| Odio la muerte
de los amigos
Siento mucho no estar con ustedes, junto a
Serge Silberman y a Juan Luis Buñuel. Siento mucho haber sido solicitado, muy a menudo o
quizás no bastante a menudo, para honrar la memoria de Luis Buñuel. Odio la muerte de
los amigos. La de Buñuel es extraña. Por su parte, es normal. No morirá nunca. Estamos
pues condenados a celebrarla hasta el final de los tiempos. Pero, ¿qué es el final de
los tiempos? ¿Es la muerte de Buñuel el final de los tiempos? ¿De una época? No, él
será para siempre un trueno y un relámpago. Por su vida, por su incomparable
humor, por su incomparable luz, por sus películas incomparables, nos iluminará a todos
nosotros, sus colaboradores, sus productores, sus amigos y sus hijos y sus espectadores
maravillados y los temerosos que no se han atrevido nunca a serlo. A pesar de todo esto,
no le debo respeto alguno. ¿Por qué? Porque él lo sabía. Después de esta falta de
respeto razonable, me callo. He aquí el final de mi discurso.
Un día uno de nuestros amigos comunes, el
poeta André de Richaud, al que admirábamos, murió. Gracias a él conocí a Buñuel, el
gran y magnífico métèque (me traiciono al hacer de nuevo un elogio de Luis
Buñuel). Este amigo muere. Le pido a Buñuel que hable de nuestro amigo muerto por la
radio. Y él me responde: «Yo nunca hablo de los amigos muertos. Les doy estrellas como a
los restaurantes: cinco estrellas a Sadoul, tres estrellas a De Richaud». Yo vivo alegre
con las palabras de Buñuel.

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Y las respeto. Por supuesto sin respeto.
¿Cuántas estrellas para don Luis? Podríamos decir el nombre de un juego de sociedad. La
sociedad de don Luis es un firmamento.

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