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Memoria de Luis Cernuda

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Por Antonio Núñez


Luis Cernuda en Sevilla, hacia 1926. ARELa muerte de Luis Cernuda, acaecida en su exilio mexicano en noviembre de 1963, tuvo una resonancia especial en Ínsula. El director de la revista, Enrique Canito, sentía un profundo afecto hacia la persona y una grandísima admiración hacia el poeta; pero estos sentimientos, tan positivos para relacionarse con el común de los mortales, no parecían equipaje suficiente para transitar por el puente levadizo de la personalidad cernudiana. No era en efecto Cernuda, como es bien sabido, hombre de trato fácil. Atormentado por diversos conflictos interiores y, en particular, por la idea obsesiva de que sus paisanos lo odiaban y que, muerto él, olvidarían su obra, era proclive al trato distante, frío, impersonal, que subrayaba su refinada elegancia indumentaria, guantes ingleses incluidos, y un cierto aire en el rostro, «como de filipino», según le pareció a Concha Méndez el día que lo conoció en la librería de León Sánchez Cuesta. Un poema crepuscular, amargo y duro donde los haya, resume airadamente el estado de ánimo del sevillano en sus años postreros:

Contra vosotros, y esa vuestra ignorancia voluntaria,
Vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme.
Pero aguardáis al día cuando ya no me encuentre
Aquí. Y entonces la ignorancia,
La indiferencia y el olvido, vuestras armas
De siempre, sobre mí caerán, como la piedra
Cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis
A otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra
Precipitó en la nada, como al gran Aldana...

Conocedor de los rasgos de carácter de su viejo amigo y de las dificultades que conllevaba su trato, siquiera fuera en el plano epistolar y desde la distancia americana, Canito era muy cuidadoso en su relación con el poeta, que dejaba al cuidado de José Luis Cano, entonces secretario de redacción de la revista Ínsula. Probablemente exista en alguna parte constancia epistolar entre los dos hombres, pero no he conservado ni una sola carta de Cernuda a Canito, pese a que éste había editado en las ediciones de Ínsula el hermosísimo Ocnos y la traducción del Troilo y Crésida de Shakespeare, además de mantenerle perpetuamente abiertas a Cernuda las páginas de la publicación. Muerto el poeta, Ínsula le dedicó un número especial, el 207, de febrero de 1964. Las magníficas páginas de ese número no subrayaron, en cambio, una relación humana que venía de lejos, con toda seguridad a causa de la enorme modestia que ponía de manifiesto Canito en cualquier circunstancia.


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Cernuda y Enrique Canito se conocieron en aquella Sevilla que me imagino de polvo y de sol del año 1919, ambos condiscípulos en el preparatorio que debía conducir con más pena que gloria al poeta a la licenciatura de Derecho, y a Canito a finalizar años más tarde la carrera de Filosofía y Letras y a ejercer una cátedra de francés en los Institutos de Enseñanza Media de Zafra, Alicante y Madrid; en 1943, depurado de la cátedra por el ministro de Educación Ibáñez Martín a consecuencia del extraño cargo de «excesiva honradez laica» que figuraba en el expediente y que fue imposible rebatir, Enrique, con la ayuda económica de algunos amigos (Darío Fernández Flórez, Olga Bauer, entre otros) fundó la librería Ínsula de la calle del Carmen; en enero de 1946, salió a la calle el primer número del papel literario del mismo nombre.

«El poeta en Cambridge», por Gregorio Prieto, hacia 1945. Museo de la Fundación Gregorio Prieto, ValdepeñasComo es sabido, Cernuda marchó al exilio después del triunfo de Franco: Reino Unido, Estados Unidos, México, y antes de que la muerte lo sorprendiera a edad relativamente temprana, parece que albergó la ilusión y llegó a disponer de pasaporte (o eso nos contaba su íntimo amigo el pintor Gregorio Prieto en la tertulia de Ínsula) para volver a España. Al parecer, el poeta quedó fascinado con la cálida acogida que le dispensaron en el Consulado español cuando acudió a sus oficinas para preparar los papeles del regreso. Hombre acostumbrado a vivir en permanente conflicto interior, el poeta podía sentirse halagado, y en cierto modo alentado a volver, por el trato deferente de un modesto funcionario consular, tan frágil y difícil era su entramado nervioso y sentimental; su estado de ánimo, cuando dejó los Estados Unidos y emprendió el camino de México, era malo. «Estaba apesadumbrado» —escribe Prieto acerca del poeta cuando los dos amigos se ven, previa cita, al pie del reloj de la neoyorquina Grand Central—. «Todo eran quejas y sinsabores.».

Me contaba Canito que, en la Universidad de Sevilla, Cernuda daba muestras de su congénita tendencia al aislamiento y la soledad, especialmente cuando alguno de sus condiscípulos sugería dirigirse en grupo a algún baile de modistillas. Hizo pocos amigos, aunque algunos buenos, como José de Montes González o Higinio Capote Porrúa. Pero nunca se tuvo constancia de que Cernuda aceptara emplear su tiempo en un menester que no fuera la poesía. Pedro Salinas, maestro de los dos jóvenes en el preparatorio de la Universidad sevillana, acusaba a Cernuda de «falta de vitalidad», lo que evidentemente no hacía gracia al poeta, pero persuadido de la gran talla poética de su alumno, no tuvo inconveniente en apoyarlo para que se trasladara a Madrid y procurarle luego, en 1928, un lectorado de español en la universidad de Toulouse, puesto que vendría a ocupar Enrique Canito al año siguiente.

Cualquiera que haya frecuentado en el pasado el viejo local de la librería Ínsula en el número 8 de la calle madrileña del Carmen, recordará, enmarcado sobre la puerta de entrada, un precioso dibujo de línea con los pies desnudos de un hombre: son los pies de Luis Cernuda, y Gregorio Prieto se vanagloriaba de haberlos dibujado del natural en la casa que ambos compartieron en Londres.

 
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