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usted a Luis Buñuel durante el Festival de Cannes en 1963... Buñuel había pedido a
Serge Silberman un colaborador francés que fuera joven y conociese bien la vida de
provincias. En aquel entonces yo reunía ambas condiciones. Pero no tenía demasiada
experiencia. Había trabajado con Pierre Etaix en Le soupirant y en cortometrajes,
y después en una película con Gérald Caldéron, Bestiaire damour, sobre la
vida sexual de los animales, y también con Jacques Tati. Pude encontrarme con Buñuel
durante un almuerzo. Algunas semanas después, Silberman me dijo que Luis quería trabajar
conmigo y que me esperaba en Madrid.

LB, JEANNE MOREAU. DIARIO DE UNA CAMARERA, 1964.
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¿Por qué lo eligió a usted? Yo
sabía que tenía que ver con Diario de una camarera, y por ello había leído la
obra varias veces, e incluso ya tenía alguna idea de su adaptación. Cuando nos
encontramos me preguntó si me gustaba el vino, lo que interpreté como una pregunta para
saber si pertenecíamos al mismo mundo. Le contesté que no solamente bebía vino sino que
procedía de una familia de viticultores. Su rostro se iluminó. Mucho tiempo después,
refiriéndose a aquel encuentro, me confesó: «Supe en seguida que tendríamos al menos
un tema de conversación si el trabajo no iba bien».
Fue el comienzo de una gran
colaboración. Escribimos nueve guiones juntos; seis de ellos se convirtieron en
películas. En cambio, los restantes Le Moine, Là bas y Agón, que
siempre llamamos Une cérémonie somptueuse en fa majeur nunca se rodaron.
¿Trabajó usted en Tristana?
En esa película prácticamente no hice nada, excepto en su versión francesa, que
supervisé por la amistad que me unía a Buñuel. Caso muy distinto fue Simón del
desierto, cuyo asunto me apasionaba, sin duda porque estaba muy próximo de La vía
láctea, que hicimos después. El guion era más extenso, aunque ya se sabe que es una
película inacabada. Para mí, es el trabajo más sorprendente de todos los realizados por
Buñuel.
¿Cómo se desarrolló su colaboración
con el cineasta de Calanda? Fueron dieciocho o diecinueve años de estrecha
colaboración. Pasábamos largas horas totalmente recluidos. De ahí que me contara una
serie de anécdotas y hechos de su vida, que yo anotaba en un cuaderno. Cuando renunció a
rodar Une cérémonie somptueuse por motivos de cansancio tenía ochenta
años le propuse hacer un libro a partir de mis notas. Con el fin de convencerlo, le
dije que me encargaría yo de redactarlo. Años antes habíamos escrito juntos un
capítulo sobre su infancia, que Buñuel publicó posteriormente en una publicación
aragonesa, traducido al español. Tomaría la pluma intentando utilizar su propio
lenguaje, las palabras que más le gustaban en francés. Sería una especie de memorias,
un volumen diferente de los demás, un libro de humor, un retrato, y eso le agradó. Nos
pusimos a trabajar diariamente durante tres o cuatro semanas, como si de un guion sobre su
propia vida se tratara: lo veía todas las mañanas y escribía todas las tardes. Pero, si
algunas cosas fueron fáciles de llevar al papel, no ocurría siempre lo mismo con otras.
Cuando vio el resultado me confesó que parecía que lo había escrito él. En realidad,
yo había respetado escrupulosamente lo que me había relatado.
Entre los innumerables asuntos que
trataron durante esos encuentros, Buñuel siempre eludió hablar de la Guerra Civil
española, ¿no es cierto? Luis no conoció bien la Guerra Civil. Se marchó a París,
y volvió dos veces a su país con alguna misión concreta. El resto se reducía a algunas
referencias sobre sus amigos de aquella época, sobre Lorca, por ejemplo, y, si acaso,
sobre la situación que conoció al principio de la contienda. Pero jamás tuvo una
participación directa en la guerra.
¿Cómo componían cotidianamente un
guion? Funcionábamos por etapas en una serie de versiones sucesivas, redactadas con
algunas semanas de intervalo para propiciar la necesidad de trabajar, de reencontrarse...,
pero sobre todo suponía compartir un momento de la vida sin amigos, sin mujeres, solos
los dos, juntos durante todo el día. Por la tarde se retiraba pronto y yo me quedaba solo
para escribir aquello que habíamos improvisado durante el día. Por la mañana, después
del desayuno paseábamos un poco y luego trabajábamos desde las diez hasta la una
aproximadamente. Antes de la comida había veinte minutos de pausa. En España, en San
José de Paulau, por ejemplo, la pausa era más larga porque estaba la piscina. Se bañaba
a menudo, y almorzábamos a la una o a las dos. Después venía la siesta, la reflexión
hasta las cuatro, y trabajábamos otra vez tres horas, hasta las siete. Todos los días
teníamos la obligación de contarnos uno al otro una historia breve que nos acabáramos
de inventar, al margen del guion: era sólo para despertar nuestra imaginación, como si
fuera un entrenamiento para trabajar constantemente. Después se retiraba a descansar y yo
trabajaba durante un rato. Y esto, fuera día laboral o festivo, durante cinco o seis
semanas. Era un trabajo obsesivo, con la intención de compartir la experiencia del mundo
en ese momento. Se leía el periódico, o todas las mañanas nos contábamos nuestros
sueños... En las películas de Luis encontramos frecuentemente un aspecto editorial;
así, en sus últimas películas el terrorismo ocupa un lugar importante y concretamente
en Une cérémonie somptueuse es el corazón mismo del argumento.
Pero, en realidad, ¿cómo llevaba a
término sus realizaciones? ¿Tenía previamente ideas muy precisas, lecturas que le
habían marcado de manera significativa? Según los casos. Ese oscuro objeto del
deseo era un proyecto que conservaba desde hacía mucho tiempo: La femme et le
pantin. Conocía muy bien la obra. En el caso de Belle de jour fue una
proposición que le hicieron.

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Por entonces,
yo estaba trabajando en Le voleur con Louis Malle, que me advirtió de la
posibilidad de que Buñuel no realizara la película porque era adaptación de una novela
insignificante y facilona. Ahora bien, se nos ocurrió añadir ensoñaciones, inexistentes
en el libro, lo cual daba gran fuerza. Buñuel incluyó una parte onírica hasta lograr
que lo marginal no se distinguiera de lo real. En otra ocasión me dijo que le gustaría
hacer una película sobre las herejías. Un día estábamos en el Festival de Venecia y
vimos una película de Godard. Iba al cine a ver películas subtituladas; si no, no
las entendía bien. Buñuel estaba un poco irritado por ese trabajo del francés y al
mismo tiempo interesado. De vuelta al hotel me dijo: «¿Sabe?, si eso es el cine de hoy,
creo que vamos a poder hacer nuestra película sobre la herejía». Al día siguiente
hablamos durante el almuerzo de la posibilidad de no respetar el espacio y el tiempo
tradicionales, como si se tratara de un vagabundeo. Y a partir de ahí Luis tuvo la idea
de un peregrino, primero uno y después dos, que salían de París. Durante seis meses
hice un importante trabajo de documentación leyendo muchísimo, hasta tal punto que
llegué a publicar algo en la revista de los dominicos, sobre la clasificación posible de
las herejías según los seis misterios. Al final yo tenía un material inmenso que podía
injertarse en cualquier pasaje de los dos peregrinos. Poco a poco, las cosas se ajustaron
de tal forma que los seis grandes misterios de nuestra santa religión constituyen la base
de La vía láctea.
¿Hasta qué punto fue determinante su
colaboración como guionista de las últimas películas de Buñuel? Sinceramente, es
una pregunta difícil de contestar. Durante nuestra colaboración nacía una idea, que
luego se enlazaba con otra, que se transformaba si era necesario. Recuerdo algo al
respecto, a propósito de «El fantasma de la libertad», la película más libre en
cuanto a construcción, aunque fuera una libertad fantasmal... Me refiero a la escena de
la niña perdida y reencontrada, que originariamente era una idea que Buñuel tenía desde
su juventud y que nunca había podido incluir en una película. Partiendo de ahí se fue
encadenando una historia a otra. También conservaba desde sus años juveniles la idea de
los seres humanos comportándose como insectos, por ejemplo una araña asesina...
De ahí que
escribiéramos algunas escenas para
El fantasma de la libertad, pero nunca conseguimos insertarlas, como ocurrió con
otras escenas.
En cambio, en El discreto encanto de la
burguesía, la escena del teatro era mía... Las personas llegan y después se
encuentran delante de una sala. Creen estar en un comedor y están en un escenario de
teatro. La primera vez que se lo conté, lo encontró demasiado fantástico. Sólo cuando
la idea del sueño entró en el guion aceptó con entusiasmo y empezó a trabajar en ello,
a añadir el hecho de que interpreta a Don Juan, etc...
Son anécdotas que desvelan la
complicidad creativa que Buñuel estaba dispuesto a reflejar en sus películas. La
colaboración en la primera película también merece un breve comentario. Después de
tres semanas de trabajo, Silberman vino de París y me invitó a cenar. Era rarísimo que
Buñuel no se uniera a nosotros, e incluso recuerdo que pretextó algo, que tenía otra
cosa que hacer... A los postres Silberman me comentó que Luis estaba contento con mi
trabajo, que le agradaba mi seriedad y, seguidamente, Silberman apostilló: «Pero hay que
saber contradecirle de vez en cuando». En ese momento entendí que Buñuel había pedido
a Silberman que hiciera el viaje únicamente para decirme eso. Reconozco que me resultó
un poco difícil aprender a contradecirle, creo que lo conseguí hacia el final del primer
guion. Teníamos un derecho de veto mutuo. A partir del segundo guion, especificó en sus
contratos que exigía trabajar conmigo. A veces no estábamos de acuerdo y en ocasiones
nos bloqueábamos por un desacuerdo. Por ejemplo, la escena del teatro: antes de que
encontráramos lo del sueño, él la rechazaba, y a mí me parecía muy buñueliana, muy
buena para la película. Por lo demás, todo era un torbellino de improvisación. Durante
cinco o seis horas al día dialogábamos, nos peleábamos. Antes de escribir, yo tomaba
algunas notas rápidas cuando algo me parecía bien en el diálogo para no olvidarlo. Él
me enseñó a ir hasta el límite de la imaginación, es decir, a vencer todo lo que pueda
uno tener de prejuicios, de ideas preconcebidas, de pudor, de todo eso... Es cierto que,
en todos los casos, Silberman estaba de acuerdo. En Ese oscuro objeto del deseo,
por ejemplo, atribuyó un mismo papel a dos actrices...
Precisamente usted fue testigo de
primera fila en aquel problema que planteó la interpretación de la actriz María
Schneider en «Ese oscuro objeto del deseo»... Verdaderamente no fue un problema,
sino que fuimos muy conscientes de que el personaje de la mujer es realmente inexistente
desde el punto de vista de la psicología tradicional, que no tenía ninguna coherencia
entre una escena y otra. Se nos ocurrió tener dos o tres actrices... porque siempre
había dos aspectos en esa mujer: por un lado, un aspecto, distante, frío, despreciativo
y, por otro, un aspecto popular, abierto y cálido. Buñuel me dijo: «Hay que olvidar
todo eso, no era más que el capricho de un día lluvioso». Siempre me acordaré de
aquella expresión. Al día siguiente terminamos el guion con una sola actriz, María
Schneider. Después, ante la imposibilidad de rodar con ella, él y Silberman decidieron
incorporar otras dos actrices. Yo conocía un poco a Ángela Molina y se la presenté a
Luis, que se quedó impresionado por ella; decía que tenía la mirada de Picasso.
Después volvimos a trabajar el guion en función de las dos actrices. Ahora bien, debo
confesar que no sé si volvimos a encontrar la distinción, la separación que habíamos
inicialmente perseguido. Probablemente no.

LA VÍA LÁCTEA, 1969.
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