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La ciudad de Burgos es una de las
poblaciones más importantes de Castilla a lo largo de su historia medieval. Por una
parte, era el corazón del camino que articulaba el norte peninsular, y por el que
circulaban los peregrinos que se dirigían a Compostela, y por otra, era uno de los puntos
de partida para viajar al sur, a Toledo y a la propia Al-Ándalus. Tal vez por ello, no
debe chocarnos que en la ciudad del río Arlanzón se encuentren un gran número de
huellas hispano-musulmanas de gran entidad. En el
monasterio cisterciense de las Huelgas Reales se conserva
la capilla de la Asunción, de la segunda mitad del siglo XIII. Se trata de un pequeño
oratorio de recuerdo almohade, cubierto por una bóveda de ocho nervios, precedida por un
pequeño vestíbulo con tres cupulillas de mocárabes y ricas yeserías de carácter
vegetal. De similar cronología, se encuentran en el claustro de San Fernando otros
conjuntos de ricos yesos: con motivos vegetales, epigráficos, geométricos y
zoomórficos, cubren parte de sus cuatro galerías, a modo de lujosas telas. Dentro de la
clausura, se levanta la capilla del Salvador, con su interesante cúpula de mucarnas,
posible capilla del palacio que tuvieron los reyes junto al monasterio. Próxima a la
cabecera de la iglesia, se ubica la capilla de Santiago, con restos de profusos atauriques
del siglo XIV, de evidente impronta nazarí.
En el mismo cenobio, se puede
contemplar el mejor Museo de Telas Musulmanas de Europa. En
él destaca el famosísimo pendón de las Navas de Tolosa,
junto a las distintas mortajas de monarcas e infantes halladas en las tumbas reales del
monasterio.
Saliendo de las Huelgas Reales, en el interior de
la puerta de Santa María y junto a la catedral, dos arcos
se exornan por paños de yeserías de claro sabor granadino, con paños de sebqa
(retícula de rombos), ataurique (decoración vegetal) e inscripciones árabes. |