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Buñuel, 100 años Entrevistas


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¿Cuándo conoció a Buñuel? ¿Antes de que rodara Viridiana? Tuve trato con él durante los últimos treinta años de su vida. Yo era íntimo de los Pittaluga, así que tan pronto llegó a España Gustavo Pittaluga —debía de ser en 1957 o en 1958— empecé a saber más cosas de Buñuel. Después fui en varias ocasiones a México y conocí un poco su mundo, aunque, como se sabe, era muy huidizo en todo lo social. Siempre lo fue. Cuando vino, estuvo un poco enfermo. Nos veíamos en compañía de Gustavo, solíamos comer juntos los fines de semana, los cocidos especiales que nos hacía Ana María. Alguna vez se unían a nosotros José Bergamín, Antonio Espina..., todo el grupo.



MÉXICO-FRANCIA, 1956-1957.

¿Cómo era con su entorno? ¿Cómo trabajaba? Era creación continua. Quien lo viera rodar más de tres o cuatro días, comprendería que podía hacer de un mismo guion veinte películas. Silberman lo respetaba mucho. Lo conoció enseguida y jamás —recuerdo que así lo comentábamos entre nosotros—, jamás le proponía algo que alterara su pensamiento ideológico. Jamás. El respeto era absoluto. Porque era fácil conocer las reacciones inmediatas de Buñuel. Su profundidad quizá no, pero sí su pronto. Aunque es cierto que tuvo grandísimos problemas con él mismo cuando se trataba de ver si un actor valía o no para un determinado papel. Era muy respetuoso, y esto podrán decirlo todos los actores que hayan trabajado en sus películas; todos hablan de él con grato recuerdo. Antes de rodar se sabía los guiones de memoria, al dedillo. Pero además, tenía una capacidad de improvisación enfermiza.

¿Qué opinión se forjó usted cuando se concedió el premio a Viridiana? Leyendo la prensa madrileña de entonces ha de decirse que, cuando menos, fue una noticia apasionante. Creo recordar que el mismo día del premio, el periódico Pueblo publicaba el éxito del español Luis Buñuel. Tres o cuatro días más tarde, el italiano L’Osservatore Romano censuraba la película por el ataque de su autor a la iglesia católica y a la caridad cristiana. Esto desató la furia y se pidió la hoguera: «¡Que la quemen!», dijo alguna personalidad franquista; pero le respondieron: «Señoría, ¿cómo la vamos a quemar si debe de haber por Europa ya más de cuarenta copias?». Esto es lo que se dice.

¿Qué lugar ocupaba la religión en sus conversaciones con él? Muchos de sus planteamientos me interesaban. Incluso escribió un

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guion que se llamaba Mater purissima. Podía abordar todos los asuntos religiosos: desde los problemas de los jesuitas al mes de mayo dedicado a la Virgen... Hacia 1965 nos invitábamos a comer los domingos con los filósofos jesuitas a la calle Pinar, donde está la Residencia de Estudiantes. Eran estudiantes de filosofía. También nos reuníamos con otro grupo de jesuitas, en una calle detrás de la plaza de España, que preparaban su doctorado. Algunos domingos comíamos y después —otra cosa interesante de la religión— nos llevaban whisky, coñac o cafés..., lo que quisiéramos. Y de una manera relajada se discutía de todo.

A Buñuel le gustaba volver a los lugares de su juventud madrileña. Le gustaba dar vueltas por los sitios en los que había estado treinta o cuarenta años antes. Sí, le gustaba mucho comprobar cómo habían cambiado o desaparecido. Uno de ellos estaba en la calle Libertad, se llamaba Rumbamballa, donde comía o cenaba durante la guerra.

A propósito de la guerra, ¿hablaba de sus vivencias durante la guerra o de la guerra en general desde un punto de vista político y social? La Guerra Civil le marcó mucho, como a Bergamín y a todos ellos. Le marcó en un sentido positivo, en el sentido de lo que significó ese drama para las personas que tenían una ideología de izquierdas. Algo muy duro, pero maravilloso del pueblo de España... Hubo errores tremendos, pero sobre todo existía una ideología popular.

En su última etapa Buñuel fue varias veces a París y aprovechaba la ocasión para acercarse a Madrid. Y él, que era muy ordenado, me decía: «No sé, creo que voy a cambiar el billete para quedarme una semanita o dos más». Me acuerdo de cuando le acompañé al entierro de Breton. Iba algo disfrazado y me dijo: «Aléjate, que si te ven conmigo van a reconocerme».

¿Le habló en alguna ocasión de su relación con Dalí? Por supuesto. Por ejemplo, a raíz del telegrama que le envió Dalí insinuándole volver a hacer Un perro andaluz. Me dijo que le contestó: «Agua pasada no mueve molino». Esa relación está llena de anécdotas. Una de ellas refiere lo que ocurrió en Nueva York, o quizás en París. Luis estaba con sus hijos pequeños y pasó Dalí; entonces uno de los hijos dijo: «¡Dalí, Dalí!». Y el padre no pudo contenerse: «Sí, id a verlo. Id a saludarlo que sois mis hijos».



LB, JOSÉ LUIS BARROS. SANTIAGO DE COMPOSTELA, 1968.

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