| ¿Qué
opinión merecía la personalidad artística de Luis Buñuel en la Escuela de Cine?
Creo que Buñuel nunca fue una gran figura para la Escuela de Cine. Entonces, en la
Escuela la línea estética iba paralela, supongo, a la del Partido Comunista.
Para Bardem y para mí la influencia
máxima que tuvimos en Esa pareja feliz se debía a Antoine et Antoinette,
de Jacques Becker. Esta película nació de la confluencia entre el sainete de Carlos
Arniches y esa obra de Becker. Es cierto que en la Escuela de Cine se conocía a Buñuel,
pero no estaba sacralizado todavía por nadie. Para esto hubo que esperar algún tiempo,
cuando vino a España.
De entonces data la famosa fotografía en
Cuenca, en la que aparecemos Juan Antonio Bardem, Carlos Saura y yo. De hecho, creo que
puede considerarse a Saura no sólo como su discípulo, sino como la persona que lleva a
cabo la conexión entre el Buñuel mexicano y el entonces recién llegado a España.

LB, JEANNE RUCAR, JUAN VICENS. PARIS, 1926.
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El gran momento en la Escuela de aquella
época fue la organización de la Semana del Cine Italiano en España, y fundamentalmente,
tiempo antes, el conocimiento personal de Zavattini, con quien Bardem y algún compañero
de la Escuela cenábamos con bastante frecuencia. De Zavattini estábamos dispuestos a
recibir su maná de cultura cinematográfica, ese discurso que propugnaba salir a la calle
y dar testimonio de la realidad. Respecto de Rossellini, pensábamos que su Roma,
città aperta era una de las películas insoslayables.
El resto de nuestra existencia juvenil
giraba en torno a otras preocupaciones, como la de visitar librerías y apilar en casa los
volúmenes que en ellas robábamos sin excesiva dificultad, como también hacíamos
durante la Guerra Civil, cuando la gente estaba preocupada por otras cosas.
En mi caso sentía especial atracción por
los libros de arquitectura, pues ser arquitecto era entonces mi ilusión, y aquellos
ligados al surrealismo.

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Si el
erotismo ocupa un lugar preferente en su producción cinematográfica, tal vez sea éste
un aspecto de identidad con Buñuel. No lo creo, aunque reconozco que en Buñuel hay
dos temas que me pueden erotizar en gran medida: el fetichismo y el sadomasoquismo. En Él,
me interesan las escenas del intento de coser partes del cuerpo. El fetichismo, el
sadomasoquismo, no eran originales de Buñuel, estaban en la novela de Mercedes Pinto. Si
bien es verdad que la mera elección de un tema significa una aproximación al mismo.
Hay otros motivos en Buñuel de similar
significación, de evidente fetichismo. Por supuesto. Los botines, por ejemplo. Yo
tengo fetichismo también del pie y del zapato femeninos, no así de las botas. Las botas
me eliminan la parte femenina, la parte femenina de seducción. El botín sugiere siempre
una dominación del hombre por la mujer.
¿Y respecto al erotismo de un desnudo?
Lo que se llamó destape en España no es nada erótico. La mujer desnuda, en una
película, o en la realidad, no me dice nada. Aún pienso escribir un cuento sobre un
hombre que encuentra a una mujer desnuda y no logra gozar de ella ni, por supuesto,
alcanzar la plenitud, hasta que por fin la ha vestido.
¿Cómo fue su relación personal con el
cineasta? ¿Qué recuerda de sus encuentros con él en México y cuando volvió a España
para rodar? En cuanto al primer Buñuel, comencé a interesarme por él no tanto por
su obra como por el hecho de lo que suponía su presencia en el cine español antes de la
guerra. Recuerdo que Bardem y yo descubrimos por azar Las Hurdes en los fondos del
Instituto-Escuela, institución especialmente progresista.
Estaba entre otras cintas, algunas con los
títulos cambiados: El acorazado Potemkim, por ejemplo, con el de Vida de las
abejas, o algo así. Posteriormente vi Él y Ensayo de un crimen, que
para mí siguen siendo las dos mejores películas de Buñuel, junto con Tristana.
Y, puesto que hablo de gustos personales, diré que Viridiana nunca me interesó,
aunque sea una de sus obras más famosas. Otra cosa sobre la etapa mexicana de Buñuel.
Cuando lo visitaba en México nos invitaba a cenar. Destacaría todas las películas de
ese momento, excepto Los olvidados, porque la considero pretenciosa.
En cambio, Él y, sobre todo, Ensayo
de un crimen son dos trabajos de esos en los que hay una floración casi espontánea,
realizados con un ansia de subversión, de transgresión, de todo eso que no se aprecia en
las demás películas suyas.
Mis relaciones con Buñuel fueron
progresivamente más distantes. Como anécdota diré que cuando fue a ver mi película Tamaño
natural se salió antes del final. Parece ser que no aguantaba más, pese a que en
ella trabajaba Michel Piccoli. Protestó diciendo que era una guarrada, que era
inaguantable. Ahí termina mi relación con él. Ni nos escribimos ni nos vimos más.

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