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Memoria de Luis Cernuda

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Por Pedro Carrero Eras


Ascensores del metro en la Red de San Luis a punto de desaparecerEncontrarse no significa aquí encontrarse por primera vez, pues ya se conocían. Es uno de esos episodios de trámite, que se cita de pasada, pero que, precisamente por ello, por su fugacidad cargada de una total elipsis, atrae nuestra atención. Al publicar parte de su epistolario inédito del 27 en el número de Ínsula de mayo de 1988, José Luis Cano desvela algunos datos de su relación con Luis Cernuda. Dice que lo conoció en 1932 en casa de Vicente Aleixandre, quien, una vez por semana, reunía a sus amigos en amena tertulia (por allí solían pasar Lorca, que era el más divertido, Altolaguirre, Dámaso Alonso, a veces Pablo Neruda y el propio Cernuda). Y añade Cano a continuación: «Pero fuera de Velintonia 3 [el domicilio de Aleixandre] apenas tuve relación de amistad con el autor de La Realidad y el Deseo, y lo vi muy pocas veces, una de ellas en su casa de Viriato, coincidiendo mi visita con la de Juan Gil-Albert, y otra en el metro» (esta última cursiva es mía). En el Itinerario biográfico de Cernuda que figura en esta exposición he indicado algunos datos significativos en relación con el año 1932.

Según el Diccionario general de Madrid, el metropolitano tenía en 1932 sólo dos líneas, la 1 (Tetuán-Sol-Puente de Vallecas) y la 2 (Ventas-Sol-Quevedo). Además, existía el ramal Ópera-Norte, y en septiembre de ese mismo año se inaugura el tramo Diego de León-Goya, embrión de la futura línea 4. De cualquier forma, en aquel Madrid anterior a la guerra, de dimensiones muy pequeñas si se compara con el mastodonte que es ahora, las probabilidades de encontrarse a un amigo o conocido tanto en la superficie como en el subterráneo eran mayores. Si, como dice Cano, Cernuda vivía en Viriato (y ya no en la calle Fuencarral, donde residía, según nuestros datos, hacia 1929), lo más probable es que el encuentro fuera en algún andén o en algún vagón de la línea 2, que era la de Quevedo. También pudo ser en la 1, pero esto es ya irrelevante.


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Nunca le pregunté a José Luis Cano por ese episodio, y ahora, por desgracia, ya es demasiado tarde, pero puedo reconstruir la escena de ese encuentro fugaz en el metro, como una de esas casualidades que, sin mayor trascendencia en ese momento, quedan después grabadas en la memoria con un sello especial. Y en esto, como en todo, siempre existe el riesgo de equivocarse. Imagino a José Luis, con sus veinte años (diez años más joven que Cernuda), respetuoso, afable y tímido, pero con ese brillo de hospitalidad en la mirada que nunca le ha negado a nadie.

Cernuda, Madrid, 1929. AREY a Cernuda, cortés, atildado y, probablemente, distante, quizá desconfiado. Hay un dato relevante en lo que cuenta Cano en su Epistolario del 27, de 1992, y que no aparece en el citado artículo de Ínsula de 1988, pues, justo después de hablar de su encuentro en el metro, dice: «Por cierto que Cernuda tenía la particularidad, entre otras muchas, de que cuando estrechaba la mano de un amigo, elevaba el nivel de su mano, obligando al amigo a hacer igual». José Luis dice que nunca fueron, lo que se dice, amigos, salvo en un período de relación epistolar, estando ya Cernuda en el exilio, que va desde 1945 a 1958, y que Cernuda cortó de una manera brusca, sin duda debido a una de sus habituales susceptibilidades. En 1932 lo más probable es que los dos poetas intercambiaran en el metro frases rutinarias, por ejemplo, sobre si irían o no la próxima semana a la tertulia en casa de Aleixandre o algo por el estilo. De lo que sí estoy seguro es de que aquel fugaz encuentro significó mucho más para José Luis que para Luis Cernuda, porque 56 años después lo tiene aún bastante fresco en la memoria. Y, aparte la buena memoria de José Luis y su devoción hacia los poetas del 27, no es para menos. Cernuda no es en 1988 un desconocido u olvidado: hace tiempo que ha entrado en el Olimpo de la poesía española contemporánea.

Un dandi en el metro: Luis Cernuda. Quizá entonces ya era difícil encontrar a un dandi en el metro de Madrid, pero hay que tener en cuenta lo limitado y prohibitivo del parque automovilístico, y lo costoso de tomar un taxi. Sabemos, además, que Cernuda no nadaba, precisamente, en la abundancia, y que lo exquisito de su indumentaria debía de costarle auténticos sacrificios (él mismo contó que lloraba de impotencia, incluso, delante de los escaparates de las tiendas, por las prendas que no se podía comprar). Además, el metro de entonces, casi estrenado, con sus discretas ampliaciones, todavía no debía ofrecer ese aspecto cochambroso que tuvo en la larga e interminable posguerra.


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De izquierda a derecha: Dámaso Alonso, Luis Cernuda, Federico García Lorca y Vicente Aleixandre, en el homenaje a la hispanista francesa Mathilde Pomès en el restaurante Buenavista (Madrid, 1931), AREPoco imaginaba Cernuda las vueltas que iba dar la vida y que aquel muchacho, José Luis Cano, aprendiz de escritor, que iba por la tertulia de Aleixandre y que un día de 1932 se encuentra en el metro, sería con el tiempo, y en concreto en la posguerra, uno de los valedores y de los pocos amigos que tendría en este país. En las citadas cartas que, desde el exilio, Cernuda escribe a Cano, saltan a la vista las habituales manías del autor de La Realidad y el Deseo: por ejemplo, esa constante preocupación e insatisfacción por las críticas que su obra provocaba (incluidas las del propio Cano, al que le reprocha amablemente que no ha llegado a entender bien su poesía), o esa obsesión por los desaguisados que los correctores de pruebas puedan hacer con sus poemas, o su cólera hacia ciertas editoriales a las que acusa de no interesarse por la poesía, y otras amarguras por el estilo. Sin duda no le faltaba razón a Cernuda para tantos resquemores, porque el mundo no está bien hecho y hay por ahí mucha gente suelta que es superficial, mezquina y ruin.

Lo malo es que en esa relación epistolar el que recibe las bofetadas es José Luis Cano, hasta el punto de que cuando Cernuda se entera de que una antología de sus poemas —eso sí, sin su autorización— está siendo preparada por Cano, le envía una carta a éste insultándole. «Insultándome» es lo que dice Cano en el artículo de Ínsula, pero años después mitiga la expresión en el Epistolario, pues dice: «... me escribió profundamente disgustado» . Lo cierto es que, en la carta, escrita desde México, de 1 de julio de 1950, Cernuda lanza una acusación contra Cano, aunque emplea el subjuntivo: «A menos que no te importe que yo estime tu conducta en este asunto de entera mala fe». También Dámaso Alonso le debió de hacer a Cano objeto de su iracundia por el mismo motivo, pero en este caso, con antología ya publicada, según lo que José Luis nos cuenta en un poema titulado Retrato de Dámaso, escrito en 1970 para un homenaje que se le hizo al autor de Hijos de la ira cuando se jubiló:

Dámaso iba
y venía.
Se enfadaba,
refunfuñaba
y estallaba
de cólera y
de ira.
«No estoy bien representado
en esa Antología»...

(¡Cuánto tuviste que aguantar, José Luis, querido amigo, con tu proverbial bonhomía!) Pero, en fin, son miserias de la República de las Letras (¿y dónde no las hay?). Hago mío, ahora, el verso con que Cernuda termina el poema La familia: «Perdón y paz os traiga a ti y a ellos».

José Luis Cano seguiría tomando el metro a lo largo de su vida (por ejemplo, cuando salíamos, junto con otros amigos, de la tertulia de Ínsula, en la Gran Vía, en la década de los 80). Mucho antes, en uno de sus poemas más bellos, «Oda a una muchacha desconocida», del libro Voz de la muerte (1940-1944), había escrito:

Jamás podré continuar mi ligero paso indiferente
cuando tú apareces cada mañana por la boca del Metro,
todavía con un sueño triste en los ojos
y un andar lento y melancólico.


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