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Por Carlos Álvarez-Ude
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Soy de las personas que piensan, siguiendo el
magisterio de mi principal maestro, don Ricardo Gullón, que no hay que dedicar espacio ni
tiempo a lo que no merece la pena. Sin embargo, tengo, por esta vez, que romper una lanza
a favor del magistral «Prólogo» de Ángel Rupérez a la antología que, para la
colección Austral, de Espasa Calpe, ha hecho de la poesía de Luis Cernuda, un poeta,
como el propio Rupérez anota, mal leído, mal estudiado, peor utilizado, por poetas,
críticos, etcétera.Y lo hago porque soy
amante de la Poesía; porque no soy poeta y, en realidad, no me va nada en ello como autor
que reclame su presencia en los medios de comunicación. Suponer que, quizá, Rupérez sea
homofóbico por no incluir este o aquel poema que induce a pensar en su homosexualidad, es
demasiado suponer y, además, nada crítico. Seamos serios: ser poeta no es una carrera de
fondo autobiográfico. Y ser crítico no es decir, sin más, que tal o cual lectura es una
sola lectura, incluso decir que Cernuda no quiso editar su traducción del Troilo y
Crésida de Shakespeare en la colección Adonais de poesía porque era «muy
pequeña», por no estar bien informado (supongo) y no matizar que, en realidad, la
publicó en una colección, entonces mucho «menor», como la de Ínsula.
Lo más importante
de esta antología, a la que me refiero, es la recuperación de un poeta en su propia e
íntima dimensión. Ya no se trata del asunto maldito del canon. Se trata de leer la obra
de un autor, de un gran autor, con independencia de si perteneció a tal o cual
generación (discurso que sólo puede beneficiar en lo didáctico, poco en la lectura
crítica). Por supuesto, cada persona es producto digámoslo así de su
época, de su tiempo, pero hoy, ayer y mañana cada uno, visto desde nuestro propio
tiempo, es como es, y, desde luego, el que es o ha sido universal lo ha sido ayer, lo es
hoy y lo será mañana, independientemente de quienes fueran sus compañeros de viaje.
Efectivamente, Cernuda está imbricado en la
llamada Generación del 27, pero seguir insistiendo en que los antologados (para
mí, de manera tendenciosa) por Gerardo Diego formaban un grupo cohesionado, es faltar a
la verdad. Y Ángel Rupérez mete el dedo en la llaga de lo que ya es una realidad a
gritos: la generación del 27 es un invento didáctico heredado de algunos de los poetas
que en aquellos años empiezan a despuntar, en realidad para calificar a unos y
descalificar a otros. ¡Cuántos poetas y narradores se están recuperando hoy
por no haber sido incluidos en las antologías pertinentes! Ya advirtió en su día José
Luis Cano que se trataba más de un grupo de poetas al cual les unía, sobre todo, la
amistad. Como bien advierte Rupérez en su introducción:
Esa especie de rasero igualitario perjudica
claramente a los mejores y beneficia ostensiblemente a los peores. Los mejores, siempre,
no son generación ni nada que se lo parezca porque son ellos mismos, solos,
idiosincrásicos, individuales, aun cuando puedan estar coyunturalmente acompañados por
otros poetas de su tiempo con los que pueden compartir proyectos, ideas comunes,
amistades, juergas, amoríos, francachelas, viajes pagados por el erario público,
antologías, etc. [
] ¿Qué sentido tiene que hablemos de características
generacionales si los miembros de esa fantasía no tienen nada que ver en nada en
absoluto, por más que algunos de ellos fabricaran la ilusión?
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Se me vienen a la cabeza varios nombres, en el sentido de haber quedado excluidos de la
Pléyade por no estar en antologías generacionales: Alfonso Costafreda, Manuel Padorno,
Antonio Gamoneda, Félix Grande, Aníbal Núñez
, por citar sólo unos pocos, pues
la lista es mucho más larga. (Pido disculpas a los que, sintiéndose en esta situación y
se crean merecedores de mayor atención, no he nombrado.) Además, todo esto me lleva a pensar en algo tan
poco habitual en el panorama académico de este país: aquí, apenas existe la literatura
comparada. Es como si todo tuviera que producirse por la consabida «correlación de
fuerzas». Luis Cernuda, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Ramón Otero Pedrayo
(los cito porque no están vivos) son grandes poetas, no porque vivieran tal o cual
época, no porque estuvieron rodeados de tales o cuales autores, no porque aparecieran en
tal o cual antología. No, son grandes poetas porque su obra no tiene tiempo, es para
siempre, es universal; es más, marcan su época. Lo demás, son mentirijillas del
«triunfador de la vida» Como nos dice el propio Cernuda: «Detesto [...] las vedettes,
los stars, toda esa listeza y habilidad que hoy parece ser lo único importante en
la vida». Parece que nos habla hoy, recuerda momentos que estamos viviendo en la
actualidad. ¿Quién relee hoy a Campoamor? Yo le recuerdo a diario porque vivo en una
calle que lleva su nombre; otros lo utilizan para elaborar su triunfo inmortal
arrimándolo a un canon muy determinado.
Y, abundando más, y como ejercicio didáctico,
escuchen una canción de Luis Eduardo Aute y, luego, compárenla con la que quieran de
otro «trovador de la experiencia» (letra y música incluidas).
Por
otro lado, creo que Rupérez explica muy bien cómo Cernuda, en un determinado momento de
su vida, se siente extraño en la sociedad que le ha tocado vivir. Y no es sólo que su
homosexualidad le provoque una marginación, sino más bien su poética, al desmarcarse de
contemporáneos suyos que, se supone, pertenecen a la misma generación. Pensemos en que
los años treinta en España son muy permisivos y vanguardistas. Más tarde, su exilio en
Inglaterra lo llevará al igual que le ocurriera en su momento a Valente a
explorar nuevos caminos, en concreto descubrirá la poesía mística española y lo que
él llama poesía meditativa, gracias, precisamente, a la lectura de los románticos
ingleses matizando aún más su propia poética (por supuesto, ya había leído antes a
Hölderlin, la cumbre del romanticismo alemán). Como dice Rupérez: «Ningún poeta
homosexual suena menos homosexual que Cernuda, y eso lo hace superior porque lo hace
integrador, porque suprime las barreras que podrían sugerir ámbitos privados donde el
amor impone particulares e inaccesibles condiciones».
Desde luego, si de algo se le puede tildar a
Cernuda es el haber sido un gran practicante de la soledad y tener un gran sentido de la
dignidad, no cayendo ya lo he advertido en la trampa de la sociedad en la que
se desenvuelve. No se presenta a premios, no se acerca a los que triunfan
exceptuando casos como el de García Lorca, más bien fija su mirada en un
ámbito más amplio, en su intento de explicar qué es arte puro, arte universal. Todo
ello lo llevó a ser mal leído por sus contemporáneos, arrastrando esa mala lectura
durante muchísimos años. Afortunadamente, hoy parece que la lectura de sus poemas, el
estudio de su obra, toma nuevos rumbos gracias a lectores y críticos como es el caso de
Ángel Rupérez. |
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