| Usted
trabajó como montadora en las tres últimas películas de Luis Buñuel. ¿Qué aspectos
artísticos y humanos destacaría del cineasta español? Cuando hizo El discreto
encanto de la burguesía, Serge Silberman me preguntó si quería montar esa
película. Tuvimos bastantes contactos, a menudo almorzaba con él. Era alguien a quien le
gustaba mucho la tranquilidad. En la sala de montaje yo tenía una neverita, y él traía
su dry martini y sus vasos. Venía antes de la comida y tomábamos el aperitivo.
Este modo de vida humano forma parte del trabajo y es complementario de la técnica. Me
explicaba cómo había que preparar su bebida preferida: la ginebra, la gota de martini...
Se sentía muy feliz reuniéndose en su caravana o en su camerino con los tres o cuatro
técnicos, a los que tenía mucho cariño; allí se relajaba y en esos momentos hablaba
poco de su trabajo. También fui a verlo a su casa de México. Y lo volví a ver cuando
recibió el Oscar por su obra, en Los Ángeles.

LA VÍA LÁCTEA, 1969.
|
Creo que algunas anécdotas de su vida
revelan la dimensión humana de su personalidad. Recuerdo que siempre me decía: «Cuando
leo los periódicos, me asombra la cantidad de ideas que me atribuyen. Puede ser que
hiciera esa película por tal y tal razón..., pero ¡hasta ahora no lo sabía!». En
París, se alojaba en el hotel LAiglon. Fijábamos las citas a una hora
precisa, cenábamos a una hora determinada, el restaurante estaba reservado de tal a tal
hora y después volvía al hotel a acostarse tranquilamente. Llevaba una vida muy
organizada.
Buñuel se interesaba mucho por el
montaje. Cuenta que hizo el montaje de Las Hurdes en una mesa de cocina y que la
película estuvo lista en tres días. Fue el director con el que más aprendí.
Sabía lo que quería y rodaba en consecuencia. Aprendí mucho porque cuando alguien sabe
lo que quiere plasma todos los sentimientos que desea en la imagen y consigue que afloren
a la superficie. Entonces el montaje resulta fácil. Aprendí lo que es el montaje, que no
es necesariamente yuxtaponer planos, sino que también puede estar dentro de ellos. En las
escenas de comidas el trabajo era más complejo; por ejemplo, en El discreto encanto de
la burguesía hay una compuesta por muchos planos, pero hasta tal punto había rodado
según su concepto y había pensado la escena que todo fue saliendo con suma facilidad.
Pocas personas logran realizar un montaje sin pegar las escenas, por decirlo de algún
modo.
¿Puede usted explicárnoslo? ¿El
montaje sin pegar? Es un plano-secuencia, el interior del plano. Se consigue sin que haya
tiempo muerto, sin aburrimiento. De una sola vez la cámara filma la escena de principio a
fin. Es muy raro tener planos-secuencia muy buenos, a menudo en una escena de dos minutos
encontramos veinte planos que hay que montar, empalmar, buscar... A partir de estos planos
aprendí los ritmos, las concepciones de los ángulos, de movimientos para el montaje.
Los planos-secuencia se hacían en el
plató. Sí, aunque estaba pensado de antemano, era en el rodaje donde todo
encajaba. Él ensayaba muchísimo las escenas, las ajustaba y después filmaba el plano.
En cambio, para la cena con los inodoros en El fantasma de la libertad, había
muchísimos planos... Pero además Buñuel dirigía perfectamente a los actores, cualidad
que el montador apreciaba mucho. Yo también me ocupaba de los problemas del ritmo general
de la película, de principio a fin. De vez en cuando, él se preguntaba: «¿Acortamos,
cambiamos?». Por ejemplo, en El fantasma de la libertad, el personaje está
soñando y de repente pasa un avestruz, cuya aparición él había improvisado, al margen
del guion. Cuando en Ese oscuro objeto del deseo ya se había empezado a rodar, se
detuvo todo para incorporar al guion dos personas, dos actrices que, en realidad, son
sólo una: el bien y el mal, bueno, es algo más complejo...
¿El montaje suponía realizar varias
actividades al mismo tiempo? Es cierto. Por ejemplo, yo me ocupé mucho del doblaje,
de la postsincronización, porque a Buñuel esto no le gustaba. En la última película,
él no podía estar en el doblaje todo el tiempo, no lo soportaba, oía mal, tenía muchos
problemas. Solía decirme: «Hélène, usted me conoce, ya sabe lo que quiero». También
era mi papel intervenir en la postsincronización o en los doblajes. Allí aprendí mucho
sobre la dirección de actores de doblaje, lo que se puede sacar de ellos.
¿Explicaba prolijamente los personajes
que debían encarnar los actores? ¿Cuál era su relación profesional con el montador? Explicaba
los personajes a los actores brevemente. Creo que sabía decirles inmediatamente lo que
quería, y éstos se esforzaban mucho por ser fieles a sus personajes. Creo que nunca debe
iniciarse un montaje sin antes hablar suficientemente con el director y sin conocer lo que
ha hecho con anterioridad. Es una cuestión de respeto. Él presenta su guion, su
película, y uno acaba entendiendo un poco mejor lo que debe hacer. Viendo otras
películas suyas puede comprenderse el carácter de un director. Buñuel sabía emplear el
tono adecuado. Y al final tenía un testigo: el control y, con él, el encuadre. Como
hacía planos-secuencia bastante largos, podía ajustarlos mediante este material sin
permanecer de pie demasiado tiempo.
Y sus problemas de sordera... Tenía
un aparato, pero no oía lo mismo que otra persona cualquiera. Un

|
 |
día, en una
película, me dijo: «Hélène, no me da usted lo que le pido», refiriéndose al sonido
de unas campanas de una determinada calidad acústica. Le contesté que creía haberle
dado lo que quería. Entonces escuché a través de sus audífonos lo que él oía y,
efectivamente, no era lo que me había pedido. Comprendí que debía explicarle la
diferencia entre su percepción y la mía. Según los casos el sonido era más agudo o
más grave. Al final, tenía lo que quería, pero no lo oía. En el montaje nunca lo vi
perder los nervios.
¿Cuánto duraba aproximadamente el
montaje de una película? En las tres últimas películas tuve que trabajar cuatro o
cinco meses en cada una. Trabajaba muy poco tiempo con él. Para la imagen había que
dedicar varias etapas, por períodos de dos o tres semanas, y después se discutía sobre
el sonido, sobre la música más apropiada.
Para Ese oscuro objeto del deseo se
dobló todo. Fue un trabajo muy intenso durante tres semanas en el estudio de sonido para
hacer los doblajes. A las dos mujeres se las dobló con la misma voz; a Fernando Rey
también se le dobló. Después venía la preparación del mezclado, es decir, la música,
los efectos, los ruidos. El fantasma de la libertad contiene una enorme variedad de
sonidos. Es toda una labor de creación de una atmósfera especial.
¿Había muchos cambios entre el guion y
el resultado final? No, muy pocos. Hacía guiones muy bien desglosados. Ahora se hacen
unos guiones donde se cuentan historias, se dan vagamente unos números, pero ya no se
desglosa. Antes, primero había una sinopsis, se contaba una historia, después se
escribía el guion y al final se hacía el desglose. Es decir, se desglosaba el guion en
planos y se preveían todas las escenas: «Esta réplica será el primer plano de tal
persona», «la respuesta la darán estos tres personajes, en plano de tres», todo
figuraba. Buñuel hacía un desglose con una precisión asombrosa e impecable. Ahora ya no
hay desglose; es posible que todavía haya dos o tres directores que lo hagan, pero yo
hace años que no lo veo. Sin embargo, es una estructura que se sigue muy bien, resulta
muy útil, y sé que Buñuel hacía muy pocos cambios. A veces se suprimía o se cambiaba
un plano al final... Considero que el desglose es muy importante. ¿Fue la Nouvelle
Vague la que decidió que había que ser más libre y no tener una trama? No sé. En
ese sentido, Buñuel me enseñó mucho.
Buñuel tenía grandes
conocimientos técnicos, ¿no es así? No le interesaba mucho la técnica, pues
para ello ya estaban los técnicos, pero él sabía pertinentemente, exactamente y
técnicamente lo que quería.
Al terminar el trabajo, ¿veían su
resultado juntos? ¿Discutía usted sus reacciones? Siempre. Cuando se termina la
primera proyección del primer montaje, la angustia es total, porque de repente lo que uno
ha construido a trocitos pueden verlo finalmente de forma continua el director y el
montador, a veces el productor. Pero, en general, en la primera proyección queda uno muy
decepcionado. Siempre que asisto a la proyección del primer montaje, se me encoge el
estómago, como a los actores que se sienten angustiados cuando salen a escena. Con
Buñuel, íbamos a ver el primer montaje y discutíamos el resultado y las modificaciones
necesarias. En la sala de montaje retomábamos bobina tras bobina para volver a ver los
pasajes que resultaban adecuados, o bien yo tomaba notas y repetíamos la proyección
después de efectuar las rectificaciones. La segunda proyección es un poco menos
angustiosa, pero aun así es bastante difícil. En ese momento hablábamos de los sonidos,
de la música, de los trucajes, y después invitábamos a una o dos personas para conocer
su reacción.
Estas personas, eran gente
cualquiera. No, era más bien alguien que había trabajado en la película.
Porque un fulano cualquiera no entiende una película sin terminar, resulta muy ingrato
técnicamente. Hay saltos de sonido, la imagen está deteriorada, rayada, los trucajes sin
acabar... Así que es una visión un poco ingrata, los doblajes no han terminado, algunos
textos son malos. Sólo es un borrador, aunque ciertamente casi perfecto, pero hay que
completarlo.
Buñuel comparaba a menudo La
edad de oro con El fantasma de la libertad. La construcción de El
fantasma de la libertad es muy interesante porque es algo totalmente inesperado y al
mismo tiempo todo cae por su propio peso. Está tan bien conducido que el encadenamiento
desemboca en un relato nuevo con nuevos personajes, pero el hilo conductor se mantiene a
pesar de todo: es una construcción muy hermosa.
Desde el punto de vista del
montaje, ¿fue un poco distinto para usted? El desglose era bastante preciso,
como siempre. Después se cambiaron muy pocas cosas. Para El fantasma de la libertad
hubo más trabajo de montaje en el interior de las secuencias. En la posada con los
frailes, por ejemplo, tardamos mucho en encontrar el equilibrio correcto. Todo el mundo se
entrecruzaba, entraba, salía, se reencontraba, tardamos bastante en obtener el
equilibrio. El fantasma de la libertad exigió un poco más de trabajo de montaje.
Es una película tal vez un poco más elaborada desde el punto de vista del montaje puro.
Para Ese oscuro objeto del deseo,
¿se rodó la misma escena con las dos actrices que intervienen en la película?
No, creo que no, sólo una por escena. En el montaje nunca se pudo elegir porque ya estaba
decidido. En todo caso, los contactos profesionales que mantuve con Buñuel me aportaron
una experiencia, sobre todo en lo que se refiere al doblaje, y la ocasión de tratar a una
persona verdaderamente entrañable.

EN ESTE PUEBLO NO HAY LADRONES, 1964.
|

|