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Capilla del Condestable

Los Colonia

Retablos



pulse aquí para ampliar la imagenEste panteón funerario, bajo el nombre de la Purificación, se levantó en un emplazamiento privilegiado, en el eje de la capilla mayor. Edificado sobre la antigua capilla de San Pedro, en el centro de la girola, supuso la más importante modificación de la imagen de la catedral en esta parte del templo. No en vano se convertiría en una de las construcciones emblemáticas de la arquitectura española del cuatrocientos.

Fue doña Mencia de Mendoza, condesa de Haro, hija del marqués de Santillana y esposa del condestable de Castilla, Pedro Fernández de Velasco, la encargada de concertar con el cabildo los detalles y condiciones de la nueva fundación. Esto sucedía en 1482. El maestro encargado de materializar el proyecto era miembro de una de las familias que más tendría que decir en esta fase final del gótico en tierras castellanas: los Colonia.

Simón de Colonia, hijo del arquitecto alemán Juan de Colonia, debió de ponerse en contacto con su cliente antes de que se produjera el acuerdo capitular para la compra del lugar escogido, porque inmediatamente después se empezaron a preparar los cimientos; en 1486 las obras estaban muy avanzadas y en 1494 se cerró la magnífica bóveda.

pulse aquí para ampliar la imagenLa solución adoptada supone la culminación de la tipología de capilla funeraria de planta centralizada, que contaba con importantes precedentes en la catedral de Toledo (capillas de Gil de Albornoz y don Álvaro de Luna). En Burgos, Simón de Colonia utilizó parte de la capilla de San Pedro como vestíbulo del nuevo recinto funerario en lugar de incorporarlo directamente a la girola; de este modo ganó en autonomía. Desde aquí la planta adopta forma de rectángulo, abierto en tres paños en su lado oriental y con dos nichos en el eje transversal que forman un psedocrucero y alojan sendos retablos.

Solución admirable es la de su airosa bóveda: dos estrellas de ocho puntas giradas, que descansan sobre estilizados nervios entrecruzados, de las cuales la interior está totalmente calada con tracería flamígera para permitir que la luz cenital inunde el ochavo. En el centro, la escena de la Purificación en el templo, una magistral pieza del escultor Gil de Siloé: la Virgen coloca al Niño en un altar, en presencia del anciano Simeón; y desde la clave arrancan ocho rayos dorados, porque Cristo es el Sol, «la Luz del mundo».

Llama también la atención la decoración de los paramentos, con emblemas heráldicos, el sol de San Bernardino de Siena (santo por el que profesaban verdadera devoción), la cruz de San Andrés, o el fino acairelado de los arcos. La presencia dominante de los marmóreos sepulcros de los condestables queda enfatizada por su centralización.




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