Alonso Cano se inicia en el arte de la escultura desde bien temprano en el propio
taller de su padre Miguel, constructor y tracista de retablos, ocupación en la que la
escultura tuvo un gran protagonismo junto a la arquitectura y la pintura.
Su aprendizaje se completa durante los años en
que se traslada a Sevilla (1616-1638) junto a su familia. No cabe duda que su permanencia
desde 1616 en el taller del pintor y teórico Francisco Pacheco facilitó que el joven
Alonso adquiriera una profunda formación que no sólo aplicaría a la pintura. En sus
obras pictóricas y escultóricas observamos multitud de cualidades similares:
monumentalidad y serenidad de los personajes que consiguen transmitir una gran fuerza
emocional al espectador, desde su propia intimidad y gran esencia espiritual, sin
necesidad de tener que acudir a gestos exagerados.
Igualmente interesante tuvo que ser su relación
con la obra del gran escultor Juan Martínez Montañés, con quien parece que pudo
colaborar entre 1626 y 1629, y de él tomará la serenidad, elegancia y naturalismo de sus
esculturas, así como el gusto por el tratamiento minucioso de los ropajes.
De la etapa sevillana de Cano deben señalarse
las esculturas que ejecuta para el retablo mayor de la iglesia parroquial de Nuestra
Señora de la Oliva en Lebrija y muy especialmente su talla principal de la Virgen con el
niño, obra maestra del arte barroco. No deben tampoco olvidarse otras obras, como la
imagen de Santa Teresa realizada para la iglesia sevillana de San Alberto y hoy en el
convento del Buen Suceso, o la bella Inmaculada de la iglesia de San Andrés.
Su etapa madrileña (1638-1652) se nos muestra
con muchas incógnitas en lo que a la escultura se refiere y debemos movernos entre
especulaciones y esculturas cuya autoría no siempre se muestra con claridad. A este
momento pertenece la bella y emotiva obra de Jesús Nazareno Niño con la cruz,
perteneciente a la Congregación de San Fermín de los Navarros de Madrid. Aunque no se
conoce su intervención en empresas de carácter profano, no debemos descartar que pudiera
trabajar en alguno de los proyectos que se estaban realizando en la Corte, en el Palacio
del Buen Retiro, en el Alcázar, etc.
Una vez más será su última etapa, transcurrida
en Granada (1652-1667), en la que Alonso Cano consigue presentarnos su arte más personal,
y a ella debemos algunas de sus obras más famosas. Destaca entre todas ellas la
bellísima y exquisita Inmaculada (1655-1656) que realizó para rematar el facistol que el
mismo Cano diseñó para la Catedral, imagen que constituye un hito en el devenir de la
imaginería del barroco español. También a este período pertenece el conjunto de cuatro
esculturas que realizó con ayuda de su discípulo Pedro de Mena, para decorar el crucero
del templo del Santo Ángel Custodio, iglesia que fue trazada por el propio Cano.
Su maestría como escultor contó con numerosos
discípulos, ente los que deben recordarse dos artistas excepcionales: Pedro de Mena
(1628-1668) y José de Mora (1642-1724). |