| Cuando Luis
Buñuel ve en México «Historias de la radio», la película de José Luis Sáenz de
Heredia, de 1955, en la que usted interviene, comienza a interesarse por su trabajo como
actor. En verdad, no le interesaba mucho mi calidad como actor. Hubo un productor que
me vio en Francia, o en España, pero a Buñuel le hablaban de mí y decía: «No puede
ser, no puede ser; no creo que se encuentre en el personaje». Por entonces llevaba algún
tiempo tratando de hacer una película y no encontraba un actor que tuviera un cierto aire
árabe, necesario para interpretar a Nazarín. De ahí, que Julio Alejandro de Castro, su
guionista en México que era amigo mío y con quien hice su primera obra de
teatro, le hablara de mí. El caso es que no se lo creía, así que buscó una
película mía en México y encontró la de Sáenz de Heredia.

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No esperó a que yo hablase o me moviera.
De inmediato dijo: «Id en seguida a contratarle». Era lo que buscaba, el actor que por
físico y por edad la de Cristo respondía a sus pretensiones. El productor
Barbachano Ponce vino a España a contratarme y me sugirió que regalara a Buñuel un
revólver y vino de Valdepeñas. Le llevé unas frascas, de las viejas. Me propuso el
tuteo tan pronto como nos conocimos, pero no accedí aduciendo el respeto que por él
sentía. Y respondió: «Entonces, yo soy tu tío y tú mi sobrino». Cogimos la jarra, la
abrazó y llamó corriendo a su amigo Mantecón para que viniese. «Esto me lo bebo yo, me
lo bebo yo...». En un segundo viaje me encargó que le llevase un tricornio de la guardia
civil, de general o de algo importante.
¿Cómo era su carácter? El de un
hombre de una gran ternura, buenísimo con toda la gente. Con los actores, por ejemplo, le
daba mucha rabia que se equivocaran, pero en seguida le decía a su hijo: «Venga,
ocúpate tú de ése». En Viridiana había un verdadero mendigo que hacía un
papel, que debía golpearme con una botella. Este hombre era medio tonto y maricón.
Quería ser actor, así que se hacía fotos de fotomatón haciendo muecas y se las
enseñaba a todo el mundo: «Mire usted, yo soy un buen actor...». Y lo eligió Buñuel.
El hombre se mostraba feliz y decía: «Mire usted, don Francisco, cuando termine esta
película tengo que volver a correr, me tengo que poner otra vez a pedir limosna...». Un
día llegó al trabajo en albornoz completamente manchado y apestando. Bebió para darse
valor, porque tenía miedo de herirme con la botella de cristal. Entonces Buñuel detuvo
el rodaje y dijo: «Llévenme a este hombre a una sala de baños. Que le compren ropa».
Federico García Lorca y Salvador Dalí
fueron dos personas importantes en la vida de Buñuel. Durante el rodaje de Nazarín,
por las noches, en un pueblo de México, al lado de Cuernavaca, me contaba cosas de Lorca
o de Dalí, con quien estaba bastante disgustado.
El retrato que le hizo Dalí lo tuvo
siempre colgado en su casa. Buñuel era incapaz de odiar. Me contó que estando en Nueva
York con su familia, sin dinero, leyó en la prensa que Dalí se hospedaba en el hotel
Plaza, o quizás en otro hotel importante. «Fui a matarle, fui a matarle, a pegarle, a lo
que fuera», fueron las palabras de Buñuel. Dalí le recibió con una gran sonrisa:
«Luis, te he hecho célebre en el mundo entero». Recordando aquel encuentro, Buñuel me
dijo: «Fíjate tú, el hijo de la gran puta. Bueno, terminamos emborrachándonos con martinis».
¿Le refería lo que había hecho en
México, sus dificultades, cómo lo había pasado? Me contaba muchas cosas de su vida.
Me hablaba mucho de la Residencia de Estudiantes, de Lorca, de Dalí, de Pepín Bello...
Me hablaba de su familia, sobre su concepto del mundo, sobre la religión, de su ateísmo.
Hablábamos y nos reíamos mucho. Tenía un gran sentido del humor, los dos éramos muy
proclives al lagrimeo. Reíamos, llorábamos de risa. Para mí fue como un tío-padre.
Nuestra amistad estaba por encima del cine.
¿Hablaba con el aragonés antes de
rodar? Nos reunió a los protagonistas de Nazarín, a las dos mujeres y a mí.
Me explicó el argumento con pormenores. Le parecía admirable Nazarín como sacerdote,
porque era un hombre que, dados sus principios, sus estudios y su forma de ser, no podía
dudar nunca de una vida de calidad. Pero al final de la película, hay un momento en el
que Nazarín comienza a llorar. Y llora porque era un falso Cristo, un imitador de
Jesucristo. Arregló un poco la novela de Galdós; la situó en México e introdujo
algunas cosas personales. Y me explicó muy bien que esas mujeres, las dos prostitutas, se
enamoraban de mi personaje. Sin embargo, éste no las amaba, tenía un amor universal, no
quería a una persona determinada.
Hay una escena en la que le preguntan a
cuál de ellas prefiere. Y yo acariciaba un caracol. Eso se me ocurrió a mí. Fue en
los estudios Churubusco. Trajeron hierba y entre ella había caracoles. «¿Qué hago?»,
pensé. Entonces una mujer me decía que estaba enamorada de mí y me preguntaba a quién
prefería. Cogí el caracol y empecé a acariciarlo. «Muy bien Paco. ¡Muy bien! Van a
decir que es idea mía». Y de hecho, creyeron que era idea suya.
Más tarde Buñuel me llamó para Simón
del desierto. Qué pena que en muchas películas no pudiera trabajar con él. Siempre
me decía: «No me muero sin hacer una película contigo». Hizo tres y nada. No quiso que
interviniera en Belle de jour porque era un papel muy pequeño. Y en aquella
ocasión le respondí: «Pero hombre, con usted actúo incluso sólo con una frase...».
Buñuel llegó a declarar que en sus
trabajos no buscaba la estética. Pero, en realidad, en ellos se percibe que está muy
presente. ¿Cómo trabajaba? Filmaba poco tiempo. Trabajábamos
siete u ocho horas, no nos pasábamos ni un minuto.

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Por las
mañanas paseaba. En París, por el cementerio de Montparnasse.Y aquí, en
Madrid, por la Casa de Campo. Comenzábamos a trabajar a las nueve, pero él
madrugaba mucho. Se levantaba a las seis de la mañana y se iba a dar ese paseo al tiempo
que pensaba lo que iba a filmar durante el día. No obstante, también improvisaba mucho.
No sé si la improvisación la había pensado y nos engañaba a todos diciendo que él
improvisaba. Por ejemplo, en la célebre cena de Viridiana, aquello de las faldas,
la foto fija, la imagen de la mesa con los mendigos, no estaba en el guion. Lo pensó en
ese momento o acaso antes, en el paseo de la mañana. Sé por experiencia propia que él
improvisaba: porque tanto en Nazarín como en Belle de jour hubo escenas,
palabras y frases que eran mías. Lo de cantar flamenco en Belle de jour, lo del
caracol de Nazarín, o incluso cuando el personaje le echaba el humo del puro a
Viridiana, fueron ideas mías. Cosas mías que le proponía: «Muy bien, Paco, muy bien».
A veces hasta había que cambiar un diálogo. Ahora bien, no siempre aceptaba mis
sugerencias u ocurrencias.
Cuando estábamos rodando Belle de jour,
vino un amigo mío de España y trajo una botella de Anís del Mono para regalársela a
Buñuel. «Luego nos la beberemos, después de rodar», dijo. Estábamos rodando esa
escena del bar y yo tenía que pedir una cosa al camarero. De repente me dice: «Pide un
mono». Digo: «Un Anís del Mono»; «No, un mono», corrigió. Así que muchas veces
daba lugar a la improvisación y a la colaboración del actor. Por eso creo que todos los
directores tienen que trabajar dejándole libertad al actor para que no sea un robot.
En Mi último suspiro Buñuel
escribe esto: «No tengo ninguna técnica especial para trabajar con los actores. Todo
depende de su calidad, de lo que me ofrecen y de los esfuerzos que debo desplegar para
dirigirlos cuando están mal elegidos. De todos modos, una dirección de actores obedece
siempre a una visión personal del director, que éste siente, pero que no siempre puede
explicar». Yo tuve la capacidad de entrar mucho en su mundo y por eso se me ocurrió
lo del caracol. Quizá era por la forma que él tenía de hablar a los actores. A mí eso
con otro director no se me ocurre. Pero él te metía tan dentro de su mundo que se te
ocurrían cosas que pensaba él. Era como una especie de íntima transmisión.
Era difícil que alguien estuviese mal en
sus películas. En las mexicanas estuvo obligado a trabajar con actores bastante malos. Me
lo comentaba a menudo. En Nazarín, por ejemplo, una anciana me da una piña que el
personaje que interpreto rechaza en un primer momento. Sin embargo, luego me doy cuenta de
que el Nazarín que predicaba la caridad no podía decirle que no. Entonces, acepto la
fruta y digo: «Muchas gracias señora». Aquella era una vieja actriz de segunda
categoría que hablaba agachando continuamente la cabeza. «¡No me cabecee! ¡No me
cabecee!», le gritaba Buñuel. Me decía que todos los actores americanos, del más
grande al más pequeño, cabeceaban. Seguramente por eso tenía la manía de no hacer
planos americanos. Siempre quería que el actor hiciera algo con las manos, para conseguir
mayor espontaneidad: que se tocara la oreja, que acariciara algo..., que se pusiera unas
gafas, como es el caso de Rosita Llance en Viridiana...
¿Fue usted quien hizo lo necesario para
rodar Viridiana? Algunos han declarado que fueron ellos. Pedro Portabella, por
ejemplo. Recuerdo que mientras estábamos rodando Viridiana tuvimos una
conversación con los productores Gonzalo Elvira y Cesáreo González. Buñuel me dijo:
«Quiero rodar contigo en España Ángel Guerra, otra novela de Galdós». Pero
desconozco por qué no se hizo esa película. El caso es que cuando Buñuel decidió venir
a España para rodar Viridiana, quiso que fuese con UNINCI, aquella sociedad nuestra en la que
había mucha gente del Partido Comunista: Bardem, Domingo Dominguín... Fue entonces
cuando Alatriste y Silvia Pinal me dijeron: «Paco, ¿por qué no nos presentas a
Buñuel?». Yo los había conocido en México, durante el rodaje de Nazarín, en
una fiesta particular. Estaban en Madrid y quedé con ellos para comer. Me acuerdo que
también estaba Anthony Quinn. Entonces me comentaron: «Queremos hacer con él una
película que tenemos pensada sobre los subterráneos de México». Días después hablé
con Buñuel: «Silvia Pinal y Alatriste quieren conocerle». «Paco, no me apetece», me
contestó. Silvia hacía películas un poco frívolas, de desnudos o algo así. Él la
estimaba como actriz, pero no quería conocerla, como tampoco quería conocer a Alatriste
pensando que le propondría algún proyecto. Insistí tanto que no pudo menos que aceptar:
«Me ha convencido mi sobrino».
¿Era inicialmente arisco con las
personas que se le acercaban con el propósito de conocerle o de trabajar con él? No
le gustaba conocer gente nueva. Él era así, pero cuando yo le presentaba a algún amigo
mío, lo trataba muy bien. Me insultaba: «Cabrón», pero luego era encantador. Él no
quería ni ver ni conocer a nadie por su sordera. No le gustaba. Al principio nos
reuníamos en un café detrás de «La Torre de Madrid» y allí hacíamos las tertulias
para recordar los viejos tiempos. El lugar lo escogió él mismo y le encantaba, con sus
mesas de mármol como antiguamente. Pero, como cada vez oía menos, comía un día
conmigo, otro con Fernando Rey, el siguiente con el doctor Barros.
Volviendo al encuentro con Silvia Pinal y
Gustavo Alatriste, recuerdo que llevé a Buñuel al hotel Fénix, en el que aquéllos
estaban alojados. Hablaron y quedaron en verse en México para estudiar un nuevo guion
que, cuando lo conoció con detalle, rechazó y sugirió a cambio Viridiana.
Realmente Viridiana es un personaje muy parecido al del protagonista de «Ángel
Guerra», una muchacha muy católica, que se tortura, que se pone la corona de espinas...
Creo que se inspiró en esa religiosidad, que transformó con la colaboración de Julio
Alejandro de Castro.
En aquella época también le presenté a
los responsables de UNINCI, aunque ya conocía, por ejemplo, a Muñoz Suay, a Bardem... Antes de eso,
cuando estuvimos en México rodando Sonatas, Buñuel venía muchos días al rodaje
y nos invitaba a comer. Fue por entonces cuando propuso que Viridiana fuese una
coproducción, pero como en UNINCI no teníamos dinero, sería Alatriste quien finalmente la
financiaría. A Fernando Rey y a mí nos pagó Alatriste, aunque UNINCI figuraba como coproductora.

VIRIDIANA, 1961.
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