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Entre las innumerables fotografías del
álbum personal de Luis Buñuel se encuentra una fechada en noviembre de 1972 en la que
aparecen excepcionalmente reunidos algunos de los más renombrados directores del cine
americano: Robert Mulligan, William Wyler, Robert Wise, George Stevens, Ruben Mamoulian y
Alfred Hitchcock. Habían sido invitados por el cineasta George Cukor a una cena en su
casa de Beverly Hills para celebrar, en honor del español, la concesión del Oscar como
mejor película extranjera del certamen a El discreto encanto de la burguesía. El
homenajeado acudió en compañía de su hijo Rafael y de Jean Claude Carrière y Serge
Silberman, guionista y productor de sus últimos filmes. Sin duda es éste el testimonio
gráfico del respeto que merecía el director aragonés primus inter pares, y el
galardón obtenido en Hollywood el definitivo reconocimiento internacional por su carrera
cinematográfica. En este sentido, no extraña que varios especialistas de distintas
nacionalidades incluyeran Un perro andaluz, La edad de oro y Las Hurdes entre
los veinte primeros títulos de una selección de las películas que han marcado la
historia del séptimo Arte durante el siglo XX. Cierto es que si la celebridad del calandino se asienta en gran
medida sobre estos tres trabajos iniciales, no lo es menos que su producción posterior
una veintena de películas rodadas en México, otras dos en España y siete más en
Francia ha de comprenderse entre las aportaciones artísticas más emblemáticas y
genuinamente españolas a la cultura occidental contemporánea. Esta impronta
singularísima del ejercicio cinematográfico de Buñuel parecía, pues, razón suficiente
para organizar al alba del nuevo milenio, y coincidiendo con el centenario de su
nacimiento, una serie de actos culturales y exposiciones retrospectivas con el fin de
reconstruir no sólo la verdadera dimensión de su personalidad creadora, sino también su
obra tanto fílmica como literaria y la generosa porción de tiempo desde la
vanguardia surrealista al exilio mexicano en la que ésta se inscribe.
De ahí que el Instituto Cervantes tuviera
la iniciativa de preparar como eje vertebrador de Buñuel: 100 años. Es peligroso
asomarse al interior dos exposiciones temáticas, las mismas que hoy mostramos en el
presente catálogo. La primera de ellas, Su obra y su tiempo, presenta una
síntesis biográfica del cineasta español, que concede especial relieve al entorno
familiar y al afectivo de las amistades señaladamente decisivas en su formación
intelectual y creativa (Salvador Dalí, Federico García Lorca, José Bello, Rafael
Alberti, José Moreno Villa..., el grupo surrealista parisino), muy fecundas y tributarias
durante el período de su exilio mexicano (Max Aub, José Bergamín, Manuel Altolaguirre,
Juan Larrea, Octavio Paz, Carlos Fuentes, etc.), así como a su aportación a la
cultura hispano-francesa del siglo XX. No es menor la importancia concedida a Obsesiones,
exposición antológica en torno a algunas de las recurrencias temáticas más
sobresalientes, los personajes y motivos cuya presencia resulta abrumadoramente
reiterativa a lo largo de la producción cinematográfica de Buñuel, dejando entrever su
personalísimo universo artístico y cultural, con el trasfondo, real o imaginario, de su
vida misma. |
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EL DISCRETO ENCANTO DE LA BURGUESÍA, 1972. |
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Porque quien filmó Un
perro andaluz había nacido con el cine para el cine. Por esto, aquí está el Buñuel
más divulgado, envuelto por los aromas del terruño (¡Aragón bien vale una vida!) y
descerrajando sus ojos ante el mundo vanguardista en el Madrid de los années folles. Aquí
quiere fijar su imagen el joven recién llegado a la Residencia de Estudiantes, el fiel
escudero de un surrealismo sin etiquetas, el insumiso hidalgo creador del cine como arte y
estandarte del cosmos de la subconsciencia y de la imaginación. Aquí está el Buñuel
decidido a ser definitivamente el director Luis Buñuel, cuando André Breton ya había
zarandeado los pilares del poema con su Manifiesto del Surrealismo y Louis
Aragon dictaba su célebre conferencia en los salones de la «Resis». Y, cómo no, aquí
surge el progenitor de Filmófono, aquella voluntad de procurar la existencia de un
cine industrial y que, con el realismo profesional que venía al caso, produjo una
convincente labor fílmica. Aquí están, por último, sus vidas de exilio en tierras
mexicanas con circunstanciales estancias en el hotel L'Aiglon de París; también,
y sobre todo, el aplauso internacional y la forja última del cineasta de la centuria,
desde Los olvidados al Oscar de Hollywood, desde Cannes a Venecia, desde Simón
del desierto a Ese oscuro objeto del deseo.
Y junto a ese Buñuel con la imagen
pública de los artistas imprescindibles del siglo, quiere aparecer al trasluz el Luis
más recóndito. Aquí están, pues, las horas infantiles calandinas, litúrgicas y
redobles de tambor, la enseña jesuítica y la juventud insatisfecha: su primera
autobiografía íntima llevada al plano semioculto de sus películas. Aquí se evocan las
actividades de un hombre al servicio de la República, comprometido con el Arte y con la
honradez. Pero también otras muchas cosas del corazón: el matrimonio con Jeanne, la
ternura paterna, el ritual de sus aficiones y costumbres, la amistad y el trato con los
colaboradores más próximos
hasta el miedo natural que suscitaron en él los
recelos de quienes enjuiciaron prematura y torticeramente su vuelta a España para rodar Viridiana.
En suma, el Buñuel que no olvidó ser Luis.
Para llevar a término el programa que nos
propusimos ha sido imprescindible el apoyo, desde sus albores, del Ministère de la
Culture et de la Communication (DRAC Midi-Pyrénées), el Conseil Régional
Midi-Pyrénées, el Conseil Général de la Haute-Garonne, la Alcaldía de
Toulouse y la Fondation GAN pour le cinéma y el Departamento de Cultura y Turismo
de la Diputación General de Aragón. Quede en estas páginas también el testimonio de
nuestra sincera gratitud a los hijos del cineasta, Juan Luis y Rafael Buñuel Rucar, cuya
generosidad y préstamo del legado familiar nos han sido imprescindibles para completar la
exposición y que prueban, una vez más, el recuerdo filial que mantienen jubiloso. No
podemos olvidar la ayuda que durante estos largos meses de preparación del centenario nos
han ofrecido innumerables amigos y colaboradores. Con Pedro Christian Buñuel y con el
cirujano José Luis Barros hemos contraído una deuda muy especial. Porque acogieron
confiadamente con agrado nuestro propósito y contribuyeron a que esta conmemoración del
centenario tuviera su concreción, parecería indebido silenciar los nombres de José
María Prado, director de la Filmoteca Española, Pierre Cardars, director de La
Cinémathèque de Toulouse y Jean-Michel Boubours, conservador de cine del Centre
Pompidou de París. Asimismo, expresamos nuestra gratitud a las personas que con sus
recuerdos y opiniones enriquecen el contenido de este catálogo e ilustran la personalidad
del autor de La vía láctea. No olvidamos tampoco a los especialistas de la obra
de Buñuel, cuyos estudios fueron dando luz a nuestro trabajo. Además, sería
improcedente no reconocer la pertinencia de las sugerencias, quizás no siempre plasmadas
en los hechos con la debida sensatez, de aquellos con quienes compartimos nuestro
proyecto. Nos referimos a los equipos de trabajo que desde Madrid y en Toulouse (merced a
los artilugios de la Modernidad, al diálogo y a las circunstanciales contrariedades) han
hecho realidad nuestros deseos. Su sincera amistad justifica su misión. Y finalmente,
cómo no, gracias a Luis Buñuel Portolés, por habernos filmado la posibilidad de soñar. |
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