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Portolés era el segundo apellido de Luis,
natural de Calanda, provincia de Teruel (España). La afición por las armas de fuego
quizás pudo acunarla su padre, Leonardo Buñuel, un indiano venturoso mientras fue
ferretero en Cuba antes del Desastre. El pequeño Luis invitaba a su teatro de luces y
sombras chinescas. Del catón a las tempranas lecturas: del otro lado de la cerradura, la
mirada furtiva de Freud y el marqués de Sade. En cualquier carretera vio los primeros
carnuzos. Practicó el hipnotismo antes de saber del surrealista Breton y de los burdeles
madrileños. Miguel Juan Pellicer, vecino de la milagrera Calanda mediado el seiscientos,
se frotaba el muñón con aceite de la lamparilla de la Virgen; Galdós amputó una pierna
a Catherine Deneuve, y Luis, que trajinó entre los comunistas feudales, según las
habladurías, cercenó otra al maniquí femenino de Ensayo de un crimen. Hitchcock
hubiera querido tropezar con el piadoso Pellicer.
Vida noctámbula de cafés: Fornos, las
únicas propuestas ciertamente renovadores y las excentricidades de Ramón sobre los
mármoles de Pombo, el mejor dry martini en Chicote, La Coupole, La
Closerie des Lilas y el Cyrano con sus mujeres de extrema languidez. En el
ángulo oscuro del salón de la Resi (calle Pinar, colina de Los chopos, altos
del Hipódromo) se hizo hombre y habitó entre aquellos de la promoción más lúcida del
arte moderno. Y de la Poesía. Pero detestaba a Góngora: la bestia más inmunda que haya
parido madre, en palabras injustamente suyas sobre el cordobés. Flirteó coqueto con la
época del cine mudo y, atraído por las faldas brevísimas del Ultra, quiso amar las
sinrazones del verso, hasta que al redoble de tambor descubrió cómo el alba de Eros se
desperezaba en las piernas de una novicia. La olímpica Jeanne Rucar nunca se lo
reprobaría.
Negociaba con Ernst Lubitsch y Jean
Epstein, según cuadrara la ocasión. Misántropo a veces, muy irreverente madrugador,
nada amigo de hábitos y mitras, glotón de hipérboles, generoso en el convite, sordo
empecinado. Tras la senda de la España leal en armas trastabilló con el destino en
México, Distrito Federal. Sin embargo, tuvo una oportunidad para volver con las espaldas
cargadas de reproches exiliados. Cuando rodó su regreso a este lado del mar, el director
anduvo concibiendo sus improvisaciones por la necrópolis de Montparnasse y entre los
árboles de la Casa de Campo. Acudía afligido a las mesas rociadas con valdepeñas para
cimentar el alma de sus seres: Francisco Galván de Montemayor, el devoto de celos a quien
el tiempo regaló la razón de la sospecha; los invitados a la lujosa mansión del
matrimonio Nobile, prisioneros de los ecos de una sonata de Paradisi; Archibaldo,
frustrado por los crímenes que el azar le hurtó; Belle de jour, pupila de
Madame Anaïs; los mendigos fornicadores asediando a Viridiana, etcétera.
Se dice que era burlón con sus criaturas,
excepto en muy contadas ocasiones (Nazarín, Robinsón), erotómano (¡los muslos
embarrados de Susana, el baile desnudo de Conchita, Séverine en el Bois de Boulogne!), un
genio de esa rara especie que siente el tufillo de la mediocridad o el profundo aroma de
la poesía hasta la sepultura. Del bazar abierto al borde del alma extrajo la
intransigencia cotidiana, un ojo seccionado y peregrino silencioso por las butacas
aterciopeladas de medio mundo, la muerte con sombrero negro a lo Fritz Lang y la
irreverencia contra el recato posconciliar en forma de crucifijo-navaja. «Al inventarse
el cine, las nubes paradas en las fotografías comenzaron a andar» (Ramón Gómez de la
Serna). «Un léger nuage avançant vers la lune qui est dans son plein. La lame de
rasoir traverse loeil de la jeune fille en le sectionant» (Salvador Dalí y
Luis Buñuel). Filmó el concepto que definió pulcramente Baltasar Gracián, además de
las greguerías que Ramón no había inventado. Gustavo Alatriste, Serge Silberman, Oscar
Dancigers, Luis Alcoriza, Julio Alejandro, Jean-Claude Carièrre fueron su media docena de
leales de carne y hueso. Añádase también el granadino asesinado y no tanto el Dalí
blasfemo, a quien pensó odiar en el vestíbulo de un hotel neoyorquino, aunque nunca lo
hizo porque tuvo la certeza de que antes de firmar El gran masturbador había
robado el bigote a Adolphe Menjou.
Desde los tiempos de Filmófono fue
rodeándose de fetiches varios, colores, músicas y símbolos. Por ejemplo, una amplia
gama de estuches musicales y los ligueros de una institutriz muerta por una bala
revolucionaria y el Oscar de El discreto encanto de la burguesía y las
maravillas del instinto en los insectos y las manos avariciosas de Fernando Rey sobre los
trémulos pechos de Carole Bouquet y la réplica de La encajera de Vermeer y una
corona de espinas presentada en Cannes y corsés de distinta naturaleza y un muro
negrísimo delante del cual crecían los asfódelos y hasta la Concha de Oro del
Festival de San Sebastián por toda una vida asomándose peligrosamente al interior.
En fin, una noche de nieves
terminó el último guión. En él esculpía su propia imagen vestida de fobias y
simpatías para colocarla en el frontispicio de los españoles únicos de su
tiempo (Federico, Pablo, Salvador). Después, cuando quiso mostrar al mundo los ojos
saltones de tanto ver, llegó a octogenario y, como otro aragonés celebérrimo, Francisco
de Goya y Lucientes, se recluyó sordo en la finca privada del Arte hasta que se mudó a
la de la Muerte. Eso ocurrió el 29 de julio de 1982. Un año antes Luis Buñuel
Portolés, el gran cineasta español del siglo XX, había publicado Mi último suspiro. |
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