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Memoria de Luis Cernuda

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Por Carlos Álvarez-Ude


Soy de las personas que piensan, siguiendo el magisterio de mi principal maestro, don Ricardo Gullón, que no hay que dedicar espacio ni tiempo a lo que no merece la pena. Sin embargo, tengo, por esta vez, que romper una lanza a favor del magistral «Prólogo» de Ángel Rupérez a la antología que, para la colección Austral, de Espasa Calpe, ha hecho de la poesía de Luis Cernuda, un poeta, como el propio Rupérez anota, mal leído, mal estudiado, peor utilizado, por poetas, críticos, etcétera.

Y lo hago porque soy amante de la Poesía; porque no soy poeta y, en realidad, no me va nada en ello como autor que reclame su presencia en los medios de comunicación. Suponer que, quizá, Rupérez sea homofóbico por no incluir este o aquel poema que induce a pensar en su homosexualidad, es demasiado suponer y, además, nada crítico. Seamos serios: ser poeta no es una carrera de fondo autobiográfico. Y ser crítico no es decir, sin más, que tal o cual lectura es una sola lectura, incluso decir que Cernuda no quiso editar su traducción del Troilo y Crésida de Shakespeare en la colección Adonais de poesía porque era «muy pequeña», por no estar bien informado (supongo) y no matizar que, en realidad, la publicó en una colección, entonces mucho «menor», como la de Ínsula.

Emilio Prados y Ricardo Gullón, en México, hacia 1959. ARELo más importante de esta antología, a la que me refiero, es la recuperación de un poeta en su propia e íntima dimensión. Ya no se trata del asunto maldito del canon. Se trata de leer la obra de un autor, de un gran autor, con independencia de si perteneció a tal o cual generación (discurso que sólo puede beneficiar en lo didáctico, poco en la lectura crítica). Por supuesto, cada persona es producto —digámoslo así— de su época, de su tiempo, pero hoy, ayer y mañana cada uno, visto desde nuestro propio tiempo, es como es, y, desde luego, el que es o ha sido universal lo ha sido ayer, lo es hoy y lo será mañana, independientemente de quienes fueran sus compañeros de viaje.

Efectivamente, Cernuda está imbricado en la llamada Generación del 27, pero seguir insistiendo en que los antologados (para mí, de manera tendenciosa) por Gerardo Diego formaban un grupo cohesionado, es faltar a la verdad. Y Ángel Rupérez mete el dedo en la llaga de lo que ya es una realidad a gritos: la generación del 27 es un invento didáctico heredado de algunos de los poetas que en aquellos años empiezan a despuntar, en realidad para calificar a unos y descalificar a otros. ¡Cuántos poetas —y narradores— se están recuperando hoy por no haber sido incluidos en las antologías pertinentes! Ya advirtió en su día José Luis Cano que se trataba más de un grupo de poetas al cual les unía, sobre todo, la amistad. Como bien advierte Rupérez en su introducción:

Esa especie de rasero igualitario perjudica claramente a los mejores y beneficia ostensiblemente a los peores. Los mejores, siempre, no son generación ni nada que se lo parezca porque son ellos mismos, solos, idiosincrásicos, individuales, aun cuando puedan estar coyunturalmente acompañados por otros poetas de su tiempo con los que pueden compartir proyectos, ideas comunes, amistades, juergas, amoríos, francachelas, viajes pagados por el erario público, antologías, etc. […] ¿Qué sentido tiene que hablemos de características generacionales si los miembros de esa fantasía no tienen nada que ver en nada en absoluto, por más que algunos de ellos fabricaran la ilusión?


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Se me vienen a la cabeza varios nombres, en el sentido de haber quedado excluidos de la Pléyade por no estar en antologías generacionales: Alfonso Costafreda, Manuel Padorno, Antonio Gamoneda, Félix Grande, Aníbal Núñez…, por citar sólo unos pocos, pues la lista es mucho más larga. (Pido disculpas a los que, sintiéndose en esta situación y se crean merecedores de mayor atención, no he nombrado.)

Cernuda en Ayamonte, 1934. AREAdemás, todo esto me lleva a pensar en algo tan poco habitual en el panorama académico de este país: aquí, apenas existe la literatura comparada. Es como si todo tuviera que producirse por la consabida «correlación de fuerzas». Luis Cernuda, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Ramón Otero Pedrayo (los cito porque no están vivos) son grandes poetas, no porque vivieran tal o cual época, no porque estuvieron rodeados de tales o cuales autores, no porque aparecieran en tal o cual antología. No, son grandes poetas porque su obra no tiene tiempo, es para siempre, es universal; es más, marcan su época. Lo demás, son mentirijillas del «triunfador de la vida» Como nos dice el propio Cernuda: «Detesto [...] las vedettes, los stars, toda esa listeza y habilidad que hoy parece ser lo único importante en la vida». Parece que nos habla hoy, recuerda momentos que estamos viviendo en la actualidad. ¿Quién relee hoy a Campoamor? Yo le recuerdo a diario porque vivo en una calle que lleva su nombre; otros lo utilizan para elaborar su triunfo inmortal arrimándolo a un canon muy determinado.

Y, abundando más, y como ejercicio didáctico, escuchen una canción de Luis Eduardo Aute y, luego, compárenla con la que quieran de otro «trovador de la experiencia» (letra y música incluidas).

Luis Cernuda, «Antología poética», Madrid, Espasa-Calpe, col. Austral, 2002. Ed. de Ángel RupérezPor otro lado, creo que Rupérez explica muy bien cómo Cernuda, en un determinado momento de su vida, se siente extraño en la sociedad que le ha tocado vivir. Y no es sólo que su homosexualidad le provoque una marginación, sino más bien su poética, al desmarcarse de contemporáneos suyos que, se supone, pertenecen a la misma generación. Pensemos en que los años treinta en España son muy permisivos y vanguardistas. Más tarde, su exilio en Inglaterra lo llevará —al igual que le ocurriera en su momento a Valente— a explorar nuevos caminos, en concreto descubrirá la poesía mística española y lo que él llama poesía meditativa, gracias, precisamente, a la lectura de los románticos ingleses matizando aún más su propia poética (por supuesto, ya había leído antes a Hölderlin, la cumbre del romanticismo alemán). Como dice Rupérez: «Ningún poeta homosexual suena menos homosexual que Cernuda, y eso lo hace superior porque lo hace integrador, porque suprime las barreras que podrían sugerir ámbitos privados donde el amor impone particulares e inaccesibles condiciones».

Desde luego, si de algo se le puede tildar a Cernuda es el haber sido un gran practicante de la soledad y tener un gran sentido de la dignidad, no cayendo —ya lo he advertido— en la trampa de la sociedad en la que se desenvuelve. No se presenta a premios, no se acerca a los que triunfan —exceptuando casos como el de García Lorca—, más bien fija su mirada en un ámbito más amplio, en su intento de explicar qué es arte puro, arte universal. Todo ello lo llevó a ser mal leído por sus contemporáneos, arrastrando esa mala lectura durante muchísimos años. Afortunadamente, hoy parece que la lectura de sus poemas, el estudio de su obra, toma nuevos rumbos gracias a lectores y críticos como es el caso de Ángel Rupérez.

 
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