacto con la poesía andaluza en su primera época, o al descubrimiento, después, del surrealismo. La influencia decisiva de esta fase, también definitiva, de culminación la toma del poeta norteamericano de raíz familiar inglesa T. S. Eliot. Con esta fusión, la poesía de Cernuda se contagia de valores «impuros»; la lengua se erige coloquial, y los temas contribuyen a crear una nueva arquitectura memorialista. Se desplaza el eje de la antigua subjetividad hacia planos objetivistas, pero la métrica opta por formas regulares de versificación. Además, el tema de España, que fue una constante de su preocupación moral, es enfocado por el punto de vista de un exiliado, impregnado progresivamente de un sentimiento de pérdida en un espacio de extrañamiento tan personal como colectivo. En este periodo de su exilio, Cernuda ahonda incluso en la relación de la palabra y la experiencia.

«Retrato de Luis Cernuda» (1952-1954), por José Moreno Villa. AREEs a partir de Las nubes cuando reaparece su preocupación por la teoría y la creación de realidades imaginarias que fluyen por los versos en tiradas cada vez más irregulares, como en el poema «Góngora» de Como quien espera el alba. En esta fase tan compacta y emotiva asistimos a la preocupación cernudiana por el legado poético en «A un poeta futuro», abriéndose camino el tema de la propia muerte. En esa disposición está Luis Cernuda cuando escribe Vivir sin estar viviendo, especie de muerte metafórica que Cernuda relaciona con el episodio de la Cueva de Montesinos del Quijote, y, como tal, lo ayuda a trazar una frontera con la que ha de ser su producción mejicana, en alguna medida, un renacimiento más vibrante que los distintos nacimientos de anteriores etapas. Con las horas contadas, libro vital que remite a amores muy concretos que, sin embargo, admiten una interpretación petrarquista, más aún, neoplatónica, con poemas como «Águila y Rosa», «Nocturno Yanki» o «Remordimiento», seguimos a un Cernuda existencial. Dentro de este último título, «Poemas para un cuerpo» constituye su legado erótico:

Estas líneas escribo,
Únicamente para estar contigo.

Finalmente, Desolación de la Quimera es un libro maduro, sarcástico, con referencias explícitas a la literatura, la poesía y los poetas, y los artistas de todos los tiempos, donde esculpe también una poética de la esperanza para el humano:

Mas ni dioses, ni hombres, ni sus obras
Se anulan si una vez son: existir deben
Hasta el amargo fin, perdiéndose en el polvo.

En el libro de poesía en prosa Ocnos (generado paralelamente a otros libros de prosa ensayística) que conoce tres ediciones en la vida de Cernuda (1942, 1949, 1963), el poeta sevillano reelabora el mito de España en el poema «Ciudad Caledonia», como había hecho en «El ruiseñor y la piedra» de Las Nubes. Ocnos regresa al mito del jardín de la infancia y conecta con la idea del tiempo machadiano (por Antonio Machado), el tiempo que carcome la vida y atiza el ascua del recuerdo y la espera, la gran dualidad que supera el nihilismo de sus textos más áridos.

 
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