RUBÉN. ¡Pena
dura!
(Salen los dichos hablando aparte, trae envuelto en un tafetán una túnica
roja, y ellos, de pastores.)
¿Es que queréis que yo sea
el que tal dolor le anuncia?
JUDAS. Tú has de ser, pues por
[mayor
tendrás, Rubén, más cordura,
no sólo en fingir el hecho,
sino en suavizar la injuria.
JACOB. ¿Cómo cuando a mi
[presencia
llegáis nadie me saluda
y para no hablar parece
que andáis conciliando excusas?
¿Cómo mi José no viene
con vosotros? ¡Pena injusta!
¿No merece más respuesta
que lágrimas mi pregunta?
¿Qué es esto? ¿Todos calláis
y todos lloráis?
RUBÉN. Si apuras
tanto nuestro dolor, fuerza
será ya que no articula
el labio, que hable esta vez
más retórica y más muda. |
¿Conoces
?
JACOB. ¡Ay, infelice!
RUBÉN. ¿Esta talar vestidura
que a José diste?
JACOB.
No, que son cifras muy oscuras
que yo se la diese a él blanca
y él me la vuelva purpúrea.
¿Qué ha sido esto?
RUBÉN.
Una fiera, la más fiera y más sañuda
de cuantas aborta el monte,
parto horrible de sus grutas,
al pasar de Dotaín
el valle de entre sus rudas
quiebras salió, ensangrentando
en su tierna sangre pura
de sus colmillos las presas
y de sus garras las uñas,
despedazado el cadáver
hallamos en mil menudas
partes la túnica, y
Pedro Calderón de la Barca
Sueños hay que verdad son, III, 1220 |