| Usted
nació en Nueva York, en los años cuarenta. ¿Tiene algunos recuerdos de esa ciudad o
acaso se remontan a Los Ángeles? Antes de nada debo hacer una observación: hay cosas
del pasado, de mi infancia, que realmente no sé si las tengo en la memoria porque las he
visto en una fotografía, porque mis padres me las contaron o porque las recuerdo. Creo
que eso le pasa a todo el mundo. A veces ocurre que de repente algo te viene a la memoria
y uno no está seguro de si es verdad o de si es una fotografía. Por ejemplo, tengo
recuerdos de paseos con mi madre en el Central Park.

RAFAEL BUÑUEL, JUAN LUIS
BUÑUEL, JEANNE MOREAU, LB.
DIARIO DE UNA CAMARERA, 1964. |
Cuando vivían en casa del escultor
Calder. De los Calder no recuerdo nada. Sé que hizo joyas de alambre que le dio a mi
madre, y después una hebilla de cinturón, de cobre, que conserva mi hermano. Yo me hice
una copia en México, pero de plata.
Cuando su padre puede reanudar el
trabajo en 1946 con Gran casino, usted tenía seis años. Hasta entonces su familia
había atravesado momentos difíciles, de gran penuria... Había comida. Por lo
demás, en México todo el mundo tiene una sirvienta; y cuando digo todo el mundo quiero
decir todo el mundo. Las únicas que no tienen sirvienta son las sirvientas. En mi casa
siempre la hubo. Así que nunca pensé que había problemas.
¿Tenía relación con los hijos de los
exiliados? ¿O era sólo su padre quién los frecuentaba? Muchos de mis amigos eran
hijos de refugiados, pero no asociados con mi padre. Había un parque frecuentado por
españoles, la mayoría de ellos refugiados o hijos de refugiados. Eran hijos de
españoles, o nacidos en Francia que después fueron a México, pero no los conocí a
través de mi padre. En esas reuniones estaban Mantecón, Del Toro, Roces...
¿Veían películas en casa? No.
Bueno, en una época sí había un proyector de 16 mm. Mi padre no veía la televisión.
Una anécdota al respecto: un día pasan una película suya y mi madre lo llama: «Luis
ven, están poniendo una película tuya». De pronto él dice un tanto contrariado: «Esta
escena no la filmé yo». «¡Que es un comercial!», respondió mi madre. «¡Ah,
bien!»; y se fue. Estaba tan poco acostumbrado a la televisión que no se dio cuenta de
que era un anuncio publicitario.
¿Le acompañaba al estudio durante los
rodajes? No siempre, pero, por ejemplo, me acuerdo bien de Los olvidados porque
a lo mejor era verano, que era cuando yo podía ir... Si no tenía nada que hacer, pues
iba a la filmación.
Tenía usted once años. Sí, diez u
once años. Y como había muchos jóvenes, pues hice amigos. Entonces iba a jugar con el
equipo, con los actores... y exploraba los estudios. No iba a ver cómo se monta una
cámara, iba a jugar.
¿Y a los estrenos? Sí, vi el
estreno de una película, creo que fue Nazarín. Pero aparte de eso, a lo mejor vi
dos o tres en el estudio cuando todavía se estaban montando.
Quiere decir que conoce la filmografía
de su padre posteriormente, después de terminar los estudios universitarios. Sí,
antes de la universidad había visto tres películas: Los olvidados, Robinson
Crusoe y Nazarín.
¿No les llevaba al cine? Iba
poquísimo al cine. Creo que fue mi hermano quien me contó que en el año setenta y
tantos, en París, mi padre se juntó con un grupo de jóvenes franceses cineastas: «A
ver don Luis, ¿cuál es una película que le gusta?». Y él respondía: «Pues me gustó
mucho una película americana de aventuras en la que al final el tren se descarrila,
pierde el control y al entrar en una estación lo destruye todo». Es decir, los efectos
de Hollywood. Se creían que iba a decir: «Pues me gusta Bergman», o «hay un autor
japonés...». Todos se quedaron muy sorprendidos: «¿Y ésa es su película favorita?».
Estoy seguro de que entró diez minutos al final, vio eso y se quedó impresionado.
Ustedes, los hijos, han tenido una
relación estrecha con su madre, según se desprende del libro de Jeanne Rucar de Buñuel,
Memorias de una mujer sin piano. Ese libro está muy bien porque critica a mi
padre. Y tiene razón en criticarlo.

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Mi hermano
revisó el escrito antes de que se publicara. Entonces si algo no hubiese estado bien, él
podía haber dicho que se eliminara. Y yo lo leí cuando salió y tampoco encontré nada
extraño. Bueno, eso de que no pudiésemos entrar a su oficina es exagerado, porque no la
tenía cerrada. Tenía todo muy bien ordenado, así que yo me volví un experto. Porque
si, por ejemplo, entrabas en su oficina y le abrías un cajón, enseguida decía:
«Alguien estuvo en mi cuarto».
¿Se marchó usted pronto de casa?
Lo que hice fue salir de casa en cuanto tuve que ir a la universidad. A mi padre le
costaba autorizarnos las salidas nocturnas. Un día, a mis diecisiete años, le dije:
«Papá, tengo una cita con una muchacha, vamos a una fiesta». Comprobé su desagrado,
pero accedió a cambio de que volviera a las nueve de la noche, aunque, como se sabe, en
México es como en España, las cosas comienzan tarde.
Recuerdo otra ocasión parecida: mi hermano
tendría 43 años y yo 37, o algo así. Luis Alcoriza había preparado una fiesta. Vivía
a ocho minutos de la casa de mis padres. Cuando supo que íbamos a salir, dijo: «Bueno,
podeis ir aunque la ciudad es muy peligrosa, pero debeis volver a las diez de la noche».
Yo ya estaba cansado de discutir, pero mi hermano le contestó: «Yo regreso a las once».
Y mi padre: «Regresas a las diez». Finalmente mi hermano tuvo que dormir en casa de
Alcoriza porque mi padre le había amenazado con cerrarle la puerta. En cuanto a mí, hice
lo de siempre, sabía que él se acostaba pronto y regresé a las dos de la mañana.
También sabía que contaba con la complicidad de mi madre: «Le diremos que llegaste a
las once y media». Mi padre estaba preocupado de sus niñitos, de mi hermano, que es un
toro... Si en México nos tienen miedo es a mí por alto y a él por ancho.
¿A su padre le apetecía vivir en
España? Si no hubiera sido por mi madre a lo mejor hubiera regresado a España a
vivir. Ella se había acostumbrado a México, se creía mexicana con un acento horrible.
Su padre muchas veces hizo declaraciones
que la gente ha tomado en serio y, en realidad, cuando él dice una cosa no se sabe si es
provocación, si es pura imaginación... Sí. Porque si a Luis le gusta Madrid no va a
decir: «Sí, me encanta, me gusta muchísimo». No. Dirá: «Madrid... nunca me
encontrarán en Madrid, pero en las afueras a lo mejor», no sé.
En la película Él hay una
escena en un campanario. Dos o tres años después la repite Hitchcock en Vértigo.
Y por lo que se sabe, Hitchcock tenía una gran admiración por su padre. Bueno, yo
estuve en la famosa cena de Hollywood y mi padre y Hitchcock estaban sentados juntos y
hablaron solamente de vino. Según parece Hitchcock tenía una buena colección de vinos.
Y sin embargo, a su padre no le gustaba
Hitchcock. Vería muy pocas películas suyas. A mí tampoco me gusta, excepto en La
ventana indiscreta. Como decía antes, estuvieron hora y media hablando de vino. Yo estaba
al lado de Billy Wilder y daba la casualidad de que acababa de ver Some like it hot,
con Marilyn Monroe, que aquí se llama Con faldas y a lo loco. Me gustó
mucho la película. Entonces llegó John Ford ayudado por un enfermero porque estaba muy
mal. «¿Y cuáles son sus planes?», le preguntaron. «El mes que viene voy a hacer una
película de vaqueros», respondió convincentemente. ¡No podía ni entrar en la casa y
estaba planeando hacer una película!
Seguramente para su padre sería muy
grato ese reconocimiento. Sí, porque en Hollywood la gente no se mezcla como en otras
ciudades. Por ejemplo, Robert Redford y Tom Cruise es posible que ni se conozcan si no han
trabajado en una película. Suele mantenerse que era la única vez en la historia que
todos estos directores se habían reunido en un homenaje. Era una comida rociada con buen
vino, organizada como muestra de respeto de algunos directores importantes. Es diferente
de: «Vamos a darle un premio, póngase aquí...».

ROBERT MULLIGAN, WILLIAM WYLER,
GEORGE CUKOR
ROBERT WISE, JEAN-CLAUDE CARRIÈRE, SERGE
SILBERMAN, CHARLES CHAPLIN, RAFAEL BUÑUEL; BILLY
WILDER, GEORGE STEVENS, LB, ALFRED HITCHCOCK,
RUBEN MAMOULIAN, 1972. |

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