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Calderón y el Siglo de Oro

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Felipe IV a caballo


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Felipe IV a caballo

Diego Velázquez
Madrid, Museo del Prado

 
ENRIQUE.—
Y (aparte la alegoría)
permite que me detenga
en pintarte de Filipo
la gala, el brío y destreza
con que iba puesto a caballo;
que como este afecto sea
verdad en mí, y no lisonja,
no importa que lo parezca.
Era un alazán tostado
de feroz naturaleza
el monarca irracional,
en cuyo color se muestra
(la cólera disculpando
del sol que la tez le tuesta)
que hay estudio en lo feroz,
y en lo bárbaro hay belleza.
Tan soberbio se miraba,
que dio con sóla soberbia
a entender que conocía
ser, con todo un Cielo a cuestas,
monte vivo de los brutos,
vivo Atlante de las fieras.
¿Cómo te sabré decir
con el desprecio y la fuerza
que, sin hacer dellas caso,
iba quebrando las piedras,
sino con decirte sólo
que entonces conocí que era
centro de fuego Madrid?
Pues dondequiera que llega
el pie o la mano, levanta
un abismo de centellas.
Y como quien toca al fuego
huye la mano que acerca,
así el valiente caballo
retira con tanta priesa
el pie o la mano del fuego
que la mano o el pie engendra,
que hecha gala del temor,
ni el uno ni el otro asienta,
deteniéndose en el aire
con brincos y con corvetas.
Con tanto imperio en lo bruto
como en lo racional, vieras
al rey regir tanto monstruo
al arbitrio de la rienda.

Pedro Calderón de la Barca
La banda y la flor, II, 429



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