Sepulcros Reales |
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Isabel la Católica se ocupó personalmente de encargar los sepulcros de sus
padres (Juan II de Castilla e Isabel de Portugal) al escultor Gil de Siloé, afincado en
Burgos. Este autor diseñó los sepulcros en mayo de 1486; se ubicaron en la cartuja de
Miraflores, que Juan II había fundado. Además, Gil de Siloé también realizó el del
infante don Alfonso, muerto prematuramente en 1468 y enterrado junto a sus padres, pero ya
no a los pies del altar, sino en el muro del evangelio.Los tres presentan una gran originalidad. El del Infante sigue la tradición del siglo XV
(iniciada en el sepulcro del obispo Lope de Barrientos, o en el de los Velasco de
Guadalupe), de escultura orante ante un reclinatorio, localizada dentro de un nicho. Este
destaca por la arquitectura que le enmarca, con gran desarrollo por encima del arcosolio
que cobija, y crea un prototipo repetido posteriormente en Burgos. Es insuperable su
riqueza ornamental y la majestad de la figura, sólo comparable a la posterior de Juan de
Padilla, del mismo autor.
En cuanto a los sepulcros de sus padres, se
enmarcan en una estrella de ocho puntas, que sugieren las bóvedas en aquel tiempo
frecuentes en arquitectura. Como en ellas, en las esquinas se representan los cuatro
evangelistas. Los dos yacentes, que están separados por una crestería y miran al altar,
ocupan un prisma que se corta por una base romboidal.
Desde el punto de vista iconográfico, está representada una sacralización de la monarquía, con motivos distintos en los dieciséis planos de la estrella. Siloé trabaja el alabastro (aun más que la
madera u otro material) con increíble maestría: obtiene calidades táctiles que combina
con franjas ornamentales, de exquisita delicadeza.
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